Ayer fue un día complicado. Teníamos que trasladar una lancha desde el Cannes Yacht Festival hasta una convención de noséqué en Mallorca. Hubo retraso dentro del avión, una hora y media de transfer hasta el puerto, revisión de la embarcación y una corta navegación hacia Hyeres, el puerto más cercano a Palamós.
Al salir de la bahía de Saint Tropez, nos recibió un maretón la mar de simpático, con vientos de 25 a 30 nudos, y acabamos navegando a seis nudos de velocidad con los limpiaparabrisas trabajando sin parar y tan mojados que dejé de secar las gafas de sol. Al llegar al puerto de destino, que ni si quiera fue Hyeres, nos tocó pelearnos con el pago automático de la gasolinera, para luego ir a un amarre justito que nos obligó a recoger la línea hasta la cadena, pasar un cabo por un eslabón y así varias veces hasta que quedamos satisfechos.
Entonces, mirando hacia popa para ver las amarras, me pregunté por qué navego. La isla de Porquerolles y el resto del archipiélago tenían una luz especial, el sol se ponía y la costa, el mar y las islas que cierran la bahía adoptaron la apariencia de un animal vivo; ya no eran objetos geográficos quietos e inanimados como los habíamos estado viendo en el plotter toda la tarde. Recordé -¡ostras!- cuando era monitor de vela y acababa tarde después de recoger las balizas y cerrar el campo de regatas o de llevar todas las neumáticas a su amarre. Era la misma luz que lo bañaba todo al final del día y convertía la bahía en un lugar especial. Te parabas en la bocana del puerto, a bordo de una Duarry 570, hecho polvo, y pensabas que qué sensación.
Posiblemente lo mismo sentía de niño a bordo del Arlanda II al caer el día en cualquier cala de Menorca o en Formentor, con las últimas luces, viendo como mi abuelo preparaba la cena. Era una nave espacial, algo completamente separado del lado terráqueo, era como ver un punto azul pálido desde el espacio.
Toda esta chapa es lo que ayer pasó por mi cabeza al girarme para comprobar las amarras de popa porque navegar no es sólo ir por el agua del punto A al punto B, es viajar en el tiempo y en las sensaciones que ya hemos tenido, recordar singladuras anteriores. Lo dijo Plutarco y Antonio Deudero nos lo recuerda, aquí en GN, en sus columnas: Navigare necesse est…


