El papel de la mujer en el mundo de la vela de competición dio un bordo definitivo en 1990, cuando la tripulación del Maiden, liderada por la navegante británica Tracy Edwards, completó la Whitbread Arround The World Race, la circunnavegación del globo que posteriormente se convertiría en la Volvo Ocean Race.
El Maiden Factor, el barco a bordo del cual se realizó aquella legendaria travesía que cambiaría el curso de la historia de la vela, se encuentra amarrado en el Real Club Náutico de Palma desde el pasado 25 de febrero, tras la primera etapa de una gran gira cuyo objetivo es concienciar al mundo contra el maltrato infantil, en particular de las niñas.
Tracy Edwards es la impulsora de esta iniciativa benéfica que, como no podía ser de otro modo, está protagonizada por un grupo mujeres que forman la tripulación del Maiden Factor y el equipo encargado de la difusión del mensaje de la campaña.
La primera etapa de la vuelta al mundo zarpó de Dubai el pasado 15 de febrero y ha hecho su primera escala en Palma tras recorrer el Mar Rojo, cruzar el Canal de Suez y navegar por todo el Mediterráneo. La vuelta al mundo se reanudará a mediados de marzo.
La historia del Maiden en la Whitbread tuvo una gran notoriedad en hace 32 años, pues dejó en evidencia a quienes pensaban que una tripulación femenina no podría soportar la dureza de la vuelta al mundo. Tracy Edwars y su tripulación tuvieron que soportar el desprecio de algunos de sus rivales y de parte de los medios de comunicación de la época, pero no sólo lograron estar en la línea de salida (gracias, entre otros, al curioso apoyo del rey Hussein de Jordania), sino que concluyeron la circunnavegación y se adjudicaron la victoria en dos de las etapas. Una de ellas fue la que transcurría por entonces entre Uruguay y Fremantle a través de las aguas del Océano Antártico.
La historia del Maiden cayó con el tiempo en el olvido, una vez se hubo normalizado relativamente la participación de la mujer en las grandes regatas internacionales, incluidas la Vendée Globe o el récord de la Jules Verne. Hasta que en 2018 el documental The Maiden, dirigido por el cineasta Alex Holmes, recuperó la epopeya comandada por Tracy Edwards para las nuevas generaciones de aficionados a la vela de altura. El film tuvo un gran éxito de crítica y de público. Los que habían vivido el acontecimiento tuvieron ocasión de rememorarlo; los que nunca habían oído hablar de ello descubrieron una historia maravillosa y el papel esencial que Edwars, con su personalidad arrolladora, jugó en el reconocimiento del deporte femenino, no sólo de la vela.
Cuatro años antes del estreno, en 2014, la patrona del Maiden había abierto por casualidad un correo electrónico en el que un desconocido le informaba de la situación de abandono de la embarcación en Mahé, una de las islas Seychelles. Hacía mucho que Edwards le había perdido la pista al velero (lo vendió en 1990, nada más concluir la Whitbread), pero la posibilidad real de que pudiera desaparecer para siempre la llevó a rearmarlo. No fue fácil. Su último propietario había dejado de pagar a la marina y el Maiden se había ido deteriorando hasta el punto de valer menos que la deuda que se había generado con el gestor del puerto.
Con todo, Edwards y otras mujeres que habían formado parte del equipo de la Whitbread decidieron repetir la experiencia de 1989, cuando ya hubo que (literalmente) reconstruir la nave, y ofrecerle al Maiden Factor una nueva oportunidad de seguir surcando los océanos, en esta ocasión como embajador de la defensa de la infancia.
Hoy, aquel barco de aluminio diseñado por Bruce Farr, que hizo historia en un tiempo en que la vuelta al mundo se suponía exclusiva para hombres curtidos, luce orgulloso sus 18 metros de eslora en el puerto de Palma, como si acabara de salir del astillero y le quedara toda una vida de aventuras por la proa.


