Entre 5 y 15 minutos. Es el tiempo que, según las primeras investigaciones, tardó en irse a pique el supervelero Bayesian –56 metros de eslora, 75 metros de palo con seis crucetas e interiores equivalentes a una mansión de lujo– tras ser barrido por una manga marina mientras se encontraba fondeado en Porticello, cerca del puerto de Palermo, en la madrugada del 19 de agosto. El suceso se saldó con la muerte de seis personas y una desaparecida. Se trata de la peor tragedia protagonizada por una embarcación de recreo en décadas.
La gran pregunta que se hacen los aficionados a la náutica de todo el mundo es cómo un artefacto dotado de los mejores materiales y la tecnología más moderna pudo zozobrar en tan poco tiempo, imposibilitando el rescate de un tercio de sus pasajeros. Las respuestas se reparten entres quienes sostienen que no hay obra humana capaz de resistir los peores embates de la naturaleza, quienes exigen saber qué fallo de material, construcción o mantenimiento pudo desencadenar el naufragio y quienes consideran que el factor determinante tuvo que ser necesariamente un error humano. Rafael Velasco, decano de los ingenieros navales de Baleares, contesta a todas estas cuestiones con la prudencia propia de un técnico: «Ningún accidente se produce por una sola causa; aún es pronto».
La historia del Bayesian ha alcanzado una dimensión global no sólo por la enormidad del barco naufragado, sino por la identidad de las víctimas. Murieron en el accidente el armador de la nave, el potentado británico de la tecnología Mike Lynch; el presidente del banco Morgan Stanley International, Jonathan Bloomer; el abogado Chris Morvillo y las esposas de los dos últimos, además del cocinero, Ricardo Thomas, cuyo cadáver fue rescatado en los momentos posteriores al hundimiento junto a otras 15 personas entre las que se encontraban el resto de la tripulación, un bebé y la mujer de Lynch, cuya hija Hanna, de 18 años, permanece desaparecida en el momento de escribir estas líneas.
El magnate de la informática celebraba con este crucero por aguas italianas su reciente absolución en un procedimiento judicial por fraude que le perseguía a ráiz de la venta, en 2011, de la empresa Autonomy a la multinacional Hewlett-Packard (HP) por más de 11.000 millones de dólares.

Momento en que la manga marina alcanza al Bayesian, fondeado frente al muelle de Porticello.
El salvamento corrió a cargo de una goleta holandesa que se encontraba fondeada a muy poca distancia del Bayesian. Su capitán, Karst Börner, decidió largar el ancla y poner proa al mal tiempo para capearlo. Según ha contado, el Bayesian desapareció sin más. Lo siguiente que vio fue la balsa salvavidas con los supervivientes.
CONEXIÓN MALLORQUINA
El Bayesian, construido en 2008 por Perini Navi, el astillero italiano del que han salido otros buques de vela tan singulares como el Maltese Falcon o el Seahawk, guardaba una estrecha relación con Mallorca. Es casi imposible que un megayate con base en el Mediterráneo no haya amarrado alguna vez en el puerto de Palma.
Sin embargo, la vinculación del Bayesian va mucho más allá de una simple recalada. Su mástil de 75 metros, el más grande del mundo construido en aluminio, fue desarbolado y vuelto a montar bajo la supervisión de Astilleros de Mallorca en 2016. Antes de esto, el yate había sido sometido a trabajos de reparación en el puerto de la capital balear en al menos tres ocasiones. Un mes antes de la tragedia había hecho escala en Palma de camino a su destino trágico en Sicilia. Parte de su tripulación (incluido su capitán, el neozelandés James Catfield, empadronado en el municipio de Calvia) tiene su base residencial en Mallorca.

Una cámara grabó a las 4:06 de la madrugada cómo el viento arrastraba mesas, sillas y maceteros en el puerto.
La situación de Catfield es especialmente delicada. La Fiscalía Italiana, que ha abierto diligencias penales por homicidio múltiple, le interrogó varias veces en las horas al suceso. El capitán sostiene que el tornado fue de una violencia inusitada y que no lo vio venir. El CEO Perini Navi ha respondido, en unas declaraciones donde no se puede obviar la defensa de sus propios intereses, que los partes meteorológicos eran diáfanos y que el Bayesián se expuso innecesariamente a la furia del viento. Diversas grabaciones hechas por cámaras de seguridad confirman que, en efecto, entre las 4:04 y las 4:06 de la madrugada del 19 de agosto, se desató una tormenta durísima.
A partir de ahí, todo lo que se sabe es que un enorme barco de lujo, calificado de «insumergible» por los ingenieros que lo diseñaron, se fue a pique, confirmando una vez más que una cosa es la teoría y otra la realidad que imponen determinadas circunstancias. El sector de los superyates se mantiene en vilo a la espera de que la investigación, en la que trabajan expertos italianos y británicos, dirima que concatenación de causas provocó la tragedia. Tardará en saberse, pero los informes de accidentes marítimos, sobre todo cuando hay tanto en juego, terminan por revelar la verdad. Para cuando esto ocurra, se habrá desvanecido gran parte del interés mediático.


