Hace bastantes años, una persona muy cercana cometió una imprudencia en la mar. Su pequeño barco de vela terminó desarbolado y a la deriva en medio del canal de Menorca. La cosa pintaba mal cuando el sol empezó a ponerse tras la Sierra de Tramuntana. Se avecinaba una fría noche y el teléfono móvil se estaba quedando sin batería.
De repente, en el horizonte apareció una mancha roja que en pocos minutos adoptó la forma de un barco. Era la lancha de Salvamento Marítimo, cuya tripulación había conseguido encontrar un minúsculo catamarán sin mástil con la única ayuda de una comunicación entrecortada.
Esa persona, que aprendió la lección y no ha vuelto a cometer una imprudencia, me dijo muy seria: “He vuelto a nacer. Esta gente me ha salvado la vida”.
Nuestro galardonado con el Premio Brújula de 2022 ha escuchado cientos de historias como ésta. Suyo y de su equipo de controladores, marineros, pilotos y rescatadores es el colosal mérito de haber cambiado el curso de incontables vidas.
La niñez de Miguel Félix Chicón quedó marcada por las travesías del Estrecho. Aquella temprana pasión por la mar le llevó a ser capitán de la marina mercante, a recorrer miles de millas y a convertirse en jefe del Centro de Salvamento Marítimo en Palma, puesto en el que se ha hecho acreedor del máximo respeto y admiración de las gentes de la mar.
Miguel me dijo un día: «No hay en el mundo nada más gratificante que salvar una vida». No cabe duda de que ha sido un hombre muy afortunado, pero no debemos olvidar que no todos los finales han sido felices, y que en cada rescate ha tenido que lidiar con el peso de una gran responsabilidad y con los sentimientos e inseguridades propios de la condición humana.
Lo ha hecho siempre con el rigor del marino y con la humanidad de quienes están llamados a dejar huella por allí donde pasan.


