7 días y 18 horas, este fue el tiempo que tardamos en completar la regata Mini Fastnet 2023, un recorrido de 600 millas entre la Bretaña Francesa (Douarnenez), Inglaterra e irlanda, acabando en decimosexta posición. La Fastnet es una roca al extremo sudoeste de Irlanda muy conocida entre los navegantes después de la fatídica regata de 11 de agosto de 1979, donde tuvo lugar la tormenta más mortífera de la historia moderna de la navegación.
Después de haber participado en la regata MAP los días anteriores, el Gínjol y yo estábamos preparados por la salida. En esta ocasión navegaríamos en dobles, siendo el mi copatrón Genis Hontoria, amigo con el que llevo años compitiendo en la clase Mini.
La preparación de esta regata requirió estudiarse bien las corrientes y los peligros, puesto que pasaríamos por el canal Dufour, lugar donde hay unas de las corrientes más fuertes del mundo, con muchas piedras y obstáculos. Pasaríamos también por el Canal de la Mancha, por Land’s ending (Inglaterra), donde también hay corrientes muy significativas y por el mar Celta de Irlanda, para volver hacia Douarnenez otra vez influenciados por corrientes alrededor de Brest. Además de esto, teníamos que preparar la meteorología, la comida, la ropa y un poco de música por si nos aburríamos.
La meteo pintaba muy floja y no tuvimos claro hasta el último momento si nos enviarían hacia Irlanda, pero en la reunión de patrones del 10 de junio, el director de la regata, Denis Hugues, el mismo que organizó la Mini Transat de 2021, nos informaba (en Francés, claro), que nos íbamos a la roca.
El día 11 de junio se dio la salida a las 14.00 horas, con una llamada general que obligó a repetir la salida. Salimos muy bien, por la parte del Comité, con el cuchillo entre los dientes y muy adelante. Decidimos hacer bordos cerca de tierra, mientras otro grupo se decidía por hacerlos más al norte, en el centro de la bahía. Al principio todo iba muy bien y navegábamos cerca de los primeros protos, Fede Waksman y Carlos Manera entre otros, pero poco a poco nos fuimos distanciando después de algunas viradas por falta de velocidad. Había muy poco viento, unos 5 o 6 nudos, y ya se veía que sería una subida difícil hasta el canal Dufour.
No teníamos potencia, ceñíamos con el solent y la mayor, pero, incluso, algunos barcos de serie nos adelantaron. Éramos conscientes de nuestra limitación; el solent, a pesar de ser de buena calidad, es muy pequeño, plano y no te da potencia al barco, puesto que no hace suficiente bolsa. Sufrimos mucho, fuimos quedando a la cola, hasta que justo antes de Dufour, un par de viradas buenas nos hicieron recuperar posiciones.
Llegamos a Dufour y empezó la aventura, vimos que a unas cuantas esloras había una línea de nubes bajas, que claramente son indicadoras de niebla. Y así fue, entramos dentro de la zona de niebla y al mismo tiempo en el canal Dufour, una zona de fuertes corrientes donde tuvimos que guiarnos con el GPS.
Se cerró la niebla y no podíamos ver más allá de dos esloras. Se convirtió todo en un ambiente tétrico y fantasmagórico. En esos momentos, el AIS fue clave para saber si íbamos a colisionar con otro barco. La ropa, los cabellos y la cara quedaron empapados por la niebla y mientras, con seis nudos de viento, el Gínjol navegaba a ocho nudos de velocidad, lo que dejaba claro que estábamos metidos de lleno dentro de la corriente, afortunadamente a favor. Hicimos unos cuantos bordos buenos y conseguimos salir del canal a tiempo antes de que se invirtiera la corriente. Entramos, ya haciéndose de noche, en el Canal de la Mancha.

Poca velocidad, poco viento, poco mar. Así pasamos las 90 millas que nos separaban de Inglaterra. Vimos cómo nos adelantaban minis antiguos de serie, pero lo probamos todo. Afinamos velas, movimos pesos, tomamos decisiones, jugamos con la corriente, hicimos viradas, trimamos hasta el milímetro, hasta que nos decidimos a añadir más vela a proa y montamos el código 0, a pesar de que íbamos ciñendo a 23° de TWA (casi de cara al viento), y esta no era la vela ideal, lo probamos.
