OBITUARIO
El último vuelo del águila marina
Esteban Urreizieta, subdirector de El Mundo y aficionado al submarinismo, declara en este artículo su admiración por el trabajo del buceador fallecido ayer en aguas de Mallorca, al que le unía una gran amistad

Esteban Urreizieta, subdirector de El Mundo y aficionado al submarinismo, declara en este artículo su admiración por el trabajo del buceador fallecido ayer en aguas de Mallorca, al que le unía una gran amistad

El abogado Rafael Palmer me insistió hace unos años en que tenía que conocer a su primo Fernando Garfella. Me pidió que viera las imágenes submarinas que sacaba, que había que ayudarle a darle difusión a su trabajo, y una noche en la terraza del ‘Mitj & Mitj’ del Puerto de Andratx, ‘Fer’ se despojó de su timidez, desenfundó el teléfono móvil de su bolsillo y mientras le brillaban los ojos de ilusión mostró un par de joyas deslumbrantes que llevaba consigo a todas partes como quien porta un amuleto.

Rafael, su padrino, que lo protegió siempre como a un hermano pequeño, sonrió al comprobar que Fernando no había defraudado las expectativas.
La pantalla de su teléfono se quedaba pequeña al asomarse en ella una familia de cachalotes que descansaba en la superficie a varias millas del Archipiélago de Cabrera.
La madre, de unas dimensiones impresionantes, larga y voluminosa como un autobús de línea, protegía a su cría recién nacida al tiempo que entre todos los cetáceos formaban una cruz para vigilar la presencia de intrusos en todos los puntos cardinales.
Fernando consiguió grabar la escena durante horas y la madre aceptaba su presencia como uno más marcándole la distancia de cuando en cuando, abriendo de par en par su boca cuando consideraba que su cámara se aproximaba demasiado.
Explicaba que había conseguido localizar a los cachalotes, que cazan calamares a miles de metros de profundidad, utilizando un sistema de detección de sonidos submarino que había incorporado a su lancha.
“Cuando escucho el tableteo que hacen, espero en la superficie a que suban a descansar”, contaba cómo fue capaz de documentar este sorprendente hallazgo en aguas de Mallorca.
Pero no con menos orgullo exhibía otro vídeo de una de las criaturas marinas por las que sentía auténtica devoción y a la que dedicó miles de horas a su localización y filmación. Le atrajo siempre la plasticidad de las águilas marinas, un tipo de raya en peligro de extinción con una voluminosa cabeza y un vuelo maravilloso que se transforma en el de un murciélago cuando decide perderse en el azul a toda velocidad.

Fernando logró grabar parejas de cachalotes grises nadando junto a ellos a pocos metros de distancia, el grácil baile de los caballitos de mar en mar abierto, una especie de meros acostumