Elogio de nuestra tradición marinera y de la las cosas bien hechas

Elogio de nuestra tradición marinera y de la las cosas bien hechas

Estaría bien que entre todos intentáramos que la náutica balear no dejara de ser cultura popular para convertirse en un escaparate de lujo. En los clubes donde dormían los llaüts, cada vez brillan más los yates, y con ello se desvanece una forma de entender la mar como parte del alma isleña.

Dormían los llaüts: modestos, robustos y con alma. No tenían bluetooth ni aire acondicionado, pero llevaban en su esencia la sabiduría del mestre d’aixa, ese artesano que entendía el viento y la mar sin necesidad de ordenadores ni programas de diseño.

Quisiera rendir desde estas líneas un reconocimiento a esa figura tan singular. Tuve la suerte de asistir durante dos años como alumno a la escola de mestres d’aixa que el Consell Insular de Mallorca tenía en Son Bonet, y de aprender del mestre Jaume Cifre. Admirable cómo, con un simple lápiz y poco más, era capaz de construir una embarcación equilibrada y marinera. Con una simple mirada, el mestre sabía dónde hacía falta trabajar la madera, esa que luego se desmontaba para pasarla a escala real y dar forma a las costillas y al casco. Era un proceso lento, de manos firmes y mirada sabia, donde cada decisión se tomaba escuchando a la propia madera.

Este tipo de embarcación enseña respeto, paciencia y mesura, virtudes que escasean en temporada alta. Hoy navegar consiste muchas veces en reservar un amarre, encender el motor, salir, dar gas y colgar el selfie. Todo ello acompañado de tasas que dificultan la supervivencia de la náutica social y tradicional, en favor de un beneficio vacío de contenido para quienes vivimos en estas islas.

Permitidme un inciso sobre un tema relacionado que me tiene muy quemado: lo sucedido en el Molinar. Lucharon –quiero pensar que de buena fe– por mantener «el port petit», pero ¿dónde están ahora todos los llaüts y el ambiente marinero que daban vida al Club Marítimo Molinar de Levante, fundado en 1917 y, por tanto, el más antiguo de nuestra comunidad? Es un ejemplo claro de cómo dejamos escapar nuestra esencia para vendernos al mejor postor. Hoy tengo la impresión de que el club ya no convive con el barrio, sino que forma parte de su colonización por una forma de vida muy distinta a la que fue su alma original.

Mi temor es que el alma marinera acabe escapando por la borda. Nunca he tenido un llaüt, aunque desde joven estoy vinculado a la mar. No es la única forma de disfrutarla, pero sirve como emblema de los valores del arte de navegar. Pasar del llaüt al yate no es sólo un salto de eslora: a menudo implica un cambio de valores. El barco puede ser muy grande, pero si no sabes escuchar el viento, seguirás siendo un turista con motor.

Aun así, creo que debemos ser optimistas y pensar que no todo está perdido. Hay asociaciones que se esfuerzan en mantener vivo el arte de navegar y toda esta tradición. Son ejemplos de un futuro posible: una náutica accesible, sostenible y con seny.

Porque si un día se pierde el oficio y el mar deja de ser cultura popular, no esperemos que la inteligencia artificial nos lo devuelva: podrá imitarnos, pero nunca olerá a madera y sal.
Mi intención era escribir un artículo tranquilo sobre el llaüt y los mestres d’aixa, pero tendréis que perdonarme: veo tan frágil nuestro futuro azul que no puedo evitar expresar mi preocupación.

Ojalá algún día sepamos valorar lo que tenemos y lo que estamos perdiendo, y que se mire nuestra afición al mar como cualquier otro deporte o actividad, sin privilegios, pero con la misma consideración económica que las actividades terrestres.
 

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