Este mes mi madre cumple noventa años y he agotado los subterfugios para eludir el hecho de que es una anciana. Dios sabe que he luchado con uñas y dientes contra la idea de su fragilidad, pero la realidad me ha vencido. Enfrentarme a su invierno pone en peligro mi lugar en el mundo, un rincón resguardado de la intemperie gracias a su presencia siempre vigilante.
Y no solo eso, también me confronta con mi propio declive. Ya sé que la jubilación es el principio de una vida mejor y que los sesenta son los nuevos cuarenta y que el talento senior es un valor emergente: el discurso me lo sé de memorieta. Pero me siento triste y desanimada porque nunca me han acabado de gustar los atardeceres. A pesar de su belleza épica, los cielos naranjas y violetas me oprimen un poquito el pecho, me remiten a despedidas y finales.
Ahora comprendo que no se puede caminar ladera abajo con la despreocupación con la que acometimos el ascenso, ahora comprendo que es preciso llenar la mochila de belleza. Coleccionar un puñado de poemas (Morir serenamente como nunca he vivido, de Gimferrer) y de cuadros de Felix Vallotton (1865-1925) que suavicen el abrupto sendero de bajada.
Quién sabe si el secreto no es simplificar la vejez como el pintor suizo hizo con sus paisajes: «Me gusta la síntesis, no soy bueno con las sutilezas de los matices ni tampoco me interesan», decía. Como otros artistas de su generación, Vallotton alucinó con las estampas japonesas que llegaron a occidente en el siglo XIX. Vio en ellas una ausencia de artificio y una alegría infantil que le cautivaron. «Quiero recrear paisajes utilizando únicamente la emoción que me han provocado», escribió en una ocasión. A eso se sumó su admiración por Gauguin, un dios de la libertad creativa, el solitario que empleaba colores puros, sin gradaciones ni sombras tenues.
Miro los atardeceres normandos de Vallotton, pintados donde el Sena se encuentra con el Atlántico, y me calmo, emana de ellos una tranquilidad hipnótica que prefigura las serenas superficies de Mark Rothko. A Vallotton no le interesan los detalles topográficos, si el estuario se estrecha aquí o si la marisma revela su textura allá; lo que quiere atrapar es la subjetividad extrema, la emoción con la que carga sus pinceles. Gauguin le habla al oído con el idioma de la simplicidad: «¿Cómo ve usted este cielo?, ¿rojo? Ponga bermellón; ¿y el espigón?, ¿azul? Aplique ultramar».
Felix Vallotton nunca gozó del favor de la crítica y tampoco fue un súperventas. «Es un Manet para los que no tienen dinero», dijo de él Gertrude Stein, que menuda era. Fue un trabajador portentoso, firmó 1.700 cuadros, resucitó el olvidado arte del grabado sobre madera, escribió obras de teatro y novelas, reflexionó sobre el arte y sobre la vida y murió un día después de cumplir sesenta años.
Me encantan sus cuadros, hay algo disonante en ellos que comprendo bien. Flota en sus pinturas una atmósfera irreal que potencia la realidad que reflejan. Yo me entiendo. ¿Acaso no tiene la vejez algo de irreal? ¿Acaso nuestra mente, todavía joven y despierta, no se niega a aceptar que ya tenemos sesenta, setenta, ochenta años? Hay que contemplar muchos Vallotton para amigarse con los ocasos y yo me voy a dedicar a ello en


