El mes pasado se celebró en el Port Center de la Autoridad Portuaria una jornada sobre Entidades estratégicas para la náutica balear, con protagonismo de la Asociación de Empresas Náuticas de Baleares (AENIB) y del Balearic Marine Cluster (BMC). El contenido fue interesante y, al presentar el DAFO, me llamaron la atención dos aspectos: en debilidades, «percepción y conocimiento mejorable del sector por parte de la sociedad balear», y en amenazas, «descenso del interés por la navegación en nuevas generaciones, con el coste como factor decisivo».
La experiencia demuestra que los cambios solo son sostenibles cuando cuentan con legitimidad social. Todos sabemos que la sostenibilidad tiene tres dimensiones: económica, ambiental y social. En lo económico, las empresas baleares son punteras y están preparadas; en lo ambiental, la inversión se concibe no como un gasto, sino como una forma de avanzar en un futuro con menor impacto. Pero en lo social, el sector reconoce una carencia importante.
Hace ya nueve años publiqué en este mismo medio un artículo titulado ¿Para quién trabajamos? La reflexión sigue vigente: llevamos demasiado tiempo sin valorar el componente social de la sostenibilidad y estamos convirtiendo el mar en un lujo. En lugar de reforzar su papel como elemento de unión, corremos el riesgo de que sea un factor de separación.
Es necesario avanzar en lo económico y ambiental, pero también en lo social. Si los baleares perciben la náutica como inaccesible, cara y ajena, tarde o temprano surgirá un rechazo social que puede comprometer el futuro del sector. No se trata de renunciar al mar como recurso económico o turístico, sino de abrirlo también como espacio de ocio, deporte y tradición. No olvidemos que muchas de nuestras costumbres y fiestas populares tienen su origen en la relación con el mar, y sería un error permitir que esa conexión se debilitara.
Hoy, para un joven balear, conseguir un amarre es tan difícil como encontrar una vivienda asequible. Aquí el Govern tiene margen de acción. Una de las medidas más urgentes sería adaptar los cánones a las esloras, y no las esloras a los cánones. La presión actual ha obligado a muchas instalaciones a reconvertir sus amarres hacia barcos más grandes, desplazando así a la náutica más cercana al ciudadano.
Permítanme un símil: una familia puede esforzarse en dar a sus hijos la mejor casa, los mejores colegios y recursos, pero si no hay tiempo para compartir y comunicarse, la esencia familiar se pierde. Del mismo modo, Baleares recauda mucho en el ámbito náutico, pero olvida su esencia como comunidad costera: que el mar sea un espacio de encuentro no solo para quienes tienen más recursos, sino también para quienes vivimos aquí. Por eso sería deseable que la gestión portuaria y administrativa incorporara otra pregunta junto a los balances económicos: ¿qué hemos hecho para acercar la náutica a la ciudadanía?
Este planteamiento no solo sería justo, sino también inteligente: cuanto más implicados estén los residentes, más apoyo social tendrá el sector en sus desafíos de futuro, desde la transición energética hasta la defensa de los espacios portuarios. Entiendo que los gestores actuales tiendan a medir su labor en cifras económicas. Pero el cambio de valores debe venir desde arriba: asumir que el mar no puede quedar restringido a una élite, sino que debe formar parte de la vida cotidiana de quienes habitan estas islas. De lo contrario, estaremos construyendo una náutica próspera en lo económico, pero deficitaria en lo social.
Vivimos en un paraíso azul que el mundo admira y disfruta, pero ese reconocimiento exterior no debería estar reñido con algo tan simple y esencial como que los propios baleares podamos también sumergirnos en él.


