La historia del puerto de Palma tiene pocos lugares capaces de condensar tanta memoria colectiva como el paseo de La Riba. La inclusión de su recuperación en el Plan Marco del Puerto de Palma (el documento que fija las premisas del futuro desarrollo arquitectónico y urbanístico de la instalación) no es un asunto menor, sino un gesto cargado de significado hacia uno de los paisajes más recordados del patrimonio marítimo mallorquín del siglo XX.
El plan contempla, entre otros aspectos, el traslado del faro de La Riba a su emplazamiento original. Para hacerlo será necesario desmontarlo de nuevo «piedra a piedra», como ya ocurrió cuando se salvó de la demolición en los años sesenta, según ha explicado el director de la Autoridad Portuaria de Baleares, Antoni Ginard.
La Riba no era un muelle cualquiera. Fue, durante decenios, el paseo de los mallorquines frente al mar. Su desaparición, iniciada en 1965 y culminada en 1969, supuso una ruptura tan profunda con la ciudad que, salvando las distancias, podría compararse con lo que hoy sería «cargarse» el Born, afirma el historiador y periodista Francesc M. Rotger en un artículo publicado en el diario Ara Balears.
Construida en el último tercio del siglo XIX, en plena etapa de ampliaciones constantes del puerto -que en apenas siglo y medio multiplicó por cinco su superficie-, La Riba tenía una singularidad que la hacía única: permitía caminar con el mar a ambos lados. Dividida en Riba baja y Riba alta por un espigón, el paseo se prolongaba hasta el faro que le daba nombre, convertido en hito visual y simbólico del final del trayecto.
Durante generaciones, ir «hasta el farol» fue una pequeña hazaña. De ahí nació la expresión «ir a ganar la peseta»: llegar al final del paseo equivalía, metafóricamente, a haberse ganado una recompensa. La Riba, rememora Rotger, era el lugar para estirar las piernas, sentarse en los bancos, charlar, pescar, aprender a nadar o simplemente mirar cómo entraban y salían los barcos, una de las grandes distracciones de los palmesanos de la primera mitad del siglo pasado.
La Riba fue, además, escenario literario. Santiago Rusiñol le dedicó un capítulo entero en La isla de la calma, donde la describió como un lugar «bellísimo». De día, relativamente despoblado; al atardecer, lleno de gente que iba, no a tomar el sol, sino la luna. La calma era absoluta. El chapoteo del mar, las luces verdes del puerto, la aparición del satélite y el silencio colectivo componían un ritual cotidiano.
El quiosco y merendero Miramar fue otro de los símbolos del lugar. Bar, estanco y punto de encuentro, ofrecía vistas privilegiadas de la Seu y del puerto.
Con el paso del tiempo, La Riba se convirtió en detonante de la memoria para quienes la conocieron de niños. Escritores mallorquines contemporáneos la han evocado como un espacio iniciático: José Carlos Llop la definió como una «magdalena proustiana»; Valentí Puig situó en su pretil discusiones filosóficas y juegos de miradas; Miquel Rayó la describió como uno de los límites físicos y mentales de Palma, allí donde el faro marcaba el inicio del mundo exterior.
El derribo de La Riba se inscribe en el contexto del desarrollismo. Aquel mismo 1969 se inauguró la autopista al aeropuerto, separando por primera vez la Seu del mar.
La mención a la Riba en el Plan Marco del Puerto de Palma tiene algo de reparación simbólica. No se trata de reconstruir un pasado idealizado ni de devolver a la ciudad un paseo idéntico al de hace un siglo, pues la configuración actual del puerto no lo permite. Se trata de reconocer que aquel espacio formó parte esencial de la relación entre Palma y su puerto, y que elementos como el faro son algo más que piezas funcionales o patrimoniales: son portadores de memoria.


