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Reina de Saba: Anónima reina de la remota tierra de Saba, que acude a Israel tras haber oído de la sabiduría del rey Salomón, portando regalos de especias, oro y piedras preciosas. (Antiguo testamento)

Cuando se habla de la exploración de la Mar Océana, ya sea en la Carrera de Indias o en la del Pacífico, se vienen a la cabeza los nombres de grandes navegantes, siempre hombres, Cristobal Colón, Magallanes, Elcano, Urdaneta… máxime cuando las narraciones fueron plasmadas por escrito también por hombres. Pero rara vez se nombra a mujer alguna. Este es el caso de Isabel Barreto, que llegó a encabezar la segunda expedición de una flota española a las Islas Salomón.

En 1567 parte de El Callao una expedición cuya encomienda es seguir explorando el Pacífico, con el joven Álvaro de Mendaña como principal responsable de la flota y adelantado, a instancias del virrey Lope García de Castro, a la sazón tío de Mendaña. Descubren las que dan en llamar Islas Salomón. Permanecen en ellas varios meses, explorándolas y hallándolas fértiles y suponen que ricas en oro, regresando a Nueva España.

Sin embargo, y a pesar de sus entusiastas informes, transcurren veinticinco años hasta que Mendaña consigue armar una flota para llevar a cabo una segunda expedición. Y aquí es cuando entra en escena Isabel Barreto. Nacida en Lima, de familia bien posicionada, se casa a los diecinueve años con un ya maduro Mendaña. Isabel aporta una alta dote que permite comprar un barco, el San Jerónimo, y con su capital arman una flota de cuatro barcos al mando de Mendaña, con Pedro Fernández de Quirós como piloto mayor. A bordo no solo viajan marinos, también embarca gente de guerra y varias esposas e hijos, entre ellos Isabel Barreto y tres de sus hermanos. La encomienda es colonizar las nuevas tierras. En primera instancia, y tras una penosa travesía, se topan con las que llaman Islas Marquesas, en honor del virrey del Perú. Pero Mendaña y Fernández de Quirós saben que aún están lejos de las Islas Salomón. Por ende, las Marquesas no ofrecen las riquezas esperadas y prosiguen viaje, visitando las islas que se van encontrando al paso, todas ellas pobres.

Las discrepancias entre el piloto mayor Fernández de Quirós y el maestre de campo Pedro Marino Manrique enrarecen aún más el ambiente. La gente de guerra es pendenciera con los nativos, y Mendaña ordena seguir viaje. De hecho, tras pasar varios temporales y perder de vista la nave almiranta, arriban a una nueva isla, a la que llaman Santa Cruz. Mendaña contacta amistosamente con uno de los caciques y deciden quedarse, todo ello con el visto bueno de Isabel. Pero el maestre de campo sigue enrareciendo el ambiente. Llegados a este punto, Mendaña, Barreto y sus hermanos deciden que hay que deshacerse de Manrique y así lo hacen. Pero la espiral de violencia sigue subiendo y los partidarios de Manrique matan al cacique. Mendaña, como acto de buena voluntad, ofrece las cabezas de los tres jefes de la gente de guerra a los nativos. Al cabo de pocos días, Álvaro de Mendaña, enfermo de malaria, y viendo cerca la muerte, nombra gobernadora y heredera a su esposa, y a Lorenzo Barreto, que también muere al cabo de pocos días, capitán general. Isabel Barreto queda al mando como gobernadora en tierra y como capitana general de la flota.

Convencida de la riqueza de la tierra de la que es gobernadora, decide que deben hacerse a la mar en demanda de Manila, con el fin de conseguir refuerzos y volver. Pero el viaje es largo y muy duro, sobre todo para las tres maltrechas embarcaciones, de las que solo consigue llegar a puerto la San Jerónimo. Quirós recoge en sus escritos que Isabel Barreto ejerce la tiranía a bordo, restringiendo el uso del agua y de víveres, que usa a su conveniencia. La gobernadora llega a condenar a la horca a un marinero que ha desobedecido sus órdenes. Pero Isabel sabe que debe ser implacable para poder arribar a buen puerto.

Una vez en Manila, y transcurrido el tiempo de luto, contrae matrimonio en segundas nupcias con Fernando de Castro. Como buena administradora que es, Barreto recompone pronto su patrimonio y fortuna en Manila, de tal forma que compra un barco con el que realizan el tornaviaje hasta Acapulco, con Quirós de piloto. Durante esta travesía se manifiestan aún más las diferencias entre este y Barreto, ya que ambos pretenden la gobernación de las Islas Salomón. Isabel Barreto no vuelve nunca a las islas de las que es gobernadora. Quirós se pierde en la búsqueda de Terra Australis Incognita. Isabel Barreto fallece en Castrovirreyna, Perú, a los 46 años.

“Lo sorprendente de Isabel Barreto no es que llegara, sino que llegara viva” Ana Capsir, autora de “Retratos de mujer mirando al mar”.

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