Este cuadro de Winslow Homer es el fósil conservado en óleo de mi endarrer más antiguo, el que me acompaña desde la infancia: aprender a navegar

Este cuadro de Winslow Homer es el fósil conservado en óleo de mi endarrer más antiguo, el que me acompaña desde la infancia: aprender a navegar

En el resto del mundo la gente habla de asignaturas pendientes, en Mallorca, en cambio, tenemos endarrers. El universo de los endarrers es fascinante: compañeras de trabajo modositas que un día aparecen conduciendo una Harley-Davidson, octogenarios que se matriculan en Derecho, sedentarios rocosos que tras años de inactividad deciden coronar el Aconcagua. Deseos que han permanecido latentes en un intersticio del cerebro, sepultados por millones de tareas, y que un día ¡pop! cobran vida.

Este cuadro de Winslow Homer (1836-1910) es el fósil conservado en óleo de mi endarrer más antiguo, el que me acompaña desde la infancia: aprender a navegar. Pasan los años y los lustros y las décadas y nunca es el momento. El tiempo ha alimentado una afirmación que al principio fue sencilla (“Navegar no debe de ser cosa fácil”) hasta convertirla en un entramado de coordinadas y subordinadas (“Navegar no debe de ser cosa fácil y menos a esta edad, por no hablar de cómo se ha incrementado el número de barcos y de la tecnología que llevan a bordo, que hay que ser ingeniero, y ahora, con los reflejos menguados y el respeto que me da el mar, la verdad, mejor lo olvido”).

Hasta que una tarde cualquiera recuerdo el cuadro del velerito y ¡pop! la llamita prende de nuevo y lo busco en mi móvil, activo el zoom y amplío mi parte favorita del lienzo, la de la proa cortando el agua y disolviéndola en una nube de espuma. En esos centímetros cuadrados de efervescencia y en la sombra del mástil que azulea en la vela está contenida mi idea de la felicidad y, con seguridad, la del bostoniano y casi autodidacta Winslow Homer, uno de los mejores pintores estadounidenses del siglo XIX.

La historia del arte occidental, que ignora todo aquello que no sucede en Europa, ha prestado poca atención a los artistas norteamericanos anteriores a Jackson Pollock, lo que es una lástima. El Museo Thyssen de Madrid, sin embargo, tiene una buena colección de obras de los paisajistas de la llamada Escuela del Río Hudson y media docena de lienzos de Homer, el pintor que continúa la gran tradición realista norteamericana, pero que ya anuncia la modernidad. Allí tuve noticia por primera vez de su existencia.

Homer pasó dos largas emporadas en Europa, conoció la obra de los impresionistas e incorporó algunos de sus hallazgos, pero siempre conservó su estilo, alejado de florituras y afectaciones. «Es un pintor genuino, su único cuidado es ver y reproducir lo que ve», dijo de él el escritor Henry James. No seré yo quien cuestione la afirmación de James, pero en la obra de Homer, decantada, también me parece percibir su filosofía vital, que no se entiende sin su intenso vínculo con la naturaleza, la búsqueda de la calma, su repugnancia a la violencia, el optimismo que vence al desaliento.

La embarcación avanza a buen ritmo sobre el mar picado y los cuatro ocupantes —un adulto y tres niños— parecen relajados, con ese sosiego de la era pretecnológica, en la que bastaba con existir. El encuadre no enfatiza la inmensidad del mar. El punto de vista cercano y la línea del horizonte baja nos hacen sentir a salvo como espectadores.  La luz del sol deja los rostros en sombra, pero la actitud de los muchachos, sus posturas, nos hablan del ensimismamiento del que navega, un estado beatífico que es consecuencia de la luz intensa, del sonido del mar y el batir de la vela, del olor denso a vida, de los verdes y azules saturados y del regusto a sal en la parte interior de los labios.

Tres muchachos y un adulto en 1870 a bordo de una embarcación llamada Gloucester. Yo, muy pronto, gobernando el timón de un velerito llamado Endarrer.

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