Un nuevo rumbo para las fiestas en cubierta
‘Barca Samba’ reivindica un modelo de party boat compatible con el descanso de los vecinos y alejado de los excesos

‘Barca Samba’ reivindica un modelo de party boat compatible con el descanso de los vecinos y alejado de los excesos

El término party boat arrastra una carga de profundidad. A veces con razón, otras con prejuicio, pero siempre con ruido. Sin embargo, hay quienes creen que se puede navegar en otra dirección: ofrecer diversión sin descontrol, música sin estridencias y copas sin barra libre. Es la nueva apuesta de los responsables de la Barca Samba, una golondrina que lleva tres décadas operando en la Bahía de Palma y que hoy se reivindica como ejemplo de fiesta responsable sobre el mar.

«La idea de barco de fiesta ha cambiado mucho desde que empezamos en 1994», asegura Ignacio Bestard, socio de la empresa y primer capitán de la Barca Samba. Lo dice con la perspectiva de quien ha visto evolucionar tanto el perfil del cliente como la normativa, y especialmente con la conciencia de que la pandemia marcó un antes y un después. «Todo cambió tras el COVID. Dejamos de vender tickets con barra libre y pasamos a cobrar por bebida. Eso nos permitió atraer a otro tipo de público y, además, multiplicar los ingresos. Fue un cambio natural y beneficioso para todos».

El debate sobre los party boats ha cobrado fuerza en los últimos años, sobre todo en zonas donde coinciden espacios de ocio con áreas residenciales. En Palma, los vecinos del Paseo Marítimo han expresado su malestar en diversas ocasiones por el ambiente que se genera en el Muelle de las Golondrinas, desde donde opera la Barca Samba. Pero, según sus responsables, no todo lo que allí ocurre está relacionado con ellos. «Se culpa a las golondrinas de situaciones con las que no tienen nada que ver», explica Pep Colom, patrón actual de la Barca Samba. Por ejemplo, un vídeo que circuló por redes sociales denunciaba un vertido que en realidad era sedimento removido por un catamarán. O el caso de un grupo con tambores que montó jaleo en el muelle y que ni siquiera subió a bordo de ninguna embarcación. 

Consciente del entorno urbano en el que desarrolla su actividad, el equipo de la Barca Samba ha buscado el diálogo como herramienta para rebajar tensiones. «Hemos hablado con los vecinos para llegar a acuerdos que minimicen las molestias. Y lo cierto es que, con buena voluntad por ambas partes, se pueden evitar conflictos. Al final, el muelle de las golondrinas es un área de servicio del puerto y nuestra actividad está integrada en el paisaje del Paseo Marítimo», señala Colom.

Música a bordo de la Barca Samba en una excursión diurna.

Las salidas –habitualmente cuatro al día– se organizan en función de la meteorología, con Cala Vella como destino habitual por ser una zona que permite fondear sin molestias ni interferencias. A bordo, la atmósfera está cuidada al detalle. «Sí, el Samba es un barco de cachondeo en el sentido de que la gente se lo pasa bien –admite Colom–, pero no es un cachondeo de barco. Cumplimos todas las normas de seguridad, tenemos inspecciones periódicas y nos preocupamos por no molestar ni al entorno ni a otros usuarios del mar. Cuando navegamos por áreas naturales, la música se detiene. En el resto del recorrido, mantenemos un volumen ambiental, como en un beach club».

Bestard defiende que el término party boat no debería estar demonizado por sí mismo. «Es lo que hacemos y es legal. Utilizamos esta denominación para dirigimos  al cliente extranjero, puesto que es la que describe la experiencia de una fiesta en el mar. Pero eso no significa que estemos promoviendo excesos. Al contrario, hoy nuestro producto es más equilibrado que nunca». 

Barca Samba genera 20 empleos directos y mantiene una línea de responsabilidad social que incluye salidas gratuitas para entidades de personas con discapacidad al final de cada temporada. 

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