La celebración del Salón Náutico Internacional de Palma es siempre una buena ocasión para detenerse a reflexionar sobre el futuro inmediato de la náutica de recreo, que en Baleares vive posiblemente el momento más álgido desde que empezó su expansión a principios de los años 80. Fue entonces cuando el recién constituido primer gobierno regional, de la mano de los directores generales de Industria y Comercio, Pedro Amorós y Francisco Truyols, puso en marcha la primera Feria Flotante de Baleares en el puerto de Alcúdia, germen no solo de la impresionante muestra actual, sino también del verdadero desarrollo del sector náutico en las Islas.
Hoy ya nadie pone en duda que la náutica es una industria importante para Baleares. La mejor prueba de ello es que aquellas dos antiguas direcciones generales que la gestionaban tangencialmente hace cuarenta años se han transformado esta legislatura en toda una Conselleria de la Mar, de la que depende Ports de les Illes Balears, una de las empresas públicas autonómicas más rentables. Tanto es así que ha llegado a pagar la deuda de los servicios ferroviarios y a sufragar gastos e inversiones en materia de vivienda.
Una rápida mirada retrospectiva, sumada a la panorámica que ofrece el Salón de Palma, permite llegar a una conclusión clara: la náutica de recreo va viento en popa y es necesario apostar decididamente por ella. Ha demostrado ser una fuente de riqueza y empleo de calidad, sostenida por un tejido empresarial ejemplar que ha conseguido hacerse fuerte a pesar de algunos problemas endémicos como la falta de amarres.Sin embargo, no se puede ignorar que el crecimiento más o menos ordenado que ha experimentado desde la feria de Alcúdia hasta nuestros días corre el riesgo de desmadrarse si no se define con claridad el modelo que se quiere. La gran cuestión está sobre la mesa: ¿apostamos por una náutica de lujo, inalcanzable para las clases medias, o por una náutica inclusiva en la que haya espacio para todos? Esta decisión debe tomarse ya, sin más demora, antes de que desaparezcan los últimos espacios de acceso social al mar y solo quede tiempo para lamentaciones.
Seré muy clara: una náutica que excluya a los ciudadanos residentes y que pase por encima de la tradición marítima local es muy difícil de defender. No es aceptable tener montado un gran tinglado industrial —sin duda necesario y relevante— al mismo tiempo que se cercena el acceso al mar de los baleares. La responsabilidad de evitarlo es estrictamente política: el Govern balear, con competencias absolutas en los puertos autonómicos y en la regulación de las actividades náuticas en las aguas interiores, además de una presencia destacada en la Autoridad Portuaria estatal, no solo ha de enunciar sus buenas intenciones en defensa de la náutica social: también debe establecer los mecanismos necesarios para que estas se cumplan. En las leyes autonómicas que son de su negociado y en cualquier ámbito donde tenga capacidad de influencia.
Disfrutemos de todo cuanto nos ofrece el Salón Náutico Internacional de Palma, pero no perdamos de vista que todo lo que ha costado tanto construir no tendrá sentido si en un futuro inmediato no somos capaces de conservar nuestra identidad marítima y mantener abierta la puerta de acceso al mar como un espacio de libertad.


