Imagina por un momento que penetras en el famoso túnel oscuro, ese en el que una luz inefable brilla al fondo, ese tan frecuentado por aquellos que refieren una experiencia cercana a la muerte. Imagina que notas un cambio de frecuencia, que el aire se afina y que todo parece más nítido; no sabes muy bien qué ocurre, pero es agradable. Sientes una súbita ascensión y, solo un instante después, una caída. Planeas levemente, con la ligereza de un vilano, hasta que tus pies se posan en un prado. Algo flamea a tu espalda: son tus alas, esponjosas, blancas y enormes.
Caminas descalzo y, a tu paso, brotan mariposas y libélulas y se abren las corolas. La hierba bulle de vida. A pocos metros, una playa dorada y luego el mar. Ah, el paraíso era esto: una vega de amapolas y camomilas, unas gradas semicirculares de acústica perfecta y una eternidad por delante para sentarte a tus anchas y contemplar el mar. O así lo imaginó el pintor lituano M. K. Ciurlionis a principio del siglo XX, en una prolífica trayectoria en la que visitó a menudo los no lugares, entornos extraños, inquietantes a veces, pero en los que domina el color y la luz parece augurar finales esperanzadores.
Nadie se aburre en los cuadros de Ciurlionis, ni los retratados, ni el espectador ni mucho menos el autor, que a lo largo de su corta vida no hizo otra cosa que crear, crear febrilmente. Compuso 250 obras musicales, pintó 300 cuadros, experimentó con la fotografía, escribió poemas y diarios y murió a los 36 años en un sanatorio aquejado de lo que entonces llamaban «agotamiento mental».
El Paraíso del pintor lituano tiene unos colores extraños, un tanto apagados, sin transparencias ni veladuras. La realidad es que Ciurlonis vivió en la precariedad toda su vida, tanto que apenas le alcanzaba para comprar materiales y muchas veces, como en esta ocasión, tuvo que tirar de cartulina y témperas para plasmar sus ideas siempre en expansión.
Aun así, el cielo es vibrante, con nubes esquemáticas que se reflejan en el agua y el verde intenso del prado parece atraer a los ángeles, que deambulan por él en calma. No se relacionan, pero adivinamos una especie de intimidad entre ellos, de amistad telepática que no precisa de aspavientos.
Toda la producción de Ciurlonis es de alto contenido poético. Apenas le interesa la pintura realista, el plein air o el pragmatismo de la sociedad industrial. Está cansado de lo que existe. No hay nada ahí fuera que le atraiga más que aquello que surge de su cerebro: castillos encaramados en montañas lejanas, ángeles solitarios, nubes atadas a la tierra como globos. El mundo es un misterio sin descifrar, repleto de correspondencias ocultas y códigos arcanos que, algún día, comprenderemos. Las imágenes brotan sin control y se mezclan con la música en un arte nuevo. Ciurlonis era sinestésico, su percepción exaltada oía notas con la vista y veía colores al escuchar música y casi, casi, nos contagia esa sensorialidad cruzada con sus cuadros.


