Llevo días pensando en escribir este artículo, pero no consigo darle forma, me está costando, así que simplemente iré desgranando pensamientos e ideas. Posiblemente se deba al estupor causado por una situación impensable hace tan solo un par de semanas, cuando se nos decía que no iba a pasar nada, que aquí podría haber algunos contagios importados, pero no locales. Hoy estamos confinados, metidos en casa, muchos sin poder salir ni a hacer la compra y el resto con una movilidad muy limitada, con la incredulidad de no poder abrazar a un amigo, o besar a un ser querido. Tal vez estupor sea la palabra adecuada para definir lo que siento.
Un estupor que se extiende a ver cómo los primeros que lo vieron venir fueron los clubes náuticos y federaciones de vela, quienes suspendieron y cancelaron actos sociales y competiciones deportivas antes que nadie, quienes cerraron sus instalaciones incluso antes de que se decretase el cierre de puertos. Una vez más, la náutica recreativa se avanzaba a lo que iba a ocurrir y reaccionaba, como lo hizo durante la pasada recesión. Y una vez más, la administración se olvida de ella.
Algunos pensamos, inicialmente, que se estaba poniendo el parche antes que la herida, pero me bastó ver una foto de la tripulación de un barco de regatas haciendo banda durante una ceñida para darme cuenta de que es el sitio perfecto para transmitir muchas cosas, cooperación, esfuerzo, lucha, competición… pero también el dichoso COVID19, que no es más contagioso porque no se entrena, el puñetero.
Y, hablando de lo nuestro, la náutica, ¿qué está pasando? Pues de todo, la flota recreativa amarrada, parón en el mercado, administraciones cerradas y trámites funcionando a paso de tortuga. No sólo aquí, en todas partes. Los armadores echando de menos sus barcos, los navegantes añorando el mar, los regatistas de élite entrenando en seco y en solitario, nuestras bahías desiertas, en los puertos sólo entran mercantes cuyas tripulaciones no paran con tal de que nuestras islas no queden desabastecidas, equipos de marinería trabajando a destajo para asegurarse de que los barcos están bien, empresas de chárter con sus flotas paradas, sufriendo cancelaciones sin saber cuándo podrán volver a salir al mar, pero sé de casos a los que no se les ha reconocido esta situación como de fuerza mayor para aplicar un ERTE.
Sin embargo, hay un sector que no para; me refiero a las empresas de mantenimiento y reparación, que estuvieron abiertas las dos primeras semanas de la cuaretena, y que lo volverán a estar desde mañana. Muchos operarios seguirán trabajando en espacios cerrados como salas de máquinas, donde a veces tienen que operar varias personas simultáneamente en condiciones en las que no es posible garantizar las distancias mínimas. Entretanto, la APB lavándose las manos alegando que la seguridad laboral no es competencia suya. Menos mal que –al menos que se sepa– no hubo contagios masivos de los operarios del único sector industrial con capacidad de crecimiento real en estas islas.
Esto pasará, claro que pasará, y lo venceremos juntos, pero va a dejar una marejada de cuidado detrás suyo en el mundo de la náutica recreativa, especialmente como se produzca una nueva recesión que se cargue otra vez el mercado y dejen de venderse y alquilarse barcos. Es importante no sólo que empecemos a pensar en cómo salir de ésta, sino que aprendamos de lo ocurrido para ser más previsores, como lo fueron los clubes náuticos y evitar que nos encontremos en saraos de este tipo cada vez que aparezca un virus cabreado en el planeta.


