Hace casi una década escribí en estas mismas páginas un artículo titulado ¿Para quién trabajamos?, donde ya alertaba del retroceso de la náutica social en nuestras islas. Nueve años después, la situación no sólo no ha mejorado, sino que ha empeorado, y lo más preocupante es la sensación de resignación que parece haberse instalado entre muchos de los que deberían estar luchando por revertirla.
Moderar la charla del II Foro de Gaceta Náutica con el conseller del Mar, Juan Manuel Lafuente, y el presidente de la Autoridad Portuaria de Baleares, Javier Sanz, ha reforzado en mí algunas certezas y, sobre todo, la urgencia de actuar. Ambos dirigentes mostraron una voluntad clara de defender la náutica social, pero, como bien sabemos, en la Administración «querer no siempre es poder». Aun así, si hay propuestas claras y voluntad política real.
Escuchar las intervenciones del foro me reafirmó en una idea que considero fundamental: si no protegemos y fomentamos activamente la náutica social, nuestros nietos no tendrán acceso al mar como lo tuvimos nosotros. Y esto no es una exageración. Lo hemos visto con el Club Marítimo del Molinar, después con el de Eivissa, y veremos qué pasa con otros clubes. La pérdida de estos espacios no es sólo la desaparición de un amarre más económico, es el desmantelamiento de una forma de vida.
Uno de los momentos más lúcidos del foro fue cuando el gerente de la ACNB señaló que los clubes náuticos deben dar cabida a esloras grandes para poder sostener tarifas asequibles para las pequeñas. Tiene razón. Pero me pregunto si no sería más lógico adaptar el canon a las esloras de náutica social, y no forzar a los clubes a reconvertir amarres para barcos de mayor tamaño simplemente para poder sobrevivir.
Otra reflexión muy pertinente fue la que hizo el presidente de la ACNB sobre la función social de los clubes, citando el ejemplo del Ecomuseu Marítim. Esa es la esencia de la náutica social: acoger, preservar y compartir la cultura del mar. Cambiar eso por embarcaciones de alquiler sin titulación o motos acuáticas puede ser más rentable, pero nos aleja del verdadero sentido de estas instalaciones.
Y volvemos al eterno debate del SAL: Sin Ánimo de Lucro. Un concepto tan manido como mal entendido. Si queremos que un club náutico funcione como tal, debe quedar claro en sus pliegos de condiciones que no puede perseguir el lucro. Que las tarifas deben estar controladas y que cualquier remanente debe ir destinado al deporte y a su función social. Si no hay posibilidad real de lucro, será más fácil que permanezcan quienes están o que quien venga no suponga una amenaza para el usuario.
El conseller habló de «tener buenos puertos y marinas», y es un objetivo que todos compartimos. Pero hay que diferenciar: no es lo mismo una marina de alto standing que un club náutico destinado a la ciudadanía. Como tampoco lo es una vivienda de lujo y una vivienda pública. Ambas son necesarias, pero con objetivos distintos.
Y quizá también sería hora de cambiar mentalidades. Tener un barco, por modesto que sea, exige sacrificios. Pero no debería tratarse como un lujo. ¿Qué pasaría si los senderistas tuvieran que pagar por caminar por la Serra de Tramuntana? ¿Por qué entonces se justifica que, para disfrutar del mar, haya que pagar por todo, incluso por boyas instaladas por la propia administración?
Aún estamos a tiempo. Tal vez perdimos la primera oportunidad cuando sonaron las alarmas en el Molinar, y no hicimos lo suficiente. Pero el segundo mejor momento es ahora. No podemos permitirnos el lujo de seguir dormidos.


