En 1967, hace exactamente 59 años (lo sé porque fue el año en el que nací) un arqueólogo griego, Spyridion Marinatos, hundió la pala en Akrotiri, una población olvidada de la isla de Santorini. Lo que allí descubrió se conoce como la Pompeya de la Edad del Bronce. La violenta erupción del volcán de Thera, hace 3.500 años, enterró en cenizas una opulenta ciudad, con sus casas de tres pisos, sus talleres, sus canalizaciones y su arte.
El arte griego ha configurado nuestro gusto. Lo que nos parece hermoso o feo tiene como referente inconsciente la Atenas de Fidias, de Mirón o de Praxíteles. Pero ese arte no surgió de la nada, como un champiñón. Más de mil años antes, floreció una cultura en Creta y en las islas Cícladas de un vigor excepcional que fue su precedente.
¿Quiénes eran estos pobladores? Unos dicen que llegaron de Anatolia, otros que del norte de África. Todo el conocimiento de esa época es fragmentario, hay mucho de conjetura y pocas certezas. Pero los restos conservados nos hablan de una civilización rica, vitalista, fecunda y estrechamente ligada al mar que se conoce como minoica (del rey Minos).
Basta esquivar las manadas de turistas y las ubicuas terrazas de Santorini para ubicarse en un tiempo en el que una naturaleza luminosa y paradisiaca inspiró a los artistas que decoraron las paredes de las casas de Akrotiri. Imagino el pasmo de los arqueólogos al descubrir los frescos, al encontrarse cara a cara con este pescador adolescente, su grácil gesto, la vivacidad de sus rasgos.
Hoy, la versión más aceptada no relaciona al muchacho con la pesca, sino con la ofrenda. La desnudez, el cuerpo afeitado y el extraño peinado remiten a algún tipo de ritual en honor a un dios quizás marino. No es una escena de la vida cotidiana, no aparecen barcas o paisajes marítimos, solo un fondo neutro que se vincula a lo simbólico.
Tampoco el arte minoico surgió de la nada. Hay evidentes conexiones de esta figura con el arte egipcio, como la colocación de los pies o la frontalidad del ojo. Sí, hay influencias de Egipto y del Próximo Oriente, pero esta figura nos habla ya de otra cosmovisión, menos rígida, más expresiva.
Fue pintada hace 3.500 años y la siento próxima. Me gusta el concepto de patria como tierra de nuestros padres. La tierra cultivada, amada y defendida por los ancestros. Aunque no es tanto un territorio geográfico como una herencia transmitida, yo siento que mi patria es el Mediterráneo. Puedo remontarme a la sociedad de este muchacho sin apenas esfuerzo o con menos esfuerzo del que me supondría situarme en la Civilización Olmeca, por poner un ejemplo.
Mi corazón se acompasa a su paso lento y concentrado, al ritual que ordena las vidas y les da sentido. Hemos perdido lo simbólico en esta cotidianidad absurda de prisas y dopamina. Hemos abandonado los rituales que nos conectaban con lo trascendente, que nos daban estabilidad y sentido de pertenencia gracias a la repetición.
Mi individualismo me ha alejado de lo colectivo, que percibo como una molestia. Y sin embargo echo de menos el ritual porque me da calma, porque me ancla a mi patria.
Recuerdo que cuando mi hijo era pequeño reclamaba cada noche el mismo cuento, El Oso Bodo. La misma historia, con la misma entonación. Cuando llegábamos a la página en la que se veía una cabaña en mitad del bosque iluminada con guirnaldas de luces, posaba su dedito en el papel y recorría la guirnalda una y otra vez y decía: «La luz va por aquí y por aquí y por aquí». Cada noche. Luego, una vez había comprobado que su mundo permanecía estable, que no había cambiado, se dormía.