Cuentan que por Sant Joan, delante de Ciutadella, se ve alguna vez dentro del mar, como salida de las olas, una ciudad con sus murallas, casas, palacios, iglesias… toda de un mismo color azulado, neblinoso; la llaman la Ciutat de Parella». Francesc Camps, médico de Es Migjorn y arqueólogo nacido a mediados del siglo XIX, recogió con estas palabras una de las leyendas más bellas del folclore menorquín. Se trata del mito de Parella, ciudad que, como la Atlántida, es depositaria de la incontestable atracción que todos los humanos sienten hacia lo más remoto y desconocido.
Las costas de Menorca concentran tres leyendas distintas sobre ciudades sumergidas. La primera de ellas es la ya mencionada Ciutat de Parella, que curiosamente tiene su correspondencia al otro lado del canal de Menorca: «En Mallorca, desde la costa de Capdepera, también la han visto delante de Cala Agulla o Cala Rajada, y la llaman la Ciutat de Paradella; y los pescadores de Artà, que también la han visto, la llaman la Ciutat de Troia», prosigue Francesc Camps.
¿Qué hay de real en todo ello? El arqueólogo Fernando Contreras interpreta que probablemente la visión de Mallorca, que desde Ciutadella se ve en días claros de manera «espectacular», estimuló la imaginación de los remotos menorquines. Sin embargo, más allá del origen físico o visual, lo cierto es que el mito recoge toda una serie de elementos arquetípicos, es decir comunes a todas las culturas, y que nos hablan de la búsqueda de la pureza y de la eternidad.
Según la leyenda, la ciudad fue encantada y castigada por «la envidia que contra Parella abrasaba a otra ciudad», afirma Camps, tras lo cual se hundió en el mar. «Pero admitiremos la justicia de las centurias: la humilde Parella, perseguida, si bien encantada, conserva su nombre y la virtud de salir alguna vez encima del agua del mar», explica el folclorista, mientras que «a la poderosa rival, la mar de las edades la engulló, con el nombre incluido». Es decir, la ciudad celosa ha sido olvidada, mientras Parella, en el fondo de las aguas, vive eternamente.
Es el mismo mito de la Atlántida, una tradición poderosa y enigmática recogida por Platón en los diálogos de Timeo y Critias. Según el filósofo griego, frente a las columnas de Hércules (es decir, el estrecho de Gibraltar) «había una isla más grande que Libia y el Asia reunidas [el Asia que conocían los antiguos], desde la cual se podía pasar a otras islas». «Sus costas eran acantilados de rocas negras, blancas y rojas» y su capital, rodeada de un triple cinturón de canales, «ostentaba orgullosa bajo el sol de los trópicos sus palacios y templos, llenos de oro, plata y oricalco». Sin embargo, «hubo un terrible terremoto», y «abriéndose la tierra tragó a todos sus guerreros», relata Platón, tras lo cual «la Atlántida desapareció bajo el mar». De nuevo, la ciudad ideal vive eternamente bajo las aguas.
Sin embargo, Menorca posee una segunda ciudad sumergida que se aleja un poco del terreno legendario para entrar de puntillas en el campo de la evidencia científica. Se trata de Ses Vilotes, en el pequeño puerto de Sanitja, en el norte de la isla. De nuevo, Francesc Camps lo relata: «Dicen que en días de bonanza, en el fondo de la mar, dentro del puerto, se ven casas».
Fernando Contreras, arqueólogo que trabajó durante más de dos décadas en Sanitja, abunda en el relato legendario: «Antiguamente, se contaba que en este lugar, en días de buen tiempo, el agua se retiraba del puerto y dejaba ver estructuras de casas y tumbas». Efectivamente, explica Contreras, el agua se retira en determinadas condiciones meteorológicas, un fenómeno que, unido a la presencia de restos arqueológicos en la zona, probablemente dio lugar a la leyenda.
Los restos pertenecen a la población de Sanisera o Janissari, mencionada por el escritor romano Plinio el Viejo y por el navegante medieval Pere Martell, y que también aparece en el Atlas catalán de los Cresques (1375) como «Senija». Los trabajos arqueológicos han demostrado que el lugar estuvo ocupado desde el siglo I a.C hasta la dominación islámica en el siglo XI d.C., y han desenterrado dos basílicas paleocristianas y varios cementerios.
«Es un lugar único en Baleares», explica Contreras, para quien la importancia de Sanitja en la antigüedad tardía supera a la de otros asentamientos contemporáneos de las islas: «Era la época del apogeo del cristianismo en el Mediterráneo, y Sanitja se convierte en un lugar sagrado, tal vez en un monasterio». Desde Inglaterra, Francia y la península ibérica, los peregrinos recalan en el puerto menorquín, en su camino hacia Jerusalén para visitar los escenarios de la vida de Jesucristo, en una especie de prototurismo religioso. Es probable que las basílicas de Sanisera, habitadas por «una comunidad eclesiástica muy compleja», estuvieran dedicadas a algún obispo o santo, lo cual explicaría la importancia del lugar y la abundancia de enterramientos.
Pero, ¿hay efectivamente restos arqueológicos bajo las aguas, tal como indica la leyenda? Esa es una posibilidad aún por descubrir, aunque las dificultades materiales y legales dificultan mucho una exploración. «El puerto tenía más calado, pero el torrente ha ido depositando sedimentos», explica Contreras. Además, la presencia de posidonia oceánica, que está protegida, impide cualquier trabajo de excavación submarina.
¿Y la tercera ciudad sumergida? La leyenda la sitúa en Son Bou, a mitad de la costa sur de Menorca. De nuevo, la visión de Mallorca y la existencia de restos paleocristianos (aquí encontramos una basílica y también enterramientos) podrían haber dado lugar al mito. Son numerosas las referencias que hablan, sin de momento prueba arqueológica alguna, de líneas de construcciones visibles desde el aire, bajo la superficie del agua. «Son solo líneas por una cuestión geológica, allí no hay nada», zanja Contreras. Se trata, a su juicio, de un mito sin pruebas.
La cuestión de fondo, tal vez, sea por qué Menorca es la única de las Baleares que ha dado lugar a este tipo de leyendas. Posiblemente, lo solitario de sus parajes obró un mecanismo psicológico que a las otras islas les fue vedado. El que nos habla de un mundo perdido en las profundidades de nuestro ser lleno de riquezas. ¿Quién será el visionario que logrará encontrarlo?