Por fin, el Gínjol cogió potencia y aceleró entre 0.7 y 1.2 nudos más. A partir de ahí pudimos recuperar alguna posición y mantenernos. Pero no fue suficiente. No sería hasta bastante más adelante cuando aprenderíamos a navegar de otro modo. Durante este tramo, el copatrón sufrió los efectos del poco viento y cambios de corriente, llegando a hacer vueltas involuntarias de 360°.
Una anécdota interesante fue que, llegando con la puesta de sol a Inglaterra, vi que Genís comía mucho. Se había acabado todos los frutos secos y había abierto varios paquetes de galletas. No había nada de malo, pero decidí comprobar cuánta comida teníamos. En esos momentos llevábamos día y medio y con la previsión, que no se estaba cumpliendo porque el viento era más flojo de lo esperado, teníamos que llegar el sábado o el domingo. Miré la bolsa de la comida y me encontré que nos quedaban un paquete de galletas «PIMS», un paquete de Oreos, un paquete de galletas de espelta, una tableta de chocolate y liofilizados para tres días y medio… ¡Nos faltaban dos días de comida! Se lo expliqué a Genís y vi claramente que me había equivocado al subir la comida a bordo. No teníamos bastante para acabar la regata. Allí se me pasaron muchas cosas por la cabeza, pero decidí ir a descansar y razonar mejor. Finalmente, decidimos lo inevitable: racionaríamos la comida a medio paquete por día, un liofilizado para cada uno por día, y nada más… sería largo.
Después de Inglaterra debíamos subir hacia el norte para esquivar una zona de exclusión de tráfico de mercantes. Viramos Land’s End, el extremo más suroeste de Inglaterra, para empezar a subir. Sabíamos que había corriente en contra y que nos teníamos que pegar a tierra lo que pudiésemos, donde la corriente es menor. Habíamos podido dejar muchos rivales atrás. Genís hizo su trabajo por la noche y pudo avanzar a algunos minis más. Después me tocó a mí. Empecé a hacer bordos hacia el norte y el barco funcionaba muy bien, íbamos subiendo y veía como el grupo de detrás se quedaba parado y como iba cogiendo al grupo de delante, entre ellos a Lisa (Moho), y me animé.
Vi que quedaban relativamente pocas millas (10-15) para llegar a la boya del dispositivo separador de tráfico y como que el Gínjol navegaba bien, después de una virada que me alejaba de tierra, decidí alargarla. Grave error. Los minis que siguieron enganchados a tierra y que estaban sin viento, al final arrancaron y me pasaron todos sin que pudiera hacer nada, absolutamente todos. Yo intentaba subir, pero no podía, viradas penosas, con tres nudos de viento y dos de velocidad, con un ángulo que mejor ni enseñar. La cagué y empezamos a reír pensando que éramos el «barco escoba», el que cierra la flota, el último. Decidimos comer las galletas, aunque ya no tocaban más por hoy, ja, ja, ja. Así que, muy puteados, viramos la maldita boya de Shoal y abrimos velas hacia Irlanda.
En ese momento aprendimos que no teníamos que navegar haciendo correr el mini, sino que teníamos que navegar a VMG. Esto es un cálculo teórico que te hace la electrónica, que te indica la velocidad que ganas al viento. Si por ejemplo hay 4 nudos de viento y el VMG es de 3.80, estás aprovechando casi todo el viento en contra. Pero si vas a 2.00 no lo estás haciendo. Este parámetro tiene en cuenta el ángulo, así que cuanto más en contra viento vas (ángulo más cerrado) y más velocidad, más alto es el valor, y más aprovechamiento sacas. Me costó mucho aceptarlo, pero era mejor navegar a 3 nudos y más “aproat”, incluso con el código-0 medio flameando (que ya no bajaríamos en casi toda la regata) que a 4 nudos y con el código-0 pintando bien. Vimos como ganábamos posiciones de este modo.
