Cuando comprendí que cada mañana podía ver esta luz apenas podía creer tanta dicha

Cuando comprendí que cada mañana podía ver esta luz apenas podía creer tanta dicha

Nuestros ojos meridionales, acostumbrados a los mil tonos del azul, dan por sentado el prodigio que supone. Sin embargo, para los cientos de millones de turistas que viajan cada año al Mediterráneo, la epifanía es casi segura. Fue el caso de Henri Matisse, el pintor nacido en Cateau-Cambrésis, una tierra de cielos grises y ambiente frío, para quien viajar a Córcega fue casi como cambiar de frecuencia vibratoria: «Cuando comprendí que cada mañana podía ver esta luz apenas podía creer tanta dicha». Poco después, Matisse y su amigo, el también pintor André Derain, se instalan en el hermoso pueblo pesquero de Colliure y se obra la magia. Los recuerdos de Derain incluyen una las frases más evocadoras que se han escrito sobre la creación artística: «Allí, Matisse y yo nos dedicamos a pintar cuadros como si fueran cartuchos de dinamita, listos para estallar de luz».

Pero fue en Niza donde las sinapsis del cerebro matissiano quedaron afectadas para siempre. Asomado a la Bahía de los Ángeles nizarda quedó deslumbrado: «El mar es azul, azul, azul, tan azul que dan ganas de comérselo». El característico mar bicolor de Niza es el que se refleja en el cuadro, una evocación de lo que el mediodía francés despertaba en el artista. 

Todo es sencillo en este lienzo de Matisse, engañosamente sencillo. Casi nos hace olvidar que recibió una esmerada formación artística, que estudió y copió a los clásicos en el Louvre, que viajó a Italia para contemplar los frescos de Giotto, que nunca dejó de aprender. «He procurado siempre disimular mis esfuerzos», decía. 

Matisse se ha liberado, ya no tiene que ajustarse a la apariencia exacta de las cosas («para eso está la fotografía, que lo hace mejor y más rápido»), puede utilizar el color para expresar recuerdos, para evocar la emoción que le produce la realidad. Es libre. 

Quizás sea la libertad el motivo de este cuadro, la libertad de un día entero por delante para crear, para pasear, para maravillarse del hecho de existir. La libertad de dejar que el tiempo se desperece: «Me educaron con una sola frase “¡Date prisa!». En el sur descubre que no hay necesidad de apresurarse, que la calma afina la intuición, la herramienta más poderosa del artista.

Mujer sentada de espaldas a la ventana abierta es un prodigio de composición, todo está medido para provocar la emoción justa. Matisse recurre a la bidimensionalidad, pero no anula la perspectiva. Reduce las sombras al mínimo, pero mantiene su huella en los postigos de la ventana. Los colores son planos, pero sus asociaciones son efectivas. Parece todo muy fácil, pero estamos en 1922 y el arte acaba de liberarse de su corsé. 

Llega el verano a esta isla azul. A esta colapsada, abarrotada, agotadora, magnífica isla azul. De nuevo buscaremos la cura a nuestras heridas invernales en el cielo protector y las aguas restauradoras. Sortearemos los atascos, el agobio y las prisas para apropiarnos de un pedazo de paraíso. Y ya instalados bajo el sol inclemente, hundidos nuestros cuerpos sobre la arena, nos dejaremos acunar por el rumor del mar y recordaremos al sabio Matisse: «Siempre hay flores para quien desea verlas». 

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