En el tema turístico la situación nos ha sobrepasado, y no es que sea difícil cambiar de rumbo, lo complicado ya es simplemente detenernos y no seguir por la dirección errónea. Una actividad económica de la que vive el 90 % de los baleares nos ha superado; el bolsillo ha eclipsado a la inteligencia y a la moderación a la hora de gestionarla. Y, estimados lectores náuticos, no creo que sea muy difícil intuir que el turismo náutico lleva el mismo camino.
Está claro que la libre competencia es un principio fundamental, pero no absoluto. Hay aspectos como la salud, la seguridad o el medio ambiente que la pueden acotar, y sin duda algunos temas de seguridad, y sobre todo ambientales, son herramientas que la administración puede utilizar para limitar ciertas actividades.
Por lo tanto, tal vez sería más inteligente no seguir en la espiral de crecimiento actual, en la que tomamos decisiones por criterios económicos, eso sí, maquillándolos con ciertos requisitos ambientales para tranquilizar conciencias y salvar la imagen.
Todos perdemos: los ciudadanos, el entorno y las empresas. Llevar a los turistas a un sitio con aguas cristalinas pero rodeados de varias embarcaciones con cientos de turistas a bordo es apostar por un turismo de cantidad, no de calidad, y empresarialmente se está condenado a trabajar cada vez más, con menos beneficio. Repetimos los mismos pasos que con la oferta turística en tierra, y basta ver lo que cuesta pretender posicionarnos como un destino diferente al que somos conocidos.
Govern, empresas y residentes hemos de intentar aprender de los errores y que en la mar se imponga una gestión nueva y con futuro. Utilizar la inteligencia en la gestión y no dejarnos cegar por concesionar metros de litoral simplemente al mejor postor o rentabilizar servicios simplemente por su olor a mar, por ejemplo.
Anteponemos la gestión económica, sin tener en cuenta los aspectos que realmente tienen valor en una sociedad. El turismo de calidad valora más los destinos que han sabido conservar sus valores que los saturados, por mucha fachada lujosa que puedan aparentar, y para los que vivimos aquí, sin lugar a duda, es mejor ser los moradores de una sencilla casa que los sirvientes del mejor palacio.
Como referente náutico en el Mediterráneo, las Baleares deben marcar un nuevo rumbo y avanzar transformando un modelo de gestión “gentrificante” y sin futuro por otro donde su supervivencia no esté marcada por la cantidad. El futuro nos debe abrazar, no desplazar. Redefinir la política náutica es básico para que las Islas Baleares sigan siendo pioneras, pero a la vez habitables para sus ciudadanos y ofrezcan una experiencia de primera clase a los que nos visitan.
No hay duda de que debemos un respeto al turismo, nuestra principal industria, pero no podemos seguir por la senda que nos está conduciendo a la sumisión y a su posterior rechazo. Intentemos aprovechar que el destino nos ha regalado una naturaleza excepcional y evitemos que nuestra ambición desmedida destruya lo que nos hace únicos y nos alimenta.
Seamos valientes entonces, y definamos un plan para reconducir el turismo náutico. Todos saldremos ganando. Si no sabemos cuidar nuestros pies, no vamos a llegar muy lejos por comprarnos los mejores zapatos.