150 millas hasta Irlanda, lentas, sin los vientos esperados, con las previsiones fallando. Muy lentas, sin galletas y sin poder picar nada. Debatimos, continuamente, qué hacer al barco para que corriera más. Trimamos, ajustamos, estudiamos la meteo y hacemos especulaciones que normalmente no funcionan. Miramos el cielo, notamos cualquier pequeña brisa, pero el viento rola cada dos por tres unos grados inesperados. Muy difícil. Eso sí, podemos dormir, pero no obstante nos damos cuenta a medio camino que hemos estado empleando mucho el piloto automático, y vemos que la batería está al 60%. No hace sol, hace frío, el cielo es tétrico y las baterías no cargan. Me recuerda cuando hice la cualificación por el mar Celta, con el mismo clima pero con un poco más de viento. Decidimos racionar, además de la comida, la batería. Nos toca hacer caña.
A dos tercios del camino, nos encontramos con un grupo de palomas que se empiezan a echar contra la mayor, como en la película «Los pájaros» y, sin quererlo, caen dos encima del barco de forma patosa. Están agotados y decidimos ponerles agua en el winch, donde empiezan a beber como camellos. Al cabo de un rato se van, pero en unas horas volvemos a encontrar otro grupo de palomas, esta vez con algunas mucho más cansadas, y una de ellas consigue entrar en el barco. Mismo procedimiento, le damos agua, y allá se queda, solo que esta vez se quedará hasta llegar a Irlanda.

Llegamos, nos quedan pocas millas, unas 10, y quedamos encalmados junto con toda la flota. Vemos incluso los primeros, que están virando el faro, pero nadie avanza a más de un nudo de velocidad. El Gínjol es más ligero que los otros y durante la noche me toca a mí y me sale bien. Voy avanzando a algunos barcos y acabo bien posicionado y muy cerca de tierra.
La paloma lo ha cagado todo, cada vez que trimamos acabamos con las manos llenas de excrementos. Es hora de echarlo, ya ha bebido, descansado y la tierra, que por cierto es espectacular, está a un par de millas, muy cerca. Lo intento por primera vez, lo cojo y lo suelto esperando que no se caiga al agua y no lo hace, salta, vuela hacia arriba y vuelve a bajar y a aterrizar dentro del Gínjol. Segundo intento, ¡igual! Tercer intento, ¡igual! No se quiere ir. Se queda en la punta del botalón y se duerme.
Seguimos a un nudo y decidimos merendar, está saliendo el sol. Aquí el sol se pone hacia las 22:00 horas y la luz, incluso, más tarde, pero no tenemos nada que merendar. Así que nada, un sorbo de agua y a seguir. Me quedo de guardia durante 10 interminables millas encalmadas, metro a metro, contemplando la costa. Cuando me giro a un lado, veo una cabeza que me mira… es un león marino. ¡Espectacular!, juega con el agua y nada panza arriba, hasta que desaparece sumergido. Solo por esto ya ha merecido la pena.
Vemos ya al faro, nos queda menos, aparece una brisa y todo el mundo empieza a galopar a dos nudos. Velocidad extrema. ¡Llega el viento, por fin! La paloma se asusta y vuelve a bordo y es hora de echarla, ahora sí, porque tenemos que estar atentos, por las velas y por la regata. La cojo y, esta vez, como si fuera una piedra, la tiro con todas mis fuerzas hacia tierra y vuela, ¡por fin vuela y se va!
Genís y yo estamos contentos, hemos visto un león marino, hemos salvado a la paloma, hemos ganado posiciones y tenemos un poco de viento. Trimamos el código-0 con el jockey pole, y arrancamos. Nos acercamos, por fin, después de años de intentarlo en otras regatas, a la roca Fastnet. Lo más gracioso es que hasta ese momento habíamos ido de ceñida, contra viento y en los últimos metros de la fastnet se nos ha puesto de popa, lo que quiere decir que, justo cuando giramos la roca, tenemos de nuevo el viento de cara.
