La otra tarde un amigo psiquiatra me contó una historia. Pero no empecemos mintiendo: en realidad, estaba en la consulta de mi psiquiatra y la charla derivó hacia la consideración de los logros personales (profesionales, económicos, de estatus) como pasos imprescindibles para alcanzar la felicidad.
“Te voy a contar la historia de dos amigos —comenzó a relatar—. Crecieron juntos y fueron inseparables hasta su mayoría de edad. En ese momento uno de ellos se fue a Barcelona para estudiar la carrera de Medicina y el otro se quedó en Mallorca, en Cala Rajada. Salía a pescar con su barquita cada mañana y, por la tarde, vendía el pescado a los restaurantes de la zona. Mientras tanto, el estudiante se licenció y cursó una especialidad. Animado por un profesor se trasladó a Londres, donde inició su práctica profesional. Trabajó en los mejores hospitales y pronto se convirtió en una celebridad. Se trasladó a Estados Unidos, puso en marcha una unidad pionera, fue profesor en la universidad más elitista del país. A los sesenta y cinco años se jubiló y volvió enseguida a Mallorca, a Cala Rajada, donde había pasado su infancia. Se compró una barquita para poder salir cada mañana a pescar y, por la tarde, vender el pescado a los restaurantes de la zona”.
Nos quedamos ambos en silencio, solo se oía el zumbido del aire acondicionado. Reconocí el pellizco que me avisa de que acabo de escuchar algo importante, algo que me araña por dentro, la sal en la herida. ¿Y si todo esto no fuera más que una farsa? Es la pregunta que me hago desde que entré en la adultez. ¿Y si nos entretienen, nos despistan, nos dirigen para que no podamos ver que la vida, en realidad, no es esto?
El cuadro de Antonio Ribas que puede contemplarse en el Museu de Mallorca me zarandea con cada mirada. Todo en ese lienzo —los efectos lumínicos en la cala de aguas verdosas, el barquito de vela a lo lejos surcando una isla de luz, la veladura de las olas que mueren en las rocas, la sombra del peñasco sobre el mar, el celaje inmenso— me habla de una vida en paz. El arte es así: le da a cada espectador lo que necesita.
El pintor mallorquín Antonio Ribas (1845-1911) más que propiciar esa serenidad de espíritu, esa sed de autenticidad, pretendía (supongo) reflejar una escena realista: la de unos pescadores que vuelven a tierra tras una jornada de trabajo. Seguramente no había romanticismo en esa tarea, debía de ser un oficio bien duro. Pero yo no puedo dejar de pensar que aquellos que trabajan en el mar, en el campo, en la montaña, bajo el cielo siempre cambiante, no han sido engañados de forma tan flagrante como los demás. Si tu jornada laboral no comienza con cuarenta mails sin contestar y no acaba con un atasco en la vía de cintura, estás más cerca de la verdad.
Antonio Ribas nació y falleció en Palma y viajó poco, solo conocemos algunas salidas a Madrid para visitar el Museo del Prado y a París para participar en la Exposición Universal de 1878. En sus cuadros pinta Mallorca una y otra vez: Porto Pi y Es Jonquet, la costa de la Serra de Tramuntana, los campos cercanos a Palma. Cada vez que miro esos lienzos me acuerdo de Cicerón, de Montaigne, de Fray Luis, de Thoreau, de Marcial, de todos aquellos que dieron un golpe en la mesa y se retiraron. Y luego me pregunto una vez más por qué aplazo día tras día mi plan de pasear hasta el Moll Vell, tirar el móvil al mar y dedicarme a cultivar un jardín.

Los paisajes de Antonio Ribas acusan la influencia de los pintores franceses de la Escuela de Barbizon. Francia era entonces, a finales del siglo XIX, la capital mundial del arte. En la imagen, Salida de la luna en las riberas del río Oise, de Daubigny, pintado en 1875.

Firma de Antonio Ribas. De él se decía que no había familia bien acomodada en Palma que no tuviera en la “sala bona” un cuadro del pintor.

