Los navegantes Didac Costa y Guillermo Cañardo sueltan hoy, 29 de diciembre, las amarras de una travesía de apariencia descabellada y, sin duda, inédita: 1.500 millas náuticas con salida en Puerto Montt y llegada en Puerto Williams. Decimos inédita no tanto por el recorrido como por la embarcación elegida: una diminuta nave nacida hace un siglo en las playas de Barcelona que, como es lógico, jamás había tomado contacto con las aguas gélidas de la Patagonia.
El patín a vela (también conocido como patín catalán) es un catamarán de 5,6 metros sin timón ni orza. «Se inventó hace cien años en la costa catalana. Al principio era una barquita con remos que se usaba para alejarse de la costa, porque las aguas estaban contaminadas por los vertidos. A alguien se le ocurrió ponerle un mástil con una vela y así nació el patín», explica Guillermo Cañardo desde Chile. Su evolución lo convirtió en un diseño único, con planos públicos y una comunidad de constructores y navegantes que mantiene viva la tradición: «Hoy existen flotas muy potentes en Cataluña y Andalucía, y también en Bélgica».
Lo habitual es verlo deslizándose por las playas del Mediterráneo, no entre los fiordos de la Patagonia. Sin embargo, el desafío de Costa y Cañardo consiste precisamente eso: en trasladar la esencia del patín a un escenario insólito y extremo.
«Hace unos diez años hice una travesía en patín desde la Costa Brava hasta Italia», recuerda Didac Costa, único español que ha completado dos ediciones de la Vendée Globe, la vuelta al mundo sin escalas y en solitario. «Fue una experiencia distinta, que me dejó un recuerdo muy fuerte. Desde entonces me rondaba la idea de repetir algo parecido en un entorno más salvaje. La Patagonia siempre me había atraído, y pensé que podía ser interesante llevar allí este tipo de navegación».
UN MENSAJE DE WHATSAPP
La idea tomó forma hace un año. Costa se la propuso a Cañardo –regatista, aventurero y compañero suyo en campañas oceánicas– con un mensaje breve. «Me escribió un WhatsApp y me dijo: ‘¿Te vendrías conmigo a la Patagonia en patín a vela?’», cuenta Guillermo. «No me lo pensé ni un minuto. La mezcla de patín, aventura y Patagonia me parece irresistible».
El proyecto es tan simple en concepto como complejo en cuanto a su ejecución. Ambos navegarán sin asistencia, en régimen de autosuficiencia total. «Llevaremos entre 30 y 40 kilos de material por barco, distribuidos en bolsas estancas y atados a las bancadas», señala Cañardo. «Cada uno portará su tienda individual, hornillo, comida liofilizada y equipos de supervivencia. Calculamos unos dos meses de travesía, con una parada intermedia para recoger víveres en un pequeño puerto».
La logística es uno de los aspectos claves de la travesía. «Es un proyecto que combina mucha preparación técnica y física. Hay que conocer el terreno, planificar los pasos más expuestos al océano y estar listos para esperar en tierra si el tiempo empeora. Navegaremos muchas horas al día, pero lo importante será la autonomía: poder estar solos y seguros durante semanas», añade Costa.

Guillermo Cañardo y Didac Costa en una visita de planificación a Puerto Mont hace poco más de un mes.
La elección de la Patagonia no es casual. En palabras de Cañardo: «Buscamos la soledad y la pureza. Si quieres estar en contacto con la naturaleza, no la encuentras en aguas cálidas ni turísticas. Allí, en cambio, puedes estar realmente solo. Es un entorno extremo, pero también el más auténtico».
Ambos conocen bien los límites del cuerpo y la mente en condiciones duras. Cañardo ha doblado el Cabo de Hornos, ha participado en una vuelta al mundo sin GPS y ha llegado hasta el paralelo 82 norte en una expedición científica. Costa, como ya se ha dicho, ha completado dos circunnavegaciones en solitario y sabe lo que significa convivir con la incertidumbre indisociable del océano y el cansancio. Más allá del desafío físico, la travesía tiene un componente interior.
FRÍO Y HAMBRE
«Yo no soy profesional de la vela, soy un aficionado que busca experiencias que le hagan crecer», afirma Cañardo. «A veces, pasar frío o hambre te hace valorar más lo que tienes. Sufrir un poco en el mar te cambia, te hace mejor persona». Costa coincide en esa visión.: «Siempre me ha gustado plantearme cosas nuevas, que me generen dudas sobre si podré lograrlas. Es lo que te impulsa a seguir. Este proyecto une navegación, exploración y reto personal, y eso me llena».
A diferencia de otros deportistas de su nivel, Costa rehúye la notoriedad: «No hago las cosas por fama, sino porque me gustan. Comunicar lo que hacemos me parece interesante, pero no tengo vocación de comunicador. Simplemente cuento lo que vivo».
Cañardo también tiene algo que agregar a este respecto: «Lo que buscamos es compartir lo que sentimos, igual que otros navegantes nos inspiraron a nosotros. Esta es una aventura sencilla, auténtica, sin grandes presupuestos ni tecnología. Solo dos barcos, dos tiendas, un hornillo y ganas de vivir algo real. Creo que eso conecta con la gente».
Entre sus referentes mencionan a figuras como José Luis de Ugarte –el primer español en completar la Vendée Globe–, Joshua Slocum, Ellen MacArthur y Julio Villar. «Ugarte fue quien me hizo soñar con dar la vuelta al mundo», reconoce Costa. «Y libros como los de Slocum o Villar son los que te empujan a lanzarte a cosas así». Para Cañardo, el mensaje es parecido: «Julio Villar (autor de ¡Eh, Petrel!) me marcó mucho por su manera simple y humana de entender la aventura. Al final, lo que buscamos es lo mismo: estar en contacto con la naturaleza, conocer otras culturas y vivir de forma auténtica».
Ambos navegantes sintetizan el sentido del proyecto con una idea común: demostrar que todavía es posible, en pleno siglo XXI, vivir aventuras verdaderas con medios simples y el espíritu de los grandes explorares.


