Repartidores de carnés de marinero
Qué fácil es opinar y dar lecciones desde el móvil, el sofá o la barra del bar mientras se contempla la desarboladura de un barco

Qué fácil es opinar y dar lecciones desde el móvil, el sofá o la barra del bar mientras se contempla la desarboladura de un barco

En todo el mundo, desde hace ya unos cuantos años, se opina con mucha ligereza sobre cualquier asunto. Esto se ve mucho en las tertulias de televisión y, especialmente, en las redes sociales, donde ni siquiera es necesario dar la cara y uno puede soltar cualquier barbaridad parapetado tras el anonimato. Ante esta situación, no cabe otra cosa que resignarse y aceptar que se trata de un fenómeno que ha existido siempre y que ahora, simplemente, se ve amplificado por las tecnologías que permiten a cualquier persona disponer de una tribuna donde decir lo que piensa, aunque sea una perfecta necedad.
 

Pensé en todo esto hace unos días, durante la Copa del Rey de Barcos de Época de Mahón, cuando el velero Tuiga, de 1909, uno de los 49 participantes en la regata, fue desarbolado por un chubasco con rachas de más de 50 nudos. Un seguidor de Gaceta Náutica nos cedió el vídeo con la secuencia completa del incidente, que publicamos íntegramente y sin edición en nuestros perfiles de Facebook e Instagram. En apenas cuatro días, acumuló un millón y medio de reproducciones y más de 3.000 comentarios. Nunca un contenido había alcanzado semejante repercusión en nuestros canales.

Sin embargo, un número bastante deprimente de esas opiniones, que a su vez daban pie a nuevos comentarios –a cual más enloquecido–, se basaban en una serie de premisas completamente falsas y consideraciones poco documentadas. La más extendida: que había sido una temeridad dar la salida de la regata con semejante temporal. Lo cierto es que, en el momento del bocinazo –y lo sé porque estaba allí–, apenas soplaba una brisa de diez nudos. Los patrones habían sido advertidos de la posibilidad de tormentas locales, que son típicas del final del verano mediterráneo, y decidieron competir. La mayoría de los barcos terminaron la regata sin ningún problema.

El parte anunciaba chubascos a partir de las cuatro de la tarde, pero el que alcanzó al Tuiga, cerca de Punta Prima, se adelantó dos horas. Dicho de otra forma: la salida no se dio bajo las condiciones que se ven en el vídeo, por mucho que los comentaristas insistieran en lo contrario.

Conviene también recordar qué tipo de barco es el Tuiga. Se trata de un cutter con aparejo de cangreja que en el momento del siniestro llevaba izadas cinco velas: mayor, escandalosa, trinqueta, foque y foque volante. Nadie con un mínimo de conocimiento –y su patrón lo tiene, créanme– se mete en un chubasco con todo este trapo desplegado. Las maniobras en un barco de estas características son muy complejas; rizar un aparejo de trapecio no es algo que se pueda hacer en cuestión de segundos, bajo un aguacero cegador y teniendo que mantener el equilibrio sobre la cubierta con una escora que, según se desprende de las imágenes, debió alcanzar 60 grados. Pero claro, todo eso se olvida cuando se opina desde un sofá, una barra de bar o un teléfono móvil. Es muy fácil repartir carnés de buen marinero desde tierra firme. Lo difícil es estar a bordo cuando la fuerza de los elementos te golpea. 

Ojalá el destino sea clemente con tanto opinador de ocasión y nunca los ponga en una situación parecida a la que sufrió el Tuiga. Porque entonces, y solo entonces, descubrirán la distancia que separa la teoría de la experiencia real.

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