Las islas son lugares para la leyenda, y en ocasiones han dado lugar a historias fabulosas que sucedieron de verdad. Una de las más curiosas –y aún relativamente poco conocida– parece sacada de una película de piratas. Su protagonista es un rey del norte llamado Sigurd y tiene todos los ingredientes para el mito: el viaje, el mar, la aventura, el tesoro escondido… Y sobre todo un escenario inigualable: los acantilados de la Mola de Formentera.
Para comprender bien la historia debemos trasladarnos al reino de Noruega hace más de 900 años. El rey Magnus III acaba de morir. Y sus tres hijos, todos de mujeres distintas, heredan el trono de manera conjunta: Oystein, Sigurd y Olaf (este último un niño pequeño). Cinco años más tarde, Oystein se queda al mando del gobierno mientras Sigurd, un joven de 18 años, emprende una aventura que marcará su vida entera: un viaje por mar para participar en las cruzadas.
Hacía solo 80 años que Noruega había abandonado la religión de Odin y Thor para abrazar la fe cristiana. Y es en este contexto que Sigurd organiza un viaje de devoción cristiana a Tierra Santa, al mando de 60 naves y un ejército de miles de hombres –entre 5.000 y 10.000, dependiendo de la fuente–. «Es un viaje iniciático. Sigurd necesitaba demostrar que era tan cristiano como los demás», afirma Santiago Colomar, doctor en historia consultado con motivo de este reportaje.
Sin embargo, los rasgos culturales de un pueblo difícilmente se borran en ocho décadas. Y una vez en el mar, Sigurd no duda en emplear los métodos de sus antepasados vikingos: saquear y piratear allí por donde pasa. Primero en las costas del Atlántico: La Coruña, Sintra, Lisboa y Alcácer do Sal; luego en las del Mediterráneo. Sus habitantes ven con terror recortarse en el horizonte la enorme flota de normandos (gentilicio procedente de north-man, «hombres del norte»), pero Sigurd no es partidario de la paz.
Así que después de cruzar el estrecho de Gibraltar, al que llamaban Nörvasund, las naves de Sigurd arriban a las costas de Formentera. En aquella época, según escribe el historiador José Luis Gordillo, la isla estaba ocupada por «piratas moros» que «guardaban su botín en una cueva de la costa septentrional de la Mola», un lugar que la mayoría de historiadores creen que podría ser la Cova des Fum. No sabemos si Sigurd tenía alguna información privilegiada sobre la ubicación de aquel tesoro, pero la cuestión es que el rey normando y sus guerreros se plantan con sus naves frente a los acantilados de la Mola con el objetivo de hacerse con las riquezas.
Lo que sigue es una escena de película. Conocemos los detalles gracias al relato del poeta islandés Snorri Sturlson, que a mediados del siglo XIII recogió las sagas de los reyes escandinavos en una obra cuyo título original es Heimskringla. «El belicoso, contrario a las treguas, navegó luego a Formentera. Antes que caiga la infiel morisma habrá combates a espada y fuego», anuncia el poeta.
Fue toda una hazaña. Los sarracenos tenían ventaja gracias a la orografía del acantilado y un muro que protegía la cueva. Desde allí lanzaban piedras y flechas a los atacantes. Y según nos cuenta Snorri Sturlson, exhibían sus tesoros ante los normandos, seguros de ser invencibles.

Sa Cova des Fum vista desde el interior, donde se habían refugiado los sarracenos.
No sabían con quién se enfrentaban. Sigurd urdió una estratagema de lo más ingeniosa. Ordenó a sus hombres subir dos barcas hasta lo más alto del promontorio y desde allí, llenas de guerreros, las hizo descender por el acantilado con unas cuerdas: «Rey de la guerra, hiciste bajar barcas del monte; contra los africanos es conocida hazaña».
Cuál debía ser la sorpresa de los musulmanes al ver aparecer del cielo dos lanchas repletas de hombres. Los normandos empezaron lanzar saetas y piedras, y los defensores no tuvieron más remedio que refugiarse en el interior de la cueva, donde un segundo muro les protegía. Entonces, desde el mar, los guerreros de Sigurd empezaron a subir por el acantilado: «Trepaste a la muralla de la cueva repleta, viril príncipe, yendo con toda tu mesnada».
El rey normando prosigue con su plan. Manda transportar ramas secas hasta la entrada de la cueva y les prende fuego. Los sarracenos solo tienen dos opciones: morir asfixiados en el interior del antro o salir a la desesperada, donde son abatidos por los invasores.
Sigurd ha vencido. Y de la cueva saca un gran tesoro: metales preciosos, pedrerías, telas ornamentales y otros ricos objetos. Según Gordillo, fue «el mayor botín de esta expedición».
«Esto nos da la dimensión de lo que debía ser la actividad corsaria en los tiempos de las taifas. Lo que nos está diciendo la saga es que Formentera, el último lugar del mundo, era capaz de generar una riqueza de este tipo. Es un dato bestial», afirma el historiador formenterense Santiago Colomar, quien interpreta que los guardianes del tesoro no eran piratas, sino corsarios, a sueldo de las autoridades de las taifas.
Las naves de Sigurd, con las bodegas llenas de tesoros, siguieron su camino hacia Tierra Santa. Las sagas documentan su paso por Eivissa, donde Sigurd «sostuvo una batalla y venció», y Menorca, donde «mantuvo con los infieles su octava batalla y consiguió la victoria». A partir de aquí, el rey normando pone rumbo a Sicilia y Tierra Santa, donde participa en la toma de Sidón. Le seguirá Constantinopla, donde abandonará las naves y a la mayor parte de su ejército para proseguir su viaje a caballo a través del continente hasta alcanzar Noruega. En total, habrá estado lejos de casa tres largos años. A partir de ese momento será conocido como Sigurd Jorsalafari: aquel que ha estado en Jerusalén.
Pese a los tintes legendarios del relato, Santiago Colomar interpreta que la narración de Snorri Sturlson es completamente verídica. Por su parte, en el año 2012, una excavación arqueológica identificó en el interior de la Cova des Fum restos correspondientes a «cientos de personas». Muchas de ellas pertenecían a la Edad del Bronce, pero el carbono 14 reveló que otras eran de época medieval, pudiendo corresponderse a los piratas sarracenos abatidos por Sigurd.
De tan espectacular batalla no quedó rastro en la memoria popular de Formentera. Sin embargo, gracias a las sagas medievales llegadas desde el norte, podemos saber con certeza que Formentera y sus acantilados fueron un escenario de primera categoría para la aventura y la historia.


