Hay dos alimentos que, para mí, tienen un sabor distinto si los como embarcado. La Coca-Cola cambia de sabor y el chocolate, además, cambia de textura, y no tengo ninguna explicación. No sé qué hace que abrir una botella o una lata y no sepan como en tierra. Un misterio.
Y es curioso porque no es un rollo magdalena de Proust que me haga recordar cuando de niño estábamos en el Arlanda II fondeados en el arenal de Son Saura y les suelte aquí un rollo de trescientas páginas paladeando un sorbo de esta bebida. Es más complicado: un recuerdo modifica un sabor que debería ser estandarizado.
Puedo aventurar que el estibado de los víveres que hacía mi abuelo y la compra de estos en el Colmado Mir, en el Puerto Pollensa, tenga algo que ver. El velero tenía ese característico aroma a diésel y el colmado atesoraba en sus dos plantas latas de Campbell con solera o exóticas sopas de nido de golondrina o de aleta de tiburón. Y todo sin fecha de caducidad o preferente de consumo. Si la lata no estaba hinchada, golpeada u oxidada, era aceptable.
Y aunque fuera esto, no sé cómo actúa. Navego un par de horas, abro una lata, le doy un sorbo, las pupilas gustativas recogen lo mismo que a cualquier otra persona y cuando llega al cerebro es otra cosa. Un sabor especial, inclasificable e inexplicable.
Tendría que hablar con mi prima Leticia, que era una adicta a la Coca-Cola, a ver si le pasa lo mismo. De hecho, ahora que hago memoria para este texto, recuerdo que eran una unidad de conteo. A mi tío Juan -que fue patrón en varios barcos- le maravillaba el consumo en no sé cuál lancha: “¡Cincuenta y cuatro se han bebido hoy! Las abren, dejan que se calienten y cogen otra.” Era algo tabú, pecaminoso. Debería profundizar en este tema en la próxima reunión familiar.
P. S. He ido a cenar a casa de Gonzalo, a él también le cambia el sabor de la Coca-Cola. Es algo familiar, está claro. Les informaré de mis avances en este tema.


