El pasado 17 de diciembre se celebró en Ibiza la Asamblea Ordinaria del Club Náutico de Ibiza, correspondiente al año 2024, un año especialmente triste para nuestra entidad. No solo la Junta Directiva tuvo que rendir cuentas sobre la situación, sino que los asistentes se enfrentaron a la cruda realidad de una de las resoluciones más injustas que la Autoridad Portuaria de Baleares (APB) pudo haber tomado: la prórroga otorgada a un gestor sin arraigo social ni experiencia deportiva.
Es evidente que la resolución pudo ser legal, no pongo en duda esa cuestión. Sin embargo, las bases del concurso, que también estoy seguro se ajustaron a la legalidad de los concursos públicos, resultaron incoherentes. Nos encontramos en una situación en la que una entidad sin ánimo de lucro compite en libre concurrencia contra sociedades mercantiles cuyo único mérito es la cantidad de dinero que aportan a las arcas públicas mediante tasas, mientras su plan deportivo no es más que una copia del calendario de la Federación Balear de Vela.
Falta de cantera, de arraigo, de material, de formación para los técnicos… En resumen, todo lo que debería caracterizar a una entidad deportiva está ausente. Solo hay intereses mercantiles y un bonito entorno que los adorna.
Es increíble que, después de años de concesiones a los clubs —de hasta 75, 50 o 35 años— ni los políticos ni los funcionarios técnicos encargados de redactar y valorar estos concursos hayan sido capaces de distinguir entre una marina (un simple garaje de barcos) y un club náutico (una asociación deportiva).
Ahora, los que hemos crecido en el club solo podemos asistir, como si de una película se tratara, a la agonía de una sociedad que ha perdido gran parte de sus ingresos por concepto de amarres y, con menos recursos, debe luchar nuevamente por recuperar lo que nunca debió perder. Es una agonía fuera del agua: sin amarres, sin local social, con una flota de vela ligera viviendo de prestado, tanto en tierra como en el mar, luchando por seguir adelante y mantener el aire necesario para que los regatistas continúen navegando y compitiendo. A pesar de todo, seguimos con la osadía de organizar regatas de alto nivel, algunas de ellas referencia a nivel nacional e internacional.
Me quedo sin palabras, más allá de exclamar: “Vergonya, cavallers, vergonya”. Sería bueno que algunos vieran cómo uno de los pilares de la sociedad ibicenca ha llegado a estos extremos.
Pero ya basta. Sé que lamentarse no resuelve nada. Si quienes han llevado al club a esta situación llegan a leer estas líneas, probablemente solo se reirán. Es hora de ponernos a trabajar, con esfuerzo y determinación, para recuperar lo que es nuestro. Porque, a pesar de lo que digan algunos sobre las concesiones temporales, el Club Náutico de Ibiza es nuestro, y aunque no dude del proceso, el concurso y la forma en que nos han despojado de lo que es nuestro, debemos regresar a casa. El Club es nuestra casa desde hace 100 años.


