La factura de una obra sin ambición
El Paseo Marítimo de Palma pagado por los usuarios de la náutica provoca más problemas de los que resuelve

El Paseo Marítimo de Palma pagado por los usuarios de la náutica provoca más problemas de los que resuelve

He esperado a que la obra estuviera prácticamente finalizada para opinar con el fundamento de los hechos, no de las suposiciones, sobre la reforma del Paseo Marítimo. Y, aun así, visto el resultado, me resulta imposible sustraerme en este análisis a las motivaciones políticas y personales que sirvieron de base a esta inversión pública, presupuestada inicialmente en 20 millones de euros en 2018, elevada a 32 en el momento de la firma del convenio entre la Autoridad Portuaria y el Ayuntamiento en 2020, y finalmente licitada por 43. A día de hoy, aún es pronto para saber cuál ha sido el coste real, si es que algún día llegamos a saberlo.

La primera impresión es la de un atasco monumental. Era previsible tras la eliminación de un carril por sentido. Resulta llamativo que, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, cuando Palma apenas tenía tráfico, el ingeniero Gabriel Roca proyectara tres carriles por sentido, y que 75 años después, con el parque automovilístico actual, se haya decidido que dos carriles son suficientes. ¿El resultado? Trece minutos para recorrer en coche la distancia entre la Avenida Argentina y el acceso provisional al Club de Mar. ¿La causa? Parece que nadie previó que las paradas de autobuses y autocares turísticos detendrían por completo la circulación en dirección poniente. A cambio tenemos un carril bici más ancho y algunas jardineras y parterres centrales que requerirán un mantenimiento constante para evitar que las malas hierbas los colonicen.

El resultado estético es, siendo generosa, discreto. Al contemplarlo, una tiene la sensación de que ha faltado ambición y de que se trata, en esencia, de una reforma cosmética. Si de verdad se pretendía ganar el Paseo Marítimo para la ciudad —no solo en apariencia, o a medias—, lo lógico habría sido soterrar el tráfico y liberar por completo la superficie para peatones y ciclistas. Pero una obra de esa envergadura, además de técnicamente compleja por la cercanía del mar, habría exigido una valentía política que, claramente, no tuvieron los ideólogos de esta reforma: el expresidente de la Autoridad Portuaria de Baleares, Joan Gual –convencido de que pasaría a la historia de la ciudad con este plan– y el exalcalde soberanista Antoni Noguera, a quien hay que reconocer la astucia de endosarle el coste de la obra al Puerto (es decir, a los usuarios del sector náutico y marítimo) a cambio de nada. O, más bien, a cambio de blanquear a Gual ante sus bases y las huestes podemitas, que no dudaron en tacharlo de «casta oligárquica» el mismo día que Armengol le entregó las llaves de la empresa pública más rentable de Baleares. La política está llena de estos cambalaches de consecuencias imprevisibles.

Ni Gual ni Noguera estarán en la inauguración del nuevo Paseo Marítimo de Palma, aunque la maquinaria que pusieron en marcha hace ocho años ha seguido rodando pendiente abajo y sin freno, ajena a sus trayectorias políticas y personales. Su legado perdurará durante décadas, y será el tiempo quien determine si nos encontramos ante un fiasco monumental –como parece desde la perspectiva de un automovilista– o ante una reforma sin mayor trascendencia. Porque, más allá de la opinión que tenga cada uno, si algo ha quedado meridianamente claro con este proyecto es que para este viaje no hacían falta alforjas.

Noticias relacionadas