Ahora mismo, aquí, en el Mediterráneo, en medio de la nada y con un levante que arrecia, viendo todo lo que nos queda hasta el primer waypoint y los sucesivos hasta el puerto de destino es un buen momento para preguntarme por qué me gusta la mar. Tiene que haber una explicación para aguantar cabeceos, rociones y un traje de agua que ahora es permeable.
Tal vez sean esos amaneceres que parecen acuarelas hechos de varios trazos grises que, por arte de magia, cambian de color dando paso a un medallón dorado y un nuevo día.
Tal vez, quién sabe, sea el color del mar lo que me atrae. Cuando los borreguitos (antes dispersos, fuerza 2-3, ahora numerosos, fuerza 3-4) son engullidos por las crestas de las olas y dan un azul líquido y brillante. Todas las olas distintas, todas preciosas.
Tal vez sea que ya van a dar las diez y merendaremos unas croquetas y una cerveza porque, total, llevamos desde las cinco de la madrugada en marcha y esto cuenta como vermut. Ver pasar el día, llegar al momento en el que el Sol deja de ser un punto blanco cegador y es de nuevo el medallón dorado de hace más de doce horas.
Puede que sea la sensación de introspección. Ni un eco de radar en 36 millas a la redonda, ni una estela en el cielo. Nada sobre nuestras cabezas y algo de fibra debajo nuestro. Espacio infinito por todos lados, el mismo mar por el que tantos han pasado, la primera vez que lo surcamos.
Un buen momento para ordenar las ideas, pensar qué hacemos aquí y saber que esto gana de goleada.


