No se puede hacer una cosa y su contraria
Fomentamos la náutica porque «los baleares viven de espaldas al mar» y a la vez hablamos de limitar la náutica. No lo entiendo.

Fomentamos la náutica porque «los baleares viven de espaldas al mar» y a la vez hablamos de limitar la náutica. No lo entiendo.

Una de las frases más recurrentes que he escuchado en los últimos 20 años es que los baleares vivimos de espaldas al mar. No hay congreso, foro, conversación de cantina o declaración política en la que, con más o menos fundamento, alguien no haga, con aire solemne, este pronunciamiento. Yo estoy dispuesta a secundarlo, pero sólo en parte, y voy a intentar explicar mis razones. Digamos, de entrada, que se trata de una verdad a medias, de una declaración que se contradice en muchos casos con la realidad, y que mi propia percepción ha ido cambiando con el tiempo.

Estoy de acuerdo en que existen carencias serias, incluso en círculos intelectuales, respecto a lo que podríamos llamar, de forma genérica, «cultura marítima», pero me temo que no es eso exactamente a lo que nos referimos cuando hablamos de darle la espalda al mar, sino más bien a una falta generalizada de conocimientos náuticos. Llegados a este punto, es cuando, para refrendar nuestra idea, solemos compararnos con países como Francia, donde la navegación de recreo forma parte de la cultura popular, pero decidimos ignorar la tradición propia, de la que dan testimonio las numerosas entidades históricas que han facilitado el acceso al mar de miles de ciudadanos de nuestras islas a lo largo del último siglo en ciudades, pueblos y barriadas costeras.

La náutica de recreo balear tiene más de 130 años –si nos atenemos a la constitución de los estatutos del primer club náutico– y, desde entonces, no ha dejado de crecer y popularizarse. Por tanto, no es del todo cierto que los baleares vivan de espaldas al mar. Sería muy injusto asumir en su totalidad esta declaración, soslayando una tradición náutica que no sólo se ha mantenido inmutable hasta nuestros días, sino que seguramente vive su mejor momento: nunca antes tantos jóvenes habían practicado deportes de agua, y jamás los federados de estas disciplinas habían obtenido tantos éxitos internacionales como ahora. Esto no sería posible en el contexto que nos sugiere la famosa frase.

En cualquier caso, lo que me interesa de la cuestión no es que haya argumentos sólidos para poner en duda un determinado dogma; más bien creo pertinente constatar la contradicción en la que se incurre al mantenerse en esa idea –a los mallorquines no les atrae el mar, y por eso le dan la espalda– y, al mismo tiempo, denunciar la saturación de barcos de recreo. ¿En qué quedamos? ¿Acaso no llevamos años promoviendo las actividades náuticas y queriendo acercar a la gente a ese inmenso espacio de libertad que es el mar? ¿Qué sentido tiene fomentar la náutica en los colegios y, al mismo tiempo, hablar de limitaciones a las embarcaciones comerciales, que son las que facilitan el acceso a quienes no pueden disponer de un barco propio, no digamos ya de un amarre?

Obviamente, este es un debate que no se resuelve en el espacio de esta carta, pero si una cosa nos han enseñado las dos últimas décadas de demonización del sector náutico, es que la asunción de ciertas frases hechas, los dogmas y los señalamientos –ayer eran todos los navegantes, todos ellos; hoy son las empresas de chárter y las golondrinas las que están en el punto de mira– pueden tener fatales consecuencias en forma de barreras a la actividad náutica de recreo. Decidamos lo que decidamos, procuremos al menos ser consecuentes. No es de recibo sostener una cosa y su contraria.

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