Pasamos la fastnet, que por cierto no es muy bonita, con muchas construcciones y sucia, pero igualmente impacta pasar por este mítico punto. Después de pasarla, viento en contra y navegamos a VMG como ya habíamos aprendido. Durante horas. Vamos en cabeza de una flota de unos 14 minis hasta que, por un tema estratégico, decidimos hacer una virada hacia mar adentro. Yo no estoy convencido, creo que después de todo el que hemos pasado, ahora que estamos consiguiendo mantener la flota, sin saber la previsión que tendremos, no es momento de abandonar. Pero Genís tiene una teoría, y es que tenemos que coger las roladas hasta que entre el supuesto oeste, sin pasarnos en el sur de la ortodrómica, la línea recta entre nosotros y la llegada.

Horas después nos damos cuenta de que no ha salido bien. Comienzan a cambiar las condiciones, hemos podido cargar un poco de batería pero no suficiente. Empieza a subir el viento, a taparse el cielo, y vemos lluvia en el horizonte. La presión baja, pero poco, y creemos que está llegando un frente inesperado. No entendemos por qué, tenía que rolar a este y está llegando un frente. Las predicciones no son fiables.
Todo frente implica que al final el viento rola hacia la derecha, lo que te permite seguir la rolada hasta que pasa la parte fría del frente, acaban las lluvias y el viento rola repentinamente, permitiendo entonces virar e ir con buena velocidad y ángulo hacia destino. Decidimos hacer esto, decidimos seguir la rolada a derechas, aunque el ángulo sea malo, porque asumimos que cuando pase la lluvia, que ya está lloviendo, rolará y entonces viraremos para ir directos a destino.
Pasan las horas. Nos mojamos, cogemos frío, hay olas y mar confuso, con unas máximas de 20-23 nudos, pero normalmente unos 17 nudos. Hacemos unas cuántas guardias. Cenamos de cuatro galletas cada cual, seguimos, pero no llega nunca la rolada. No se acaba nunca el frente. Finalmente, decidimos abortar, hacer virada e ir con mejor ángulo, a pesar de que no ir a rumbo directo. Nos ha fallado la estrategia.
A partir de aquí, ceñida, ceñida y más ceñida, baja el viento y acabamos como siempre, entre 10 y 6 nudos. Pasamos el Canal de la Manche rodeados de placton, y llegamos a una zona donde empieza a haber tráfico de mercantes. Las proximidades de la zona de separación de tráfico de Ouessant, cerca del canal Dufour. Ya de día, hemos perdido posiciones, no nos ha salido nada bien, pero lo único que podemos hacer es seguir como vamos, rectos y con corriente a favor. Pasamos el primer punto de Ouessant e intentamos hacer bordos, pero en un momento dado, pasa lo que ya hemos experimentado varias veces y es que, de repente, el mar cambia, se calma y se remueve. El viento cambia unos grados, se suaviza, y el Gínjol se frena. Empieza la guerra de corrientes en contra, viento en contra y un mini con poca potencia.
Tardamos más de un día al pasar una zona de unas 70 millas entre Ouessant y el sur, hasta entrar a la bahia de Douarnenez. No obstante, lo disfrutamos, vemos todo el tráfico de la zona de separación que los mercantes, muy educadamente, dan a los 85 minis que están cruzando por allá. Vemos las viradas de unos y otros y, como todos, sufrimos. Finalmente, llega la noche, se pone el sol y el viento cambia y se nos abre. ¡Se nos abre tanto que nos permite poner el spinnaker! Después de seis días podemos poner una vela diferente, podemos ir a rumbo directo y con la puesta de sol por popa, un regalo momentáneo, puesto que al cabo una horita se nos volvería a poner de proa. Decidimos abrir el último paquete de galletas que nos queda. A partir de aquí, solo un liofilizado cada uno y se acabó.
Por la noche, me toca de nuevo. Genís gestiona muy bien de día y yo bastante bien por la noche. Avanzo aquella noche a ocho minis. Llegamos a las proximidades del canal de Dufour, y empezamos a hacer cálculos de las corrientes. Resulta que si nos quedamos tanto cerca, la corriente nos aspirará para adentro (como les pasó a algunos en Ouessant) y tendríamos un problema. Además, estamos muy cerca de las rocas, del punto «Pierres Noires», cargado de bajos, y que la corriente nos envíe hacia allá no hace ninguna gracia. Sabemos que tenemos el ancla a punto y hacemos especulaciones de cómo lo haríamos si nos faltara cadena. Cogeríamos escotas, cabos y amarras y lo uniríamos todo para alargar la cadena del ancla.
