Me ha encantado el virtuoso desdén con el que don Gabriel Barceló zanjó hace unos días su salida de Fundatur. Desilusionado por el personalista comportamiento de algunos de sus miembros y cansado de la oposición mostrada a su proyecto de llevar adelante un museo marítimo en la capital de Baleares, don Gabriel tuvo la acertada brillantez de marcharse tras mostrarles su asombro de que una fundación apellidada Turística y Cultural le diera la espalda a una parte tan importante de nuestra historia, como es la vinculada al mundo del mar.

Me ha encantado el virtuoso desdén con el que don Gabriel Barceló zanjó hace unos días su salida de Fundatur. Desilusionado por el personalista comportamiento de algunos de sus miembros y cansado de la oposición mostrada a su proyecto de llevar adelante un museo marítimo en la capital de Baleares, don Gabriel tuvo la acertada brillantez de marcharse tras mostrarles su asombro de que una fundación apellidada Turística y Cultural le diera la espalda a una parte tan importante de nuestra historia, como es la vinculada al mundo del mar.

Un museo que le fue fuertemente cuestionado por innecesario y al que incluso tuvieron la desfachatez de proponer la alternativa de que, de llevarse a cabo, se construyera en Sóller, no en Palma. Sin que se tuvieran siquiera en cuenta las enormes diferencias demográficas y turísticas de ambos municipios, ni tampoco el acreditado centralismo de Palma en la historia marítima mallorquina y balear.

Todo esto, además, sin contar, que Sóller ya tuvo recientemente un museo marítimo que resultó un fracaso y que desapareció en 2012, porque no iba apenas nadie, según declaró la persona que estaba a su cargo. O por abundar más en negativo, cuando el propio Ayuntamiento de Sóller no hizo nada para exponer como museo flotante en la antigua base de submarinos el S-63 Marsopa que Hubiera tenido un exitazo similar al que desde 2004 tiene su gemelo el S-61 Delfín en la ciudad alicantina de Torrevieja y que ya ha sido visitado por dos millones de personas.

No extraña pues que el siempre circunspecto don Gabriel, hombre serio y callado donde los haya, frustrado, diera un portazo y apostara por mostrar su más cortés repudio a la incultura de sus ex compañeros empresarios y por su falta de visión de negar el gran reclamo turístico que supone un museo marítimo en cualquier gran ciudad portuaria. Bien hecho, don Gabriel. A determinada altura de la vida, como usted dice, no está uno para aguantar necedades.

Así que yo creo que va siendo hora de hablar alto y claro. Aquí en Baleares hay mucha gente que no quiere un museo marítimo y no lo quiere para que no se pueda traer a colación los más de mil quinientos años de nuestra historia durante los cuales nuestros antepasados fueron afamados piratas y mercaderes de esclavos. Porque es lo que principalmente fueron nuestros antepasados. Hasta los aristócratas y nuestros obispos.

Porque no olvidemos que de esas dos ocupaciones provino la riqueza de las islas y fueron nuestros primarios medios de subsistencia. No los olivos, los almendros y los algarrobos. Porque en nuestra tierra no producíamos ni teníamos más. Y por eso vivíamos del mar.

No podemos esconder nuestra historia. Fuimos ladrones marinos y capturábamos y vendíamos seres humanos. Está escrito en todos los libros de historia clásica, medieval y moderna de todos los países cristianos y musulmanes de la ribera mediterránea, aunque sea muy cierto que piratear y esclavizar nunca fueron trabajos que hayan dado dignidad a ningún pueblo. Valga recordar que los romanos (123 a.C.) y los catalanes (1.229 d.C.) conquistaron nuestras islas para que dejáramos de piratear y que en ambos casos esta fue su excusa oficial para invadirnos.

Tampoco vale refugiarnos en que nuestra historia nació con Jaime I, porque seguimos haciendo exactamente lo mismo – como consta en los Archivos de la Corona de Aragón – durante trescientos años más. Lo dicho. Esta es la razón por la que nuestros políticos y los falsos intelectuales de nuestras islas rechazan el museo marítimo y han tenido éxito hasta ahora en ocultar nuestra verdadera historia. El problema es que, ignorantes, no saben que es totalmente absurdo intentar borrar el pasado. Manipularlo o secuestrarlo. Un solo ejemplo: el “Atlas catalán de 1375” conservado en París, nada tiene de catalán, fue un mapamundi creado en Palma de Mallorca y su autor fue el judío mallorquín Jafuda Cresques. Es fácil entenderlo ¿No?

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