María Amor Cortina Montes (Puebla, 1954) se licenció en Medicina y Cirugía en la Universidad Complutense de Madrid y ejerció como médico en la Seguridad Social durante seis años hasta que decidió ser marinera. En Google, los primeros resultados de la palabra «marinera» arrojan descripciones de una blusa, un baile popular de Chile, Ecuador y Perú y una gran variedad de tapas y platos de cocina, pero Cortina Montes quería ser marinera en el mar y hoy es la propietaria, directora y jefa de estudios de uno de los centros de enseñanza náutica de referencia en Mallorca, la Escuela del Mar.
Cursó los estudios de Patrón de Cabotaje en Alicante, de Patrón Mayor de Cabotaje en Palma y, por último, obtuvo la diplomatura de la Marina Civil en la Escuela Superior de la Marina Civil de Gijón, en Asturias. En 1990 se trasladó a Mallorca para vivir su sueño: ser marinera.
La incorporación de las mujeres a la marinería representa un fenómeno de dimensión menor, aunque en alza, según reconoce la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Un estudio de referencia de este organismo internacional desvela que las marineras afrontan como escollos relevantes la discriminación, el acoso sexual y un arraigado escepticismo a sus virtudes y capacidades. Según el mismo informe, solamente el 1 o 2% de los 1,25 millones de marineros activos en el mundo son mujeres. Dicen quienes lo saben que se trata de un sector «muy machista, muchísimo». Lo contaba Manuela Tubía, patrona gallega, y lo publicaba el periódico El País el domingo, 8 de febrero de 2009.
María Amor Cortina Montes recibe a Gaceta Náutica en la Escuela del Mar, ubicada en el paseo Marítimo de Palma. Desde la ventana del despacho, la vista se extiende hasta la Catedral a través de los mástiles de los veleros amarrados enfrente.
Pregunta.– ¿Cómo termina una doctora de marinera?
.s1Respuesta.– (Se ríe y ya no deja de sonreír). Todo empezó con una neumática y un motor de 25 CV. Vivíamos en Madrid y la única afición que compartíamos mi marido y yo era el agua. Matriculamos la neumática en Gijón cuando todavía no era obligatorio. Nuestro mar era el Tajo y nuestro amarre, el trastero. Con ese motor teníamos que disponer de titulación, así que me matriculé en una academia de Madrid para obtener el título de patrón de yate. Fue mi marido el que me animó a practicar y ambos tuvimos claro que tenía que ser en Mallorca. Con 30 años ingresé en la residencia de la Escuela de Vela de Palma, en régimen de internado, con chavales de 10, 12 y 16 años que creían que yo iba a ser su profesora. Me inscribí en cursos de vela ligera y crucero, y mi marido y yo tuvimos claro que queríamos vivir en un barco y, evidentemente, no podíamos vivir en un barco en Madrid. Cuando colgamos el cartel de «Se vende» en nuestro piso madrileño, se abrió el mundo ante nosotros.
Trabajé como marinera en Cruceros Kontiki y luego decidimos comprarnos nuestro primer barco, un Oceanis 350. Lo trajimos de Barcelona. Lo alquilábamos y vivíamos en él con todo nuestro equipaje, lo poco que teníamos. Nuestros padres no lo entendían pero acabaron aceptándolo.
P.– ¿Qué soñaba entonces?
R.– Nuestro proyecto era dar la vuelta al mundo navegando pero no teníamos el barco apropiado. Navegábamos con amistades en barcos de más eslora y, en medio del temporal, no tienen comparación un barco grande o uno pequeño. Todavía tenemos ese sueño. Es nuestro sueño pendiente.
P.– ¿Cuál ha sido la travesía de su vida?
R.– De Canarias a Martinica a vela en veinte días a bordo de un Jeanneau Sun Odyssey 45. No me hubiera importado que fueran cuarenta. Celebramos el fin del año 2000 en medio del Atlántico. Recuerdo que cenamos lentejas en alta mar (me echo a reír yo). Navegamos desde Palma hasta Gibraltar, La Palma y Hierro hasta arribar a La Martinica. Estuvimos un mes por el mar Caribe.
.s2P.– ¿Cómo abordaron la creación de su propia escuela?
R.– Empezamos a impartir clases y expedir titulaciones de recreo. Fui la primera mujer en Palma que impartió enseñanzas náuticas y, al principio, fue espantoso. Los alumnos preguntaban que qué hacía una mujer allí. Poco a poco la presencia de las mujeres en la náutica de recreo fue aumentando y, con los años, mi trayectoria profesional acabó venciendo cualquier recelo. Ahora empezamos a dejar espacio a la gente joven e intentamos delegar sin soltar amarras.
P.– ¿Ha echado alguna vez de menos el ejercicio de la Medicina?
R.– No. Nunca. Disfruto de la enseñanza y de la navegación. Mi familia no lo entendía, pero tuve un profesor en Alicante, cuando empecé la Formación Profesional de Patrón de Cabotaje, que me animó mucho a seguir mi sueño. Además, mi marido empezó a acompañarme en los estudios y en el interés, pero la decisión y el impulso fueron netamente míos. La jefa de mi marido auguró que no íbamos a durar ni un año y aquí estamos, veintisiete años después. Fue la mejor decisión de nuestra vida.


