Esta semana, el conseller del Mar del Govern de les Illes Balears ha solicitado al Gobierno central una equiparación fiscal con países vecinos como Francia, Italia y Malta, en lo que respecta al régimen de importación temporal de grandes yates. Se trata de una medida demandada por el sector, que nos permitiría simplemente jugar en igualdad de condiciones con nuestros vecinos. Al fin y al cabo, todos compartimos el mismo Código Aduanero, y únicamente se trataría de un cambio en la interpretación por parte de la administración competente.
No han tardado en aparecer las primeras críticas, alegando una supuesta incoherencia entre la afirmación del Govern de que el alquiler de barcos privados pone en riesgo la capacidad de carga de nuestro litoral, y su apoyo a la iniciativa de fomentar el chá rter de barcos de gran eslora.
El asunto de la capacidad de carga del litoral de las Islas Baleares es una cuestión de calado. Pero me refiero al calado que aparece en los libros del PER (Patrón de Embarcaciones de Recreo), título náutico básico que cualquier persona que se aventure a navegar debería tener si queremos garantizar una cierta seguridad y buena praxis en el mar.
El calado de una embarcación, que es la distancia entre la línea de flotación y el punto más bajo de la embarcación, marca a todo navegante la zona por la que puede navegar y, en el asunto de hoy, fondear. En caso de que el calado del barco sea superior a la profundidad de la zona por donde se navega, el barco tocará fondo y varará, poniendo en peligro la integridad de la embarcación y de su tripulación.
Cuanto mayor es el barco, mayor es su calado y, por ende, más lejos de la costa va a tener que fondear para garantizar su seguridad. Por este motivo, además de por las magníficas vistas de la catedral de Palma y su proximidad a la ciudad, vemos cada verano barcos fondeados en medio de la bahía de Palma, aparentemente sin ningún atractivo, bañísticamente hablando.
Otros eligen una costa algo más atractiva, como es la ensenada de Portals o la costa entre Peguera y Sant Elm. Todos ellos están fondeados en zonas con profundidades de más de veinticinco metros. Esa agua oscura, en la que muchas veces no vemos el fondo y donde a los más aprensivos no nos hace mucha gracia nadar.
A todos aquellos que afirman que un yate de 60 metros de eslora saturará nuestras calas, simplemente les invito a contar cuántos barcos de estas características ven fondeados dentro de las calas o próximos a la costa, junto a los bañistas.
Lo que los bañistas ven en las calas son barcos de menos de quince metros de eslora, ya que, a partir de esa eslora, los barcos empiezan a fondear más alejados. Mientras fondeen en arena, respeten la velocidad, el ruido y la distancia a la costa, son personas disfrutando de sus derechos, igual que lo hacen los bañistas. Criminalizarlos sería igual que criminalizar a una persona por ir a pasear por la montaña, hacer bicicleta por la Serra de Tramuntana o nadar en las piscinas del IME. Todas ellas están hasta la bandera en según qué ocasiones del año, y no por ello se demoniza a sus usuarios.
No cabe ninguna duda de que, en los meses de verano, las calas están llenas de barcos, bañistas, coches, motos, decibelios, tortillas de patata y gazpacho. Somos una isla paradisíaca que se ha vendido como destino desde hace más de cuarenta años. Estamos en julio y agosto, y tampoco hace falta dramatizar mucho más. Del mismo modo que no se dramatiza el domingo al mediodía en el restaurante Es Cruce, ni en el mercado de Santa María a la hora del vermut, ni en Porto Pi un sábado de lluvia.
El desconocimiento en materia de navegación en nuestro archipiélago sigue siendo muy elevado. Es imprescindible informar al ciudadano con rigor y evitar caer en afirmaciones simplistas, persiguiendo un rédito político.
El sector náutico de grandes esloras representa una oportunidad estratégica para la diversificación económica de las Islas Baleares, más allá del modelo turístico tradicional. Se trata de una industria consolidada, altamente profesionalizada y de gran valor añadido, que aglutina más de 900 empresas y genera empleo directo para más de 5.000 familias, a través de puestos cualificados y bien remunerados, con salarios que superan en un 25 % la media del sector turístico.
Nos encontramos ante un sector en plena expansión internacional, con una demanda creciente de mano de obra especializada y una capacidad excepcional para posicionar a Baleares como un referente global en la industria náutica, generando oportunidades reales para la ciudadanía.
Por todo ello, nuestros representantes públicos, independientemente de su color político, deberían remar a favor de esta industria puntera, en lugar de ir en su contra.
Hablamos de un sector admirado y envidiado por nuestros vecinos, tanto a nivel nacional como internacional, que merece ser apoyado como motor de futuro para nuestra economía.


