¿Para qué sirve leer?
Algunos creen que para nada, tal vez para entender el manual del usuario de la VHF de a bordo y, tal vez, sólo tal vez, para acordarse de Ignacio Aldecoa a las seis de la mañana en un bar de Palamós, desayunando antes de zarpar.
El local y los locales compondrían un cuento pluscuamperfecto del autor de Gran Sol. Un relato que incluiría la chica que no sabes si viene o va pero siempre lleva una cerveza en la mano y que engatusa a un tipo para que se gaste una fortuna en la tragaperras -debe ser un nuevo sistema de cobro- bajo la atenta mirada del camarero al frente de la barra. Para que el señor Aldecoa nos diga algo de los dos señores tan atildados que acaban de entrar, uno todavía con las marcas de las gomas del respirador y el otro con un café tan reventado de brandy que podría arrancar un fueraborda. Y así todo un paisanaje que me maravilla mientras apuro mi café.
Para eso sirve leer, para estar las próximas siete horas de travesía hasta Mallorca dándole vueltas a lo que pensaría don Ignacio de las cerúleas paredes del aseo, las blandas carnes de la señorita o el arrebol rectilíneo en la cara del señor que duerme con respirador.
Sí, para eso sirve, para acompañarte en la próxima guardia y no pasarla solo en el puesto de mando, cruzar el mar junto a navegantes, reales o imaginarios, llegar a islas lejanas, ver monstruos petrificados en la costa de Menorca, navegar por el Indico, descubrir el tesoro de Rackham el Rojo.
¡Qué grande es leer!

