La última guardia nocturna llega siempre demasiado pronto, en ese momento en que la cucheta se ha amoldado al cuerpo y uno está profundamente dormido, calentito y con ganas de seguir así unas cuantas horas. Pero es salir a la bañera, acomodándose a la escora, y entrar en el privado mundo de los sentidos del navegante: el gualdrapeo de una baluma, la ola en la roda y la amura, el ocasional pantocazo, alguna driza o amante de percusión algo irritante.
La guardia saliente nos informa de los cambios de viento y mar, el rumbo y la distancia al próximo waypoint, todo exhibido en la pantalla del plotter, que, por más que tenga la luminosidad reducida, nos produce el efecto de un reflector en una mesa de interrogatorio. Allí es cuando uno se da cuenta de que los diseñadores de instrumentos náuticos son brillantes en el uso y adaptación de la tecnología, pero no han hecho jamás una navegación nocturna. Es entonces cuando el timonel comienza a buscar toallitas o trapos de cocina para ocultar las odiosas (y encandilantes) lucecitas indicadoras de escalas, funciones y alimentación eléctrica, mientras, durante un día soleado, el reflejo de las pantallas confunde la visión del mensaje digital esperado.
Allí, al timón, en esa última guardia, nos resignamos a ese placer de pocos: chaqueta cerrada al cuello y, a veces, gorro de lana calado hasta las orejas. Pasamos a formar parte integral del barco que llevamos, del universo que termina a proa, a popa y donde esté el horizonte. Y, al mismo tiempo, la mente navega a través de otros universos que forman parte de nuestra vida en tierra: familia, afectos, trabajo.
Pasa el tiempo y va llegando el relente, ese efecto natural del amanecer que todo lo moja, ese que hace que no nos movamos de nuestra posición al timón, so pena de empaparnos el culo al menor descuido, y sabiendo que no hay cosa peor que el culo mojado en una guardia. De repente, el mar se interrumpe gracias a la tenue línea del horizonte, indicando que está a punto de iniciarse el crepúsculo, ese corto período de tiempo tan importante para los navegantes, cuando pueden verse al mismo tiempo el horizonte y las estrellas, condición necesaria para poder utilizar el sextante. Navegué muchas millas antes de que existieran el SatNav y el GPS, incluyendo cruces del Atlántico, y los crepúsculos matutino y vespertino fueron, junto con la meridiana, los grandes momentos náuticos del día. Con la recta vespertina, la meridiana y la matutina trasladada, se tenía la certeza de la posición propia.
No había margen de error en el proceso: el precio era seguir navegando por estima durante las próximas 24 horas, o más, si se nublaba. Navegar era calcular y tener buen pulso con el sextante, saber tomar la hora, pero también, con la estima, se aplicaba el sexto sentido. El abatimiento y la deriva no se pueden medir, solo calcular una vez que se tiene el punto astronómico (la posición). A veces, después de dos o tres días nublados durante una travesía larga y mar adentro, se llevaba uno una sorpresa por haber hecho singladuras más largas o más cortas de lo estimado.
Vuelta al timonel, ya a media luz, viéndose bien definidos cubierta, jarcia y velamen, el olfato le da una hostia sensorial única: por el tambucho se huele el primer café de la mañana, el del timonel. Mucho más que un olor: una señal del fin de la guardia, el calor que, por la boca, invade el resto del cuerpo y hace de esa guardia una experiencia única, humana, que vale la pena repetir.

