Se mareó el primer día que salió a navegar, pero nunca más se bajó del mar. Hijo de pescador, empezó a faenar cuando la pesca aún se aprendía a base de horas y callos. Habla del oficio como una escuela de esfuerzo, compañerismo y respeto por la naturaleza. Ha vivido la transformación del sector, del sacrificio extremo a la búsqueda de un equilibrio para vivir y no solo trabajar. Defiende al pescador balear con datos, experiencia y convicción. Jubilado, pero no desligado del mar, mira al futuro con una mezcla de preocupación por la desaparición paulatina de los oficios manuales y de esperanza por una nueva y sorprendente ola de vocaciones marineras.
Pregunta.– ¿Cómo empezó tu relación con el mar y con la pesca? ¿Recuerdas tu primer día a bordo?
Respuesta.– Mi padre era pescador y, aunque durante trece años trabajó como marinero de prácticos, nunca perdió el vínculo con la mar. En 1980 decidió armar una embarcación, un Mar Blau de 55 palmos, unos once metros, y ahí empezó todo. Salíamos mi padre, mi hermano José y yo. Recuerdo mi primer día perfectamente: un mareo monumental, ni las biodraminas servían. Pero con el tiempo te adaptas, te haces al mar. Mi vida en el mar viene por tradición, es lo que he vivido siempre.
P.– ¿Qué te atrajo del oficio cuando dejaste de marearte?
R.– El mar te enseña una cultura del esfuerzo que hoy escasea. Es cierto que es un trabajo duro, pero también noble. En el mar aprendes a hacer las cosas bien, a depender de ti y de tus compañeros. Además, esas jornadas, esas salidas de sol y ese contacto con la naturaleza tienen algo especial. La pesca es valores, educación, medio ambiente y conciencia. Es un oficio que te forma como persona.
P.– ¿Qué ha significado para ti ser pescador en Baleares?
R.– La pesca es mucho más que salir a faenar. Es cultura, tradición, salud, dieta mediterránea… cosas que todos conocemos pero que pocas veces se asocian al pescador. Los pueblos pesqueros de hace sesenta años hoy son grandes núcleos turísticos, pero en su esencia aún conservan las fiestas de la Virgen del Carmen o de San Pedro, que nacen de esa raíz marinera. Algunos dicen que soy un romántico, pero para mí pescar no es solo un trabajo, es un oficio con beneficios para la sociedad.
P.– Has vivido la transformación del sector. ¿Cómo ha cambiado la pesca desde tus inicios?
R.– Muchísimo. Cuando empecé, en el año 80, aún quedaban barcas de primera generación, construidas originalmente para ir a vela, y la dureza era otra. Los patrones de entonces habían pasado una guerra y no conocían el descanso. Hoy el pescador es el reflejo de la sociedad: si la sociedad avanza, el pescador también. Ya nadie sale a «matar pescado». Se busca que el negocio funcione, se trata de trabajar para vivir, no de vivir para trabajar.
P.– ¿Dirías que has sido feliz como pescador?
R.– Sí. He sido feliz porque soy una persona positiva. Si volviera a nacer, volvería a ser pescador. Haría algunas cosas de manera distinta, pero seguiría en el mar. Toda mi vida y mi renta han salido del mar, con esfuerzo y con momentos difíciles.
P.– A menudo se acusa al pescador de ser enemigo del medio ambiente. Se os criminaliza.
R.– Eso es falso. Lo afirmo rotundamente. He pasado la mitad de mi vida en embarcaciones de artes menores (sepia, langosta, jonquillo…) y la otra mitad en el arrastre. Tengo el bagaje suficiente para desmentir esa visión. Es cierto que algunas ONGs han sido muy duras e injustas con el sector, pero últimamente las que tienen base en Baleares se han dado cuenta de que nuestro modelo insular es diferente. Aquí los recursos están en buenas condiciones. Los datos científicos lo confirman. El problema viene cuando desde Bruselas se legisla igual para todos —Cataluña, Andalucía, Baleares— y nos meten en el mismo saco. Te voy a dar unos datos elocuentes: en 1975 había 1.300 embarcaciones profesionales en Baleares; hoy quedan unas 266. Si cometemos algún ‘pecado’, no es tan grande como se dice. Por suerte, el discurso está cambiando: ahora las ONGs nos escuchan más y entienden que el pescador balear cuida su mar, porque lo ama.
P.– ¿Qué papel juegan las cofradías y la federación que las agrupa?
R.– Las cofradías de pescadores tienen más de 800 años de historia. Son corporaciones de derecho público sin ánimo de lucro y forman parte de la economía social. Antes eran las que daban vivienda, pagaban dotes, rescataban a los marineros… Hoy su papel ha cambiado, pero siguen siendo el alma del sector. En una cofradía trabajamos codo con codo armadores y marineros, mitad y mitad. Cuando una barca sale a la mar, ya no importa quién es quién: si se hunde, se hunde con todos a bordo. Las cofradías gestionan la primera venta, las cámaras, el hielo, la trazabilidad del pescado… todo ese proceso que garantiza que el producto llegue identificado desde que se captura. También tramitan la Seguridad Social y las ayudas. Son la primera trinchera. La Federación, en cambio, trabaja a un nivel más institucional: analiza decretos, participa en consejos europeos y representa a las cofradías ante las administraciones. Si no existieran las cofradías y la Federación, el pescador lo pasaría mucho peor.
P.– ¿Cómo imaginas el futuro de la pesca? ¿Eres optimista?
R.– Me gustaría que no desapareciera. Me preocupa que la sociedad no valore los oficios manuales: pescadores, panaderos, agricultores… Son esenciales. No podemos vivir sin ellos. En algunas zonas veo brotes de esperanza: en Alcudia o Cala Rajada se incorporan jóvenes, y en Ibiza y Formentera, incluso algunos pescadores recreativos han pasado al sector profesional. Son bienvenidos, porque cuando conocen la realidad, la defienden. Tengo esperanza, sí, aunque con matices. Me gustaría que la gente conociera nuestra realidad. El sector primario es esencial. Si los dirigentes hubieran promovido hace décadas una sociedad menos dependiente del petróleo, hoy no tendríamos tanta inestabilidad. Y si Europa sigue abriendo las puertas a productos de terceros países con normas sanitarias y laborales distintas, tendremos un problema serio de soberanía alimentaria. No se puede defender el producto local y, al mismo tiempo, desproteger al que lo produce aquí. Sin alimentación no hay futuro. Y yo, que siempre he vivido del mar, lo tengo muy claro: hay que cuidar a quienes aún salen a buscar ese alimento cada día.
P.– Bernadí Alba, ganador del Timón del año pasado, me propone que te pregunte si te has planteado ser pescador recreativo ahora que estás jubilado.
R.– (Ríe) Es complicado. No puedes empezar de cero: necesitas una barca y un puesto de amarre… Eso hoy en día es casi imposible.


