Lo de la APB endosándole el sobrecoste de las obras del nuevo puerto del Molinar (por llamarlo de alguna manera) al Club Marítimo supera mis peores expectativas sobre el orgamismo portuario. Pretender que el desvío de un millón de euros (sin contar la reclamación de 200.000 eutros de la constructora) se debe a que el club no desmontó una grúa y mantuvo abierto el restaurante mientras se dragaba la dársena es un insulto a la inteligencia y un insoportable abuso de la autoridad, nunca mejor dicho.
No, señores, el sobrecoste del paseo del Molinar (dejemos de llamarlo puerto) obedece las siguientes tres razones: a) la premura en iniciar la obra por razones políticas sin tomar las debidas precauciones técnicas y jurídicas; b) la planificación surrealista de unos bajos sin señalización que obviamente no fue aceptada por la Capitanía Marítima; y c) la falta de comprobación del estado de los muelles. En definitiva, a lo que comúnmente se llama hacer una chapuza.
La Autoridad Portuaria de Baleares puede engañar a la opinión pública. En este caso lo tiene particularmente fácil, pues la campaña de demonización del Club Marítimo (un grupo de humildes socios vendidos poco menos que como una banda de especuladores) surtió efecto y ha calado muy profundo. A Juan Gual hay que reconocerle su indudable talento en estas lides. Pero la APB no puede pretender tomar el pelo a quienes sabemos lo que ha ocurrido y por qué ha ocurrido.
El presidente Antich, que pronto dejará de ser un recién llegado y va tener que empezar a dar la cara, debe decidir si quiere formar parte de este asunto. De momento haría bien en preguntar si en el expediente del Port Petit aparece el informe del CEDEX. Y en el caso de que no exista, preguntar a su equipo técnico por qué no se solicitó a pesar de que el Marítimo del Molinar lo reclamó por escrito. ¿Quién dio la orden?


