Recuerdo tu risa. Tus carcajadas, descaradas y pegadizas. Tu mala leche cuando era necesario. Tu positivismo. Tus ganas de luchar. De seguir siempre adelante.

Recuerdo tu risa. Tus carcajadas, descaradas y pegadizas. Tu mala leche cuando era necesario. Tu positivismo. Tus ganas de luchar. De seguir siempre adelante.

No quiero escribirte esto porque sé que ya no lo leerás. Que no me llamarás para corregirlo juntos. Para ponerle un poco de gracia, de esa que sólo tú sabes imprimirle a los textos. Espero estar a la altura.

Hace ya años que he incorporado en mi día a día la palabra “tranquilidad”. Una evolución de ese “ohmmmm” que tanto me repetías. Esa paz que desprendías. Esa calma, esa serenidad. Esa alegría. Y mientras escribo sobre lo más bonito que me enseñaste, lloro. Un poco por pena, sí. Pero sobre todo de emoción. De saberme un afortunado. De saber que pude contar contigo. De saber que tú también confiaste en mí. De saber que eras, somos, amigos.

Egoístamente estoy tranquilo. Una tranquilidad que tú me transmitías en cada conversación. Me enseñaste a respirar y a dar un paso al lado. A no ser tan visceral. Siempre envidié tu temple. Tu fuerza, tu paz.

Recuerdo tu risa. Tus carcajadas, descaradas y pegadizas. Tu mala leche cuando era necesario. Tu positivismo. Tus ganas de luchar. De seguir siempre adelante.

Salía del hotel en Alicante y me llamaste. Me quedé parado en medio de la calle. No daba crédito a lo que me contabas. Y aún menos a la tranquilidad, que no frialdad, con la que lo hacías. Ese día mi admiración por ti se hizo infinita. Nada te paró. Nada te hizo dejar de mirar a la vida de frente. Siempre supiste disfrutar cada sorbo de la coca-cola. Y me decías “Quillo, ¿y qué vamos a hacer si no?”.

Soy un afortunado. Me has enseñado mucho. Contigo he aprendido a escribir otra vez. Contigo he aprendido a darle más luz y más salsa a las historias. Tú me enseñaste a seguir adelante. A no perder la fe. A creer y confiar en mí. Sí, soy muy afortunado. Porque aunque tú te vas, yo me quedo. Con todo lo aprendido. Con tu sonrisa en el recuerdo. Con ese aura que desprendías.

Joder.

Pero seguimos.

Gracias, Maca.

Noticias relacionadas