Un museo que le fue fuertemente cuestionado por innecesario y al que incluso tuvieron la desfachatez de proponer la alternativa de que, de llevarse a cabo, se construyera en Sóller, no en Palma. Sin que se tuvieran siquiera en cuenta las enormes diferencias demográficas y turísticas de ambos municipios, ni tampoco el acreditado centralismo de Palma en la historia marítima mallorquina y balear.
Todo esto, además, sin contar, que Sóller ya tuvo recientemente un museo marítimo que resultó un fracaso y que desapareció en 2012, porque no iba apenas nadie, según declaró la persona que estaba a su cargo. O por abundar más en negativo, cuando el propio Ayuntamiento de Sóller no hizo nada para exponer como museo flotante en la antigua base de submarinos el S-63 Marsopa que Hubiera tenido un exitazo similar al que desde 2004 tiene su gemelo el S-61 Delfín en la ciudad alicantina de Torrevieja y que ya ha sido visitado por dos millones de personas.
No extraña pues que el siempre circunspecto don Gabriel, hombre serio y callado donde los haya, frustrado, diera un portazo y apostara por mostrar su más cortés repudio a la incultura de sus ex compañeros empresarios y por su falta de visión de negar el gran reclamo turístico que supone un museo marítimo en cualquier gran ciudad portuaria. Bien hecho, don Gabriel. A determinada altura de la vida, como usted dice, no está uno para aguantar necedades.
Así que yo creo que va siendo hora de hablar alto y claro. Aquí en Baleares hay mucha gente que no quiere un museo marítimo y no lo quiere para que no se pueda traer a colación los más de mil quinientos años de nuestra historia durante los cuales nuestros antepasados fueron afamados piratas y mercaderes de esclavos. Porque es lo que principalmente fueron nuestros antepasados. Hasta los aristócratas y nuestros obispos.
Porque no olvidemos que de esas dos ocupaciones provino la riqueza de las islas y fueron nuestros primarios medios de subsistencia. No los olivos, los almendros y los algarrobos. Porque en nuestra tierra no producíamos ni teníamos más. Y por eso vivíamos del mar.
No podemos esconder nuestra historia. Fuimos ladrones marinos y capturábamos y vendíamos seres humanos. Está escrito en todos los libros de historia clásica, medieval y moderna de todos los países cristianos y musulmanes de la ribera mediterránea, aunque sea muy cierto que piratear y esclavizar nunca fueron trabajos que hayan dado dignidad a ningún pueblo. Valga recordar que los romanos (123 a.C.) y los catalanes (1.229 d.C.) conquistaron nuestras islas para que dejáramos de piratear y que en ambos casos esta fue su excusa oficial para invadirnos.
Tampoco vale refugiarnos en que nuestra historia nació con Jaime I, porque seguimos haciendo exactamente lo mismo – como consta en los Archivos de la Corona de Aragón – durante trescientos años más. Lo dicho. Esta es la razón por la que nuestros políticos y los falsos intelectuales de nuestras islas rechazan el museo marítimo y han tenido éxito hasta ahora en ocultar nuestra verdadera historia. El problema es que, ignorantes, no saben que es totalmente absurdo intentar borrar el pasado. Manipularlo o secuestrarlo. Un solo ejemplo: el “Atlas catalán de 1375” conservado en París, nada tiene de catalán, fue un mapamundi creado en Palma de Mallorca y su autor fue el judío mallorquín Jafuda Cresques. Es fácil entenderlo ¿No?


