Cuando vieron el acantilado ya era demasiado tarde. Eran las cinco de la mañana. La oscuridad, absoluta. Se habían desviado hacia el canal de Menorca para evitar el temporal. Pero se acercaron demasiado a la costa. Los bajíos arrancaron la hélice y el buque perdió el control. Fue en ese momento cuando Marcel Bodez subió a cubierta.
Las Baleares son lugares fecundos en naufragios. Los hay de múltiples épocas y características. Pero hay uno que ha quedado grabado a fuego en la memoria colectiva: el del Général Chanzy. Un transatlántico de 109 metros de eslora que viajaba regularmente entre Marsella y Argel, con mercancías y pasajeros. El 10 de febrero de 1910 fue sorprendido por un fuerte temporal de tramontana. Murieron 157 personas. Y solo se salvó una.
«Me desperté sobresaltado. Para decir la verdad ni oí nada ni lo sentí; pero un terrible presentimiento me advirtió. Estamos en peligro, yo pensé. ¿Por qué? Lo ignoro». Marcel Bodez tenía 23 años y acababa de conseguir una plaza de agente de aduanas en las colonias francesas del norte de África. Se embarcó en el vapor Général Chanzy, de la Compagnie Générale Transatlantique, a la una del mediodía del 9 de febrero. A medida que avanzaba la tarde, el tiempo empeoraba más y más. De madrugada, cuando la mayoría de pasajeros y de la tripulación probablemente dormían, decidió subir a cubierta. Entonces vio como las olas arrancaban la barandilla y se llevaban a quienes se agarraban a ella.
Fue en aquel momento cuando tomó una determinación: «Tuve la presencia de espíritu suficiente para procurarme un chaleco salvavidas y arrojarme decididamente al mar», declaró a la prensa. Aquello le salvó la vida. En el relato posterior de los hechos, aseguró que «a causa del violento golpe, consecuencia del choque del barco con la costa, había volado el puente, así como todas las personas que en él se hallaban», según recoge Deseado Mercadal en el libro Naufragios y accidentes marítimos ocurridos en las costas de Menorca.
El Général Chanzy llevaba 83 pasajeros y una tripulación de 75 personas. «Es muy curioso porque estaban representados todos los estamentos y todos los oficios a una escala reducida, es como un Titanic en pequeño, un retrato de la sociedad de aquella época», afirma el historiador Antoni Camps Extremera, autor del libro El naufragio del Général Chanzy. Memoria de las víctimas, una minuciosa investigación publicada en 2022, que identifica a aquellos que sucumbieron al naufragio.
En el vapor viajaban un militar con su familia y la criada; un sacerdote; un aristócrata de París emparentado políticamente con Charles de Gaulle; un notario que iba a hacer una transacción; bretones que se dirigían a trabajar en fábricas conserveras de sardinas; chicos llamados al servicio militar; e incluso un colectivo de artistas de vodevil que iban a actuar a un teatro de las colonias, algunos bastante famosos en aquel momento.

«Había una cantante, un contorsionista, equilibristas, un cantante que si no hubiera muerto sería conocido hoy, que era Francis Dufor, un señor que hacía música cómica, un forzudo, una pareja de malabaristas americanos…”, explica Camps Extremera. La lista es larga y altamente sorprendente. Todos perecieron en el choque del buque contra las rocas y los acantilados. El vapor se troceó y se hundió muy cerca de la costa, en la ensenada conocida como Es Codolar de Sa Torre Nova (próxima a Punta Nati), a solo veinte metros de profundidad, dejando una estela de maderos, cuerpos y objetos en el agua.
Marcel Bodez, que a juzgar por las fotos era un joven fuerte y en buena forma física, alcanzó como pudo las rocas y se refugió en una cueva. Allí esperó a que amainara la tormenta. Luego, trepó por el acantilado, de unos 50 metros, y tras una caminata llegó al lloc de Son Escudero, donde le atendió la familia del aparcero, José Coll Marqués.
«Hallábase extenuado y presentaba heridas y rasgaduras en manos, pies y cabeza tras haber pasado alrededor de treinta horas en una grieta de la costa, consiguiendo escalar el escarpado después de muchas penalidades», relata Deseado Mercadal. Y añade: «Dada la dificultad que significaba el no poder expresarse en nuestro idioma, trazó en la pared la silueta de un buque con la inscripción ‘100 morts’».
Aquello sacudió fuertemente a la pequeña sociedad de Ciutadella. «Todo el mundo hablaba de ello, el impacto fue muy grande en una isla donde no pasaba nada relevante. A medida que iban recuperando los cadáveres, estos atravesaban el pueblo en dirección al cementerio. Durante unos días fue una actividad frenética que desbordó a toda la administración», relata Camps. Fue tanto el eco, que el suceso ha quedado en la memoria colectiva como un naufragio legendario.
Solo se consiguieron identificar 11 cadáveres. En este punto, el relato se vuelve muy escabroso. Los cuerpos no pudieron rescatarse enseguida a causa del temporal, y fueron removidos y golpeados durante muchas horas por las olas y las rocas. Una vez fuera, se buscaron elementos distintivos, como bordados en la ropa o anillos. El fotógrafo de Ciutadella retrató los cuerpos, y vía telegrama se contactó con las familias, para poner en marcha la repatriación. Los que no se identificaron reposan en el cementerio de la ciudad, bajo el monumento de un ángel con un ancla.
La Compagnie Générale Transatlantique mandó recuperar de las aguas todo aquello que tenía un valor. Después de varios intentos fallidos de subasta, «los restos del buque fueron adjudicados a los señores Arguimbau y Alzina de Ciutadella por la cantidad de 24.500 pesetas», relata Deseado Mercadal. Se hallaron la campana, piezas de imprenta, vajillas metálicas y, lo más sorprendente, el piano del salón, que hoy se halla en el Seminario de Ciutadella. Muchos de estos objetos han ido pasando de padres a hijos y aún se conservan.. Cuatro años después, se inauguró el faro de Punta Nati. Por su parte, Marcel Bodez se convirtió en una celebridad efímera. Tiempo después, volvió a reclamar su plaza en Argelia, que ocupó durante décadas. Se jubiló joven y regresó a Francia. Murió en los años 70 del siglo XX.


