Ningún barco, por lujoso y sofisticado que sea, está libre de perecer pasto de las llamas. El caso más famoso de los últimos años es, sin duda, el del Aria S.F., un gran yate de 45 metros de eslora que el 11 de agosto de 2022 se transformó en una gigantesca pira y apenas cuatro días después terminó hundido frente al Cap Martinet (Ibiza) mientras era remolcado por una embarcación de Salvamento Marítimo. Hacía apenas unos meses que el Aria, propiedad del magnate Paolo Scudieri, había tocado el agua y se calcula que su valor era de nada menos que 25 millones de euros. Sus restos fueron recuperados por el armador y desguazados en Castellón cuatro meses después.
Desde entonces –en poco más de un año– se han sumado a la lista de pecios modernos otras tres embarcaciones de gran porte en Baleares: el Tais (24 metros), hundido el 19 de agosto de 2022; el Irmao (27 metros), que pereció el pasado 12 de agosto, y el Tilakkhana (24 metros), que se fue a pique el 3 de septiembre. Los dos primeros eran yates de motor y en ambos casos, como ya ocurriera con el Aria, el suceso ocurrió cuando se hallaban en aguas de Formentera. El Tilakkhana es un velero de la clase Wally cuyos despojos se hallan en el fondo de la Bahía de Palma.
En tres de los cuatro casos los naufragios se produjeron como consecuencia de un incendio. Cuando la resina de las fibras empieza a arder, es muy difícil sofocar el fuego. La combustión se mantiene latente incluso cuando el siniestro parece extinguido.
Un buen ejemplo de lo anterior es el caso del Tilakkhana. El fuego se declaró cuando la nave se encontraba navegando en la costa de Andratx. En un principio se dio por apagado, pero las llamas se reavivaron durante la operación de remolque a cargo de la Salvamar Libertas, una de las lanchas del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo con base en Palma.
El operativo de rescate, ante la imposibilidad de contener el incendio, optó por arrastrar los restos de la nave fuera de la zona de servicio del puerto de Palma –hacia donde se dirigía–, en una posición donde su inevitable hundimiento no supusiera un problema para la navegación. Momentos antes de zozobrar, el lujoso velero del astillero fundado por Luca Bassani, construido íntegramente con fibra de carbono, vio cómo su gigantesco mástil se desarbolaba. El pecio se encuentra a 45 metros de profundidad en el centro de la Bahía. La APB ha comunicado su posición al Instituto Hidrográfico de la Marina para que quede reflejada en las cartas.
Es difícil calcular lo que estos cuatro naufragios ocurridos en apenas un año suponen en pérdidas económicas. En el caso del Aria, al tratarse de un barco recién construido y de cuya botadura se habían hecho eco numerosas publicaciones dedicadas al sector de la náutica de lujo, se estableció un coste de 25 millones. El Tais fue construido en 1989 y su precio en el mercado no alcanzaba, en el momento de su pérdida, el millón de euros. Del Irmao, un Astondoa de 1996 reformado en 2020, se sabe que se alquilaba a 53.000 euros por semana, mientras que los veleros Wally similares al Tilakkhana se venden a 1,4 millones. Las diferencias entre unos y otros son evidentes, pero no cabe duda de que con cada incendio acaba sepultada bajo las aguas una enorme cantidad de dinero. Por fortuna, en ninguno de los sucesos relatados hubo que lamentar daños personales.
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