Uno de los tres supervivientes de una patera rescatada a la deriva a 100 millas de Baleares el pasado 11 de octubre contó cómo, a lo largo de varios días, él y sus compañeros tuvieron que arrojar por la borda once cadáveres. Este episodio fue uno de los pocos en los que ha podido recabarse evidencia directa de pérdidas de vidas en la ruta balear del tráfico de seres humanos.
El mar, como se suele decir en Mallorca, fa forat i tapa, pero que ciertas cosas terribles no trasciendan no significa que no ocurran. A nadie con conocimientos marineros se le escapa que una travesía de 150 millas náuticas, realizada la mayoría de las veces en embarcaciones precarias y sobrecargadas, pueda saldarse sin víctimas. “Es imposible”, reconoce un funcionario con experiencia en el rescate de inmigrantes en el Mar Balear: “Cada cierto tiempo aparecen cuerpos flotando, pero nadie habla de ello”.
Las víctimas mortales son uno de los aspectos más oscuros de las políticas fallidas que España viene aplicando (o mejor dicho, eludiendo) desde que hace cinco años se hizo patente que las mafias que controlan el tráfico de personas en el norte de Argelia habían encontrado un filón en la ruta balear.
Los datos que maneja la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) cifran en 88 las desapariciones en la travesía entre Argelia y Baleares en lo que va de año. En uno de los seis naufragios documentados murieron 25 personas. Ocurrió el 25 de mayo en un lugar indeterminado del Mediterráneo Occidental tras zarpar la embarcación del puerto de Bournedes. Hubo otro con 18 muertos el 23 de enero. En este caso, la embarcación partió de Zeralda con rumbo a Baleares.
La OIM obtiene sus datos de registros oficiales –cuando es posible–, pero también se nutre de entrevistas en el lugar de origen. Los naufragios que acredita no son necesariamente todos los que se registran; los muertos podrían ser bastantes más.
Baleares se ha convertido en uno de los destinos principales de las migraciones procedentes de África. En lo que va de año han arribado a las costas del archipiélago 312 pateras con 5.199 personas, más del doble de las que lo hicieron el año anterior. “E irá a más. Todavía no somos conscientes de lo que se nos viene encima”, advierte un funcionario que pide conservar el anonimato: “Si no se controlan las fronteras, se produce un efecto llamada”.

