En la conservación de la naturaleza hay una idea que puede resultar algo incómoda: el sentido común. No tiene partido, no firma manifiestos ni concede entrevistas. No se indigna en redes ni se envuelve en banderas. Tal vez por eso llega casi siempre tarde, cuando el daño ya está hecho y alguien explica, con gesto grave, que «no había alternativa».
En cambio, la ideología, sea del color que fuere, llega puntual y bien organizada. Simplifica los problemas, reparte culpables y convierte cualquier paisaje en un campo de batalla moral. Proteger deja de ser una cuestión práctica y pasa a ser una cuestión identitaria. Y cuando eso ocurre, el territorio suele salir perdiendo.
El problema surge cuando la prudencia se sustituye por consignas y aparece la falsa dicotomía: o se protege todo sin matices o se explota sin límites. O virtud o pecado. El equilibrio estable y eficaz suele morar en posturas intermedias.
Con el devenir del tiempo y del homo no sapiens, conservar ha dejado de significar gestionar y ha pasado a significar combatir. Cada norma la hemos convertido en una trinchera y cada decisión en una batalla ideológica. Y el resultado: reglas muy rediseñadas (que en muchas ocasiones encarcelan a la propia Administración), rechazo social y, desgraciadamente, más degradación.
La naturaleza funciona con un mecanismo extremadamente simple y nos dice: «Si me presionas demasiado, me rompo, y si me dejas espacio, me recupero». Sigue sin entender de eslóganes, pero sí de consecuencias. Le da igual quién pueda tener razón si el paisaje desaparece mientras se discute.
Hoy ya somos pasto de la Inteligencia Artificial (IA), pero tal vez hemos dejado la Inteligencia Equilibrada (IE) demasiado olvidada. Este equilibrio existió durante siglos y muchas comunidades humanas supieron algo que todavía hoy a nosotros nos cuesta aprender: explotar los recursos naturales. No era ni ecología ni sostenibilidad, era sentido común, y funcionaba. Hoy confundimos valor con precio y este sistema suele ser una forma muy eficaz de perderlos a ambos. Gestionar el paisaje como un balance acaba quedando en números rojos, aunque haya generado beneficios.
Tenemos uno de los entornos más bonitos del Mediterráneo y llevamos años gestionándolo como moneda de cambio rápido, y así nos va: los baleares en listas de espera de miles de ciudadanos para poder amarrar, no una nave espacial –que no vivimos en Marte–, sino una barca. Tal vez sea un poco duro decirlo y reconocerlo, pero actuamos como «chachas náuticas»: hemos vendido nuestra alma al diablo y, con el dinero de los que ahora no pueden acceder al mar, entre otros muchos, intentamos dejarlo todo fetén para que puedan venir y disfrutar de nuestra joya los de fuera. Y el mar no puede pensarse sólo como atractivo para visitantes, sino primero como espacio de vida para los baleares. Sin Inteligencia Equilibrada y obsesionados por gestionar sólo con la vista puesta en lo económico, repetimos los mismos errores que con el turismo: no aprendemos. Desearía dejar algo claro: no creo que sobre nadie, ni que debamos renunciar a gestionar adecuadamente, pero estamos perdiendo nuestro mundo azul… Mañana sólo lo podremos mirar desde la orilla. El sentido común no prohíbe disfrutar, prohíbe estropear. No dice «no», dice «así no». No busca ni héroes ni villanos, sólo evitar errores y aprender de la experiencia. Tal vez sea aburrido, pero suele funcionar.
Quizás ha llegado el momento de proteger el sentido común. De devolverlo al centro de las decisiones, aunque no genere titulares. Cuando la ideología se equivoca, se escribe otro artículo; pero cuando el sentido común se ignora, el paisaje desaparece y, por mucho que se discuta después, ya no tiene arreglo.


