Al sur de nuestro planeta se encuentra el continente más frío de la Tierra, rodeado por el Océano Austral y sin población permanente, salvo personal científico temporal. La temperatura más baja registrada es de −82 ºC (estación de Vostok, año 1983). Es, además, uno de los continentes más secos y ventosos. Los vientos catabáticos, fríos y densos, pueden superar los 300 km/h. El 98% de su superficie está cubierta de hielo y esta varía del invierno al verano debido a la congelación estacional de amplias áreas alrededor de la masa continental. Una estimación de lo que ocurriría si se derritiera el hielo antártico apunta a un aumento del nivel del mar superior a los 50 metros.
En cuanto a la fauna, destacan pingüinos, focas, lobos marinos, ballenas y krill (los osos polares habitan solo en el polo norte). La flora está compuesta por líquenes, musgos y algunas algas. Actualmente existen unas 60 bases científicas de distintos países. Este continente almacena más del 70% del agua dulce del planeta en forma de hielo, con capas que pueden alcanzar los 4,5 kilómetros de espesor, cuyo peso deprime la corteza terrestre.
Durante su historia reciente ha sido escenario de aventuras tan impactantes como la protagonizada por la expedición del explorador angloirlandés Ernest Shackleton, quien en 1914 pretendía cruzar a pie todo el continente, unos 2.900 kilómetros. A bordo de un barco llamado Endurance, 28 hombres, 69 perros de trineo y un gato emprendieron la aventura. Quedaron atrapados en el hielo y, tras 19 meses y superar innumerables dificultades, Shackleton logró regresar con toda la tripulación, sin bajas. Está considerado un ejemplo legendario de liderazgo y resiliencia humana. En YouTube puede encontrarse el documental Atrapados en el hielo, con abundante material fotográfico real, muy recomendable.
Volviendo a la Antártida, hay un aspecto digno de resaltar, con todas sus limitaciones, pero esperanzador. Existen tratados internacionales que regulan este territorio, conocidos en su conjunto como el Sistema del Tratado Antártico (STA), cuyos orígenes se remontan a la década de 1960. Estos acuerdos regulan todas las dimensiones del uso del continente: soberanía, investigación, medio ambiente, fauna y recursos marinos. Su objetivo es que sea un continente dedicado a la paz y a la ciencia. Todos los países han sido capaces de ponerse de acuerdo para preservar este continente.
Ya estaría bien que, a pequeña escala, pudiéramos sentarnos y buscar nuestra propia «Antártida balear». Seguramente todos los partidos políticos comparten, junto a una amplia mayoría social, la necesidad que tiene nuestra comunidad de preservar el entorno en el ámbito de la náutica local y de evitar que el turismo náutico repita los errores del terrestre. En algún momento deberíamos asumir que cuando el teléfono estaba atado a un cable los humanos éramos más libres, o que correr como pollo sin cabeza persiguiendo supuestas gestiones económicas brillantes no es más que un espejismo de bienestar y progreso. Hay cosas que, una vez perdidas, no se recuperan por mucho dinero que tengamos. Shackleton no alcanzó su objetivo, pero logró algo impensable en condiciones extremas. En Baleares lo tenemos todo: herramientas, conocimiento y preparación humana suficientes para intentar no quedar atrapados en el hielo que representa el futuro convencional. Plantearnos ser maduros, valientes y liderar una nueva dimensión de futuro podría ser un buen propósito para 2026.
La Antártida debe transmitir valores: el de la paz, al ser un continente sin conflictos; el de la cooperación, porque solo se sostiene gracias al acuerdo entre naciones; el de la ciencia, como base para comprender y proteger el planeta; y el de la responsabilidad ambiental, al recordarnos que los espacios más frágiles requieren unidad y compromiso. Un recordatorio vivo de lo mejor que puede lograr la humanidad cuando trabaja unida.


