Por Sabina Pons
Este es un cuadro olvidado, de esos a los que nadie hace ni caso. Además, es tan grande, ocupa tanto sitio que es incómodo. Aunque sé que el Museo del Prado lo cedió en depósito al Ayuntamiento de Cádiz, mi búsqueda en internet ha sido infructuosa: no consigo averiguar su ubicación exacta. El nombre del autor, Justo Ruiz Luna, no os dirá nada; a mí tampoco, si hay que ser honesta. Pero hay algo en esta gigantesca panorámica de siete metros de longitud que me conmueve.
«Ay, la conmueve…», pensará el lector y pondrá los ojos en blanco. Sí, pertenezco a ese grupo de seres que llora quedamente en los cines, que no puede visitar una perrera, que abandona las fiestas demasiado pronto. Antes se nos calificaba de «sentidos» («Es que la niña es muy sentida»), luego pasamos a ser «intensitos» y ahora somos «PAS», personas altamente sensibles.
Quizás por ello, me resulta tan fácil hacerme mío este cuadro. Cuando lo contemplo en la magnífica web del Museo del Prado este barco es mi barco, los cuerpos que aparecen en cubierta son los de mis compañeros y la durísima derrota en Trafalgar es mi derrota. Estoy a estribor, en inestable equilibrio, quizás a punto de caer por la borda. Las velas están hechas jirones, los mástiles se abaten sobre cubierta como árboles talados y ya no queda nadie vivo a bordo. Sin embargo, como en un navío fantasma, el cañón sigue disparando. Aunque algunos marineros han huido en un bote de remos, no hay horizonte al que dirigirse, solo pueden adentrarse en un infierno de humo y ruido.
Los cuadros de batallas navales no están entre mis favoritos: o bien tienden a una descripción minuciosa de los navíos o bien glorifican las figuras de los héroes militares, con Nelson a la cabeza. Pero este de Justo Ruiz Luna es otra cosa. A mediados del siglo XIX, la batalla de Trafalgar (1805) aún estaba vigente, todavía formaba parte del imaginario colectivo de los españoles. La derrota de la armada combinada francoespañola, según la historiografía, fue completa, aunque en la actualidad algunos autores la ponen en duda; sabido es que los ingleses tienen una pasmosa facilidad para glorificar todo lo que tocan. Lo que parece cierto es que los barcos españoles se encontraban en un estado lamentable y que hubo que recurrir a una leva apresurada para completar las tripulaciones, que se nutrieron de mendigos, campesinos e incluso ancianos. Los altos mandos eran pesimistas, aventuraban que las posibilidades de victoria ante la armada británica eran casi nulas.
Y ahí es donde Justo Ruiz Luna le da la vuelta a la historia y, en vez de pintar una rendición humillante, plasma esa complacencia tan española en la entrega hasta la muerte, aunque las condiciones sean feroces. Recuerdo que en un libro de texto de mi infancia se narraba el asedio de Numancia y yo volvía una y otra vez a ese texto con el absurdo masoquismo de los PAS. «Numancia no se rinde», gritaba un miliciano antes de sumarse al suicidio colectivo de los habitantes de la ciudad celtíbera. Me estremecía de terror. Por no hablar de los ocho meses de cerco que sufrieron los irreductibles saguntinos frente a las tropas de Aníbal, me encantaba ese relato.
Ahora que todo el mundo parece empeñado en empujarnos fuera de nuestra zona de confort —un lugar al que he ansiado llegar desde que tengo conciencia— me parapeto tras el arte, la literatura y el cine para justificar mi inmovilismo. Ya no me apetecen los retos, no añoro la adrenalina, a otro perro con el hueso de la aventura: quiero estar tranquila y hacer mías las vidas que otros pintaron o escribieron. Mi psique agradece las emociones vicarias. Gracias, señor Ruiz Luna.


