Alumno y Ausonio son dos esclavos libertos de la época del final del Imperio Romano. Se encuentran en la provincia de La Cartaginense con el objetivo de comprar aceite y salazones de primera calidad. Tras almacenar los productos en ánforas, contratan un barco para transportarlas hacia un destino aún desconocido. El barco, una corbita de tamaño mediano, sale del puerto sin saber que le espera un destino aciago: en las costas de Mallorca le sorprende un gran temporal. Intenta fondear, pero las olas son demasiado fuertes. Finalmente, acaba naufragando a pocos metros de la playa. La arena lo sepulta totalmente en muy poco tiempo. Y así, como si nada hubiera sucedido, permanece durante casi 1.600 años.
Félix Alarcón es un vecino de Palma aficionado a nadar y bucear por el litoral. Muy cerca de la costa, frente a Ses Fontanelles, donde los turistas toman el sol indiferentes, observa unas cuadernas de madera que asoman en el fondo marino. Sorprendido ante tal descubrimiento, lo pone en conocimiento de las autoridades. Dos realidades separadas por el olvido de los siglos están a punto de entrar en contacto.
Se trata de un pecio romano. Los arqueólogos no dan crédito. El barco está totalmente intocado, y su estado de conservación es magnífico. La arena lo protegió durante más de mil años y preservó los materiales, libres de oxígeno, de manera excepcional. Después de una minuciosa excavación, se hallan restos de cuerda, zapatos, anzuelos, lucernas, un berbiquí… Y lo más importante: la carga íntegra del barco, tal como estaba cuando se hundió: más de 300 ánforas aún estibadas (que un día contuvieron aceite, vino y salazones de pescado), algunas de ellas todavía con sus tapones de corcho o madera, y con unas curiosas inscripciones en el exterior. A veces, la inscripción se repite de manera insistente. Son dos nombres: Alumno y Ausonio, que dejaron su impronta como responsables de la mercancía. Dos personajes del pasado que hoy vuelven a nosotros.

Detalle de la carga del pecio hallado en Ses Fontanelles (Mallorca) en 2019. / UIB
El descubrimiento del pecio se hizo en 2019. Dada su excepcionalidad, se creó el proyecto Arqueomallornauta, una iniciativa en la que participan el Consell de Mallorca, la Universitat de Barcelona, la Universidad de Cádiz y la Universitat de les Illes Balears. Los trabajos de excavación empezaron en 2021 y el proyecto debe terminar en 2028.
De momento, la primera fase de excavación ha arrojado unos resultados espectaculares. «Algo así solo te sucede una vez en la vida. Cuando lo ves, te dices a ti mismo: allí están los turistas y los hoteles y aquí debajo, a solo 65 metros de la costa, tengo una cápsula del tiempo intacta de mediados del siglo IV después de Cristo». Son las palabras de Miguel Ángel Cau Ontiveros, arqueólogo y codirector del proyecto Arqueomallornauta (Icrea-UB). Sus compañeros aún recuerdan cómo sus ojos se abrían como platos detrás de la careta de buzo, cuando le mostraban aquello que iban extrayendo del fondo arenoso.
UNA MONEDA, CLAVE EN LA DATACIÓN
En la carlinga (el lugar donde se alojaba el mástil), los arqueólogos hallaron una moneda. Previsiblemente, fue colocada allí en el momento de construir el barco, tal como se hacía en la época para dar buena suerte. La moneda fue acuñada en Siscia (Croacia) y pertenece a los emperadores Constantino o Licinio. Todo ello permite datar el barco en el 320 después de Cristo. Teniendo en cuenta que la arquitectura naval está muy bien conservada y no denota grandes reparaciones, los especialistas concluyen que el hundimiento pudo producirse a mediados del siglo IV, un momento interesantísimo desde el punto de vista histórico: cuando el cristianismo se implanta en el imperio.
A partir de ahora, los arqueólogos afrontan una nueva fase del proyecto, consistente en la extracción del barco. El pecio se halla a solo dos metros y medio de profundidad, en el rompiente de las olas, lo cual pone en peligro su integridad. «El mismo temporal que nos hizo descubrir el pecio en 2019 podría destruir la embarcación y llevársela por delante», asegura Cau Ontiveros. A estas circunstancias se suma el excelente estado de conservación de la estructura y la madera del barco, lo cual invita llevar a cabo nuevos análisis, ya fuera del agua.

Recreación de la carga almacenada en la bodega de la embarcación. / Arqueomallornauta
Está previsto que los trabajos para extraer el barco comiencen a principios de 2026. Las piezas se sacarán por fragmentos, siguiendo un protocolo altamente especializado, y se transportarán a unas instalaciones construidas expresamente en las cercanías del castillo de Sant Carles, en Portopí. Allí se someterán a un proceso de desalinización para garantizar la conservación de la madera. Será la primera vez que se extraiga del Mediterráneo un barco entero de la antigüedad. El objetivo es que, en el futuro, la embarcación, de 12 metros de eslora y cinco de manga, pueda estar expuesta ante el público.
Pero la historia, no acaba aquí. Los arqueólogos tienen previsto llevar a cabo una segunda excavación, debajo del lugar que hoy ocupa el casco y también en sus alrededores. «Seguro que aparecerán más objetos, como el ancla, y elementos de la estructura del barco», asegura Cau Ontiveros. Una de las incógnitas es qué sucedió con los dos mástiles que tenía la nave.
El proyecto Arqueomallornauta tiene también el objetivo de estudiar el papel de Mallorca en las rutas comerciales del mundo de la antigüedad tardía. En este sentido, una de las incógnitas más interesantes es si en Ses Fontanelles había un puerto secundario al de Palma, aprovechando la existencia de una albufera que en aquella época podía ser navegable hasta el actual pueblo de Sant Jordi.
¿A dónde se dirigía el barco? ¿A Palma? ¿A Pollentia? ¿O tal vez iba rumbo a Roma y se refugió en Mallorca ante la inminencia de la tormenta? Solo queda esperar que nuevos descubrimientos puedan continuar desentrañando el misterio.


