Sería el año 85. No está muy claro, los recuerdos se confunden. Media docena de palistas del Real Club Náutico de Palma, entre los que se encontraba Juan de Salabert, presidente de la Federación Balear de Piragüismo (FBP) y uno de los impulsores de este deporte en las Islas, hacían turnos para entrenar en las pocas embarcaciones disponibles. El piragüismo no era entonces un deporte minoritario; era un deporte casi inexistente que apenas se practicaba, a un nivel totalmente amateur y sin la menor posibilidad de destacar en competiciones nacionales, en unos pocos clubes náuticos.
Lo evoca con nostalgia José Riudavets, entrenador y técnico nacional, uno de aquellos pioneros, para explicar el fenómeno del piragüismo balear y su definitiva explosión en los JJOO de Río de Janeiro con el diploma de Sete Benavides (cuarto en C1 200), y el oro de Marcus Cooper en K1 1.000.
«Una cosa está clara –afirma–: nada de esto hubiera sido posible sin la apuesta de verdad de los clubes náuticos por incorporar el piragüismo a sus secciones deportivas». Remarca «de verdad» porque «no fue una simple operación de maquillaje» para demostrar que cumplían con su función social. Entidades náuticas como las de Palma, Pollença, Andratx, Porto Petro, Mahón, San Antonio de Ibiza o más recientemente el Club de Mar dejaron de ser clubes sólo de vela y añadieron la canoa y el kayak a sus equipos de competición.
«En unos sitios la afición caló mejor que en otros, pero la cosa fue en serio desde un principio. El objetivo siempre fue colocar a los palistas de las Islas en la vanguardia nacional». Riudavets, que ha estado ligado muchos años a la Federación Española y al que muchos consideran uno de los cerebros del piragüismo balear, considera «casi un milagro» que Mallorca haya sido capaz de colocar a dos piragüistas en sendas finales olímpicas, y encima haber obtenido un oro y un diploma.
Baleares no ofrece condiciones idóneas para este deporte, ni siquiera en el poco profundo Lago Esperanza de Alcúdia, donde entrena Sete Benavides de la mano de otro fenómeno llamado Quico Martín. Joel Badía, primer entrenador de Marcus Cooper en Porto Petro, recorcaba hace unas semanas en un artículo publicado en El Mundo que si los rivales de su pupilo supieran cómo se inició éste en el piragüismo (preparándose para los 1.000 metros sin poder recorrer más de 300 en líneas recta), «alucinarían». En colores, añadimos de nuestra propia cosecha.
Pero los «milagros» no existen en el deporte o, desde luego, no sería justo concluir que la medalla de Cooper y la final de Benavides, así como el resto de magníficos resultados obtenidos por la armada balear en los últimos años, son fruto de una mera casualidad.
Riudavets cree que hay dos momentos claves que determinan el éxito presente del piragüismo insular y que a la vez auguran futuras alegrías: «Uno fue la incorporación del piragüismo al programa de tecnificación del deporte balear, lo que luego se ha convertido en la EBE. Esto se produjo a finales de los 90 y sirvió para complementar el trabajo que los clubes, con sus propios recursos, ya habían hecho con la base. Juan de Salabert fue quien consiguió que, de alguna manera, el piragüismo pasase a ser considerada una disciplina estratégica. El segundo hito fue el fichaje, en 2002, del entrenador Jesús Cobos, una persona con un enorme y merecido prestigio internacional. En este punto es justo reconocer que Pepote Ballester, que fue un buen director general de deportes, tuvo una gran visión y apostó por traer a Jesús, que creó una estructura que aún hoy perdura».
Los entrenadores Toni Anglada o Vinca Escandell fueron discípulos de Cobos y actualmente son el referente de la tecnificación balear. Riudavets afirma que «supieron absorber su conocimiento». En aquellos primeros años de la década el piragüismo balear dio «el gran salto». Empezaron a conseguirse medallas en regatas nacionales y los clubes de Mallorca, Menorca e Ibiza se convirtieron en rivales a batir. Todo esto con una federación que cuenta, en las categorías superiores, con unas 250 licencias, bastantes menos de las que hay en otras comunidades con mejores instalaciones y mayor tradición.
No sería justo, no obstante, pensar que el mérito del oro de Marcus Cooper y los dos diplomas de Benavides es sólo atribuible al acierto de la gestión de un colectivo de deportistas. Evidentemente está el talento individual, que en el caso de ambos piragüistas fue muy visible desde el primer momento. En el caso de Sete Benavides fue detectado cuando apenas había empezado a competir. «Recuerdo que un día me llamó Quico Martín desde Pollença y me dijo que tenía un fenómeno. Me bastó verlo palear para saber que ese chico tenía un gran futuro por delante», rememora Riudavets.
Joel Badía también supo que tenía a un campeón entre manos al poco de empezar a entrenar a Marcus Cooper: «Era como un tiburón en una pecera. En cuanto llegó al club náutico, aunque teníamos un grupo muy reducido, de sólo cinco chicos, nos dimos cuenta que tenía algo muy especial». «Desde fuera –añade–, puede parecer que el piragüismo sólo consiste en dar golpes al agua, pero, en realidad, tiene un componente técnico muy importante y Marcus siempre destacó en ese aspecto. De forma innata, sus palancas, es decir, la forma en la que introduce la pala en el agua, son perfectas, rentabilizan su fuerza, y por eso puede alcanzar tanta velocidad».
Aptitudes que venían «de fábrica» pero que necesitaron ser observadas por un experto y puestas en valor. Para José Riudavets, el oro de Cooper es la culminación de un modelo que se ha demostrado que funciona, pero que no sólo aspira a la gloria deportiva. «El piragüismo deja poso, es bueno para la formación personal, porque la clave está en la disciplina del entrenamiento, y ese es un valor que puedes aplicar a otros aspectos de la vida, como los estudios».
No parece casual, desde luego, que muchos de los piragüistas que destacan en pruebas nacionales o internacionales sean capaces de compaginar sus estudios universitarios con la alta competición y acaben licenciados en carreras muy exigentes. «Al final –señala Alexis Capdevila, vocal de piragüismo del Náutico de Palma–, lo que estamos formando son personas». No todos serán campeones olímpicos, está claro, pero el esfuerzo no caerá en saco roto.


