Lamentablemente, vemos con impotencia cómo el “café para todos” promovido por la DG Mare de la Unión Europea está a punto de cometer un error que se recordará durante años. Muy poco tienen que ver las especies y las artes de pesca del Mediterráneo con las del Cantábrico, el Mar del Norte, el Báltico o el Ártico.
La anunciada reducción de posibilidades de pesca para la pesca de arrastre en el Mediterráneo representa una auténtica sentencia de muerte, no solo para las pocas barcas de arrastre que quedan en nuestra comunidad, sino también para el sector de la pesca profesional. Si esta medida se lleva a cabo, afectará a toda la población y a los sectores relacionados con la alimentación.
Las barcas de arrastre suministran más del 70% del pescado fresco que entra en la Lonja de Palma. Si solo se les permite faenar entre 27 y 30 días al año, se verán obligadas a cerrar. Las cuentas simplemente no salen, y el sentido común basta para entenderlo. La reducción del movimiento económico hará insostenible la infraestructura actual, obligando al cierre de negocios. Quizás, durante un tiempo, las cofradías puedan mantener una venta directa a restaurantes y particulares, pero será una solución precaria y difícil de gestionar.
Esto pone en peligro el sistema de gobernanza, gestión y control, que, gracias a la colaboración entre la Dirección General de Pesca y la Federación de Cofradías de Pescadores, ha sido un modelo de éxito y un referente en nuestro entorno.
Además, nuestra oferta gastronómica local, reconocida por la calidad y frescura de su pescado, se verá gravemente afectada. Mientras las pescaderías seguirán operando, ofrecerán productos cuya procedencia, condiciones de captura o cría desconocemos. Esto no solo compromete nuestra salud y cultura gastronómica, sino que también genera un impacto ambiental global, como demuestra la mayor huella de carbono asociada al transporte de estas especies.
En cuanto a los pescadores recreativos, pensar que no se verán afectados sería un error. Como dice el refrán, “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”. Las restricciones ya han afectado al atún rojo, el pez espada, la albacora y otras especies. La falta de oferta fomentará el furtivismo, y, como siempre, acabarán pagando justos por pecadores.
Personalmente, me duele profundamente. Después de 14 años trabajando por una pesca responsable y sostenible, veo con preocupación cómo estas medidas podrían revertir los avances logrados o dificultar la continuidad de nuestra actividad. Cada vez que una barca, profesional o recreativa, deja de salir, el mar pierde un vigilante. Durante la navegación, estamos atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor, y esta vigilancia, aunque informal, contribuye a la protección de nuestros mares.
Por otro lado, cabe preguntarse: si desaparece la pesca profesional, ¿qué ocurrirá con instituciones como el Instituto Español de Oceanografía o la Escuela Náutico Pesquera, especialmente ahora que están en camino de mejorar sus instalaciones?
Por todo ello, hago un llamamiento a no dar la espalda a los compañeros del sector profesional. Debemos unirnos y construir juntos el futuro que deseamos para nuestro mar y nuestra sociedad.
Finalmente, os deseo a todos una Feliz Navidad y un próspero año 2025. Que no falten pescados, calamares y gambas en nuestras mesas durante las comidas familiares.