Hacemos la virada hacia el mar y nos sale bien. La flota se queda más atrás, encalmada, y seguimos ganando posiciones. ¡Fantástico! Estamos cerca de la llegada, a unas 10 millas, y tenemos juego por jugar. Vemos el Borrachudo, que nos persigue desde Ouessant, que para ser un Pogo2 está navegando muy bien, cerca de los protos y de otros minis de última generación. Hablamos con ellos y están muy contentos.
Ya llegando, planificamos la estrategia. Iremos por la parte central-sur de la bahía, donde la corriente es mejor. Pasamos la última marca por babor, y ahora sí, nos toca poner spinnaker de nuevo. Con estas condiciones el Gínjol es fuerte, tenemos unos 15 minis a pocas esloras y decidimos concentrarnos. Sale el sol, ya nos hemos comido el último liofilizado y no nos queda nada a bordo qué comer, ¡tenemos que llegar! Decidimos hacer como con la ceñida, iremos a VMG. Genís trimando, yo a la caña, metro a metro, virada a virada, vamos ganando posiciones. Por momentos no lo vemos claro, ya que los que van al sur ganan posiciones, pero después vemos que no, que ganamos los del norte. Nosotros seguimos el role, cancelamos la estrategia inicial, marcamos a la flota y a un proto que tenemos al lado, y así, cuando nos quedan 4 millas, encalmada total, para todo el mundo.
Nos encontramos en medio de delfines, centenares de delfines que juegan, gaviotas, pingdais y mucha otra fauna. Vemos que los que nos amenazaban se quedan clavados igual que nosotros, pero parece que nosotros estamos más cerca y beneficiados. Navegar a VMG ha dado sus frutos. Poco en poco nos acercamos y, ya a los últimos 400 metros, un canal de viento nos propulsa, junto con 5 minis más, a la llegada, con un desvente final en los últimos 50 metros que nos hace disparar el spí abajo para acabar de ceñida. Un maxi, el 981, lo ve venir y sube el código 0, se pone a orzar como si no hubiera mañana y nos adelanta a nosotros y a dos más, incluido a uno que estaba encalmado a 10 metros de la llegada. Una sorpresa final, y adrenalina hasta el último segundo.

Ha sido una regata larga, muy larga, pero donde hemos aprendido a afinar mucho el Gínjol, a aceptar las posibilidades que teníamos y a gestionar y racionar la comida y la energía. Mucha fauna vista, mucha estrategia a entender. Como conclusiones, necesitamos aprender a navegar con corrientes, no tenemos ni idea y es completamente diferente. Los ángulos de viento cambian, el sistema te da una dirección de viento modificada y te puede confundir cuando crees que vienen roladas y en realidad no lo son. Navegar en el lado bueno con la corriente en contra, o a favor, es clave, y se tiene que saber detectar y planificar. En cuanto al Gínjol, el plano vélico actual está diseñado para ir con siete velas, pero las actuales reglas de la clase mini solo permiten seis. El Gínjol funciona muy bien con vientos portantes y con spinnaker, pero realmente mal con vientos flojos y moderados en ceñida y descuartelar. Hay que hacer cambios, hay que poner velas más grandes y esto requerirá cambiar el punto de anclaje de la diagonal y del mástil. Además, en popas clava la proa, por lo que mover el mástil hacia atrás ayudaría a tener velas más grandes y a elevar la proa.
Como siempre, los minis te dan una lección de humildad, te ponen en tu lugar y la naturaleza te muestra que no tienes nada a hacer contra ella. Siete días de regata con vientos de media de cuatro nudos han hecho de esta Mini Fastnet la edición más larga de la historia y que recordaremos toda la vida. Quiero dar las gracias a Bosch & Lozano para conseguirme tanto rápidamente las drizas que necesitaba.


