Cuando ya era viejo, sentado junto a la estufa de la que apenas se separaba, Edvard Munch se escribió un poema a sí mismo cuyo primer verso dice así: «Quizás te quede aún un verano de días soleados».
El pintor de El grito, de la angustia existencial, del pánico del hombre moderno abandonado a su suerte, de las muchachas melancólicas, fue tamizando poco a poco su propia leyenda de hombre depresivo, alcohólico, enfermo y psicológicamente devastado. Es cierto que tuvo una infancia desgraciada, que la muerte cercó a la familia y que, como él afirmaba, «heredé de mi padre las semillas de la locura». Pero también es verdad que llegó a los ochenta años habiéndose convertido en un artista cotizado y respetado por la crítica y el público. Y El sol tuvo mucho que ver con ese golpe de timón.
Munch acababa de pasar ocho meses internado en una clínica de reposo -«me encontraba tensionado hasta el límite»- cuando recibió la propuesta de la Universidad de Oslo para que participase en el concurso para decorar la nueva Aula Magna de estilo neoclásico. Gustav Vigeland, un pintor clasicista, y Edvard Munch, un claro precedente del expresionismo, fueron los finalistas. No hubo acuerdo entre los miembros del comité de selección y el aula hubo de inaugurarse sin ornamentación. Un par de años después, las once pinturas luminosas y optimistas de Edvard Munch acabaron decorando los paneles vacíos y, tras décadas de dificultades económicas, escarnio y burlas, el artista se sintió por fin reconocido.
Desde entonces, los miles de alumnos, profesores y catedráticos que se han sentado en el Aula Magna tienen ante sí este sol cuyos rayos parecen salir del lienzo y prolongarse en todas direcciones, más allá del edificio, más allá del campus, más allá de la ciudad. Las líneas benéficas de una energía que lo impregna todo atraviesan a los asistentes como símbolo del conocimiento, del saber, que nos hace mejores. Pero también hiere esa luz tan potente; a veces es molesta, quisiéramos seguir amodorrados en el desconocimiento, en la mentira quizás. Tanta verdad duele.
En este año nuevo que entra, os deseo una energía tan blanca y potente que, como en el cuadro, se licúe y se derrame a vuestro alrededor, bendiciendo a aquellos que caminan con vosotros. Os deseo una creatividad incontenible. Os deseo el mar azul y plácido de un fiordo noruego y las olas vibrantes y amarillas que remansan en la playa. Os deseo una naturaleza fértil, saturada de verde, y un cielo descompuesto en rosas, azules, rojos y ocres, como fuegos artificiales diurnos.
En este nuevo año os deseo que recordéis que la vida son rápidos y remansos y que hay que saber navegar en ambos, y que el sol sale cada día, no importa lo interminable que parezca la noche. Y os deseo que incorporéis a vuestra vida «la bella hipótesis», una idea muy en boga en los tiempos de Munch, que afirma que todos los seres vivos compartimos un mismo impulso vital, una energía distinta a la estudiada por la física o la química, que nos une y nos hace parte de un todo. Yo apelo a ella cuando siento que la mayoría de los seres humanos están tan tarados y me caen tan mal que la única opción que me queda es retirarme a un islote remoto de un perdido archipiélago del sur de Noruega.
Feliz año nuevo, queridos amigos. Ojalá nos queden aún muchos veranos de días soleados.


