¿Y si exigimos un número mínimo de salidas para conservar el amarre?
Aunque sigo sin tener una definición clara de lo que es “náutica social”, confío en que no se pierda el placer de salir a navegar para las generaciones venideras

Aunque sigo sin tener una definición clara de lo que es “náutica social”, confío en que no se pierda el placer de salir a navegar para las generaciones venideras

Después de haber asistido al II Foro de Gaceta Náutica, en el que se abordó el tema de la náutica social –un asunto, por cierto, bastante delicado en estos tiempos de sobrepoblación y masificación en Baleares–, pienso que no se alcanzó una definición clara y concisa de lo que podría entenderse por “náutica social”. Todos los representantes que intervinieron desde los distintos colectivos invitados al foro –administraciones, empresas y asociaciones– intentaron conducir el debate hacia una interpretación alineada con sus propios intereses.

No cabe duda de que, viviendo en unas islas, el territorio es limitado, y la falta de amarres es una realidad. Por un lado, debido al crecimiento poblacional; por otro, a la popularización de la náutica deportiva y de recreo. Por ello, conseguir un ansiado punto de atraque en un puerto público de gestión directa convierte la lista de espera en algo casi eterno, a no ser que optemos –si nuestra economía nos lo permite– por hacer uso de una marina privada.

Esto me llevó a pensar, extrapolando un poco el asunto, que del mismo modo que existen centros educativos públicos y privados, también existen marinas y amarres de uso público, donde la elección depende de la capacidad económica de cada usuario. Y entonces, ¿dónde encajamos a los clubes náuticos?

No hay que olvidar que los clubes náuticos comenzaron a fundarse a finales del siglo XIX como instituciones elitistas, reservadas a las clases acomodadas, y concebidas como puntos de encuentro de distinción “social”, con el deporte de la vela como telón de fondo. Todo ello en una época en la que aún se miraba al mar con cierto recelo, pues era un medio hostil en el que muchas familias costeras se ganaban el sustento dedicándose a la pesca o al tráfico de mercancías. Gracias a estas entidades, y llegando a nuestros días, su labor ha contribuido de forma decisiva a la popularización de la náutica deportiva y de recreo.

La diferencia entre marinas y clubes náuticos está muy clara: unas son sociedades mercantiles con ánimo de lucro; las otras, asociaciones deportivas sin esa finalidad, en las que todos los beneficios, por ley, deben reinvertirse en la propia asociación.

Me parece bien que las marinas organicen actividades en beneficio de la sociedad –regatas y conciertos benéficos, cesión de espacios para la formación náutica, programas de limpieza y conservación del entorno marino…–, aunque parezca que esa labor sea propia de los clubes náuticos. A mí, personalmente, eso no me parece “náutica social”. Esa labor también la desarrollan otras sociedades mercantiles que generan grandes fortunas de forma totalmente lícita, y que, de manera altruista, devuelven a la sociedad parte de los beneficios obtenidos gracias al esfuerzo de ésta.

Durante el foro se expresaron muchas opiniones, pero se ofrecieron pocas soluciones. Está claro que tanto los amarristas públicos como los clubes náuticos y las marinas se necesitan mutuamente, y que, en un momento dado, pueden generar sinergias útiles para la organización conjunta de actividades.

Tal vez, si desde la administración se ofreciera seguridad jurídica en la concesión de los espacios portuarios; si se dejara de ver los amarres de puertos públicos y clubes náuticos como simples aparcamientos de barcos –tal vez controlando un número mínimo de salidas al mes, penalizando con la pérdida del derecho de uso en caso contrario–; si se fomentaran las marinas secas, las rampas públicas, o se facilitara el acceso al chárter y a los clubes de navegación, podrían encontrarse soluciones que permitieran a más gente disfrutar del mar con mayor facilidad.

Aunque sigo sin tener una definición clara de lo que es “náutica social”, confío en que no se pierda el placer de salir a navegar para las generaciones venideras, ya sea como armadores o como invitados, por nuestras maravillosas islas. Y que este privilegio no acabe siendo exclusivo de unos pocos.

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