Mi naturaleza adictiva me ha llevado, en los últimos meses, a vivir en Instagram más tiempo de lo razonable. Lo sé porque mi mente, medio lobotomizada ya, me envía con demasiada frecuencia mensajes del tipo «Todo el mundo lleva una vida excitante menos tú». Mientras yo voy del trabajo a Mercadona y de allí al gimnasio de la esquina, vosotros buceáis entre mantas raya y esquiáis sobre la inmaculada nieve de Aspen.
Una semana de desintoxicación digital o la contemplación sosegada de este cuadro del pintor holandés Hendrick Dubbels (1621-1707) son suficientes para aterrizar de nuevo en la realidad y reencontrase con un axioma que internet pretende que olvidemos: todos (pero todos, todos) hacemos más o menos lo mismo.
Le dedicamos tiempo al trabajo, como los personajes en primer plano que transportan mercancías; practicamos un poco de deporte, como el caballero que, en el centro del lienzo, patina airoso sobre el hielo; nos reunimos con los amigos, como las damas que, bien guardadas por sus perritos, charlan junto a la rampa y criamos a nuestros hijos y los llevamos a que jueguen al aire libre, tal como se hacía en el siglo XVII.
Le debemos al ilustrado Diderot el concepto ‘pintura de género’ para referirse a este tipo de cuadro. Durante siglos, solo se consideró ‘gran arte’ la pintura religiosa, mitológica o histórica. Todo lo demás (retrato, bodegón, paisaje, escenas de la vida cotidiana) se colocaba en una categoría inferior.
Uno de los episodios más curiosos de la historia del arte europeo va de la mano de la reforma protestante, cuando los países que se alinearon con la nueva religión sufrieron un brusco corte con las tradiciones culturales católicas. Adiós a las pinturas religiosas, las escenas del Nuevo Testamento, las vidas de los santos. Desaparecieron de la escena cultural los mecenas más importantes, la monarquía y la iglesia.
Los pintores holandeses, sin embargo, supieron crear un universo pictórico más allá de la religión y fueron lo suficientemente avispados como para configurar un género -la pintura de marinas- que se iba a convertir en uno de los favoritos de la nueva élite: una burguesía adinerada formada por banqueros, comerciantes y armadores, que hizo de esa pequeña nación escindida del Imperio español la primera potencia naval de Europa. Toda una escuela de pintores volvió su mirada al mar, de donde llegaban la riqueza, el poder, el prestigio y el orgullo neerlandeses. Dubbels representa el puerto de Ámsterdam, una de las bases de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, como una ventana abierta al mundo.
El horizonte bajo permite que el cielo ocupe tres cuartas partes del lienzo, pero no se trata de un cielo idealizado, renacentista, sino atmosférico, un cielo que habla de libertad y de rutas que se abren. Abajo, en horizontal, transcurre la vida, regular, sosegada, un poco rutinaria. Y en vertical, cortando el plano de lo cotidiano, se alzan los mástiles que nos hablan de lo extraordinario, de las hazañas infrecuentes, de las aventuras de ultramar. Un símbolo del poder, como lo son las lanzas en el cuadro de Velázquez.
Es verdad que, a veces, los astros iluminan nuestras pequeñas existencias y ocurre la magia. Acontece, por ejemplo, que atardece en la costa de Amalfi, que a lo lejos doblan las campanas de una basílica y que alguien muy querido te toma de la mano. Pero ese instante expandido no es más que el mástil de la vida. La nave propiamente dicha, con sus andanas, su timón, su quilla y su mascarón de proa, está hecha de esos pequeños gestos cotidianos que no tienen cabida en Instagram.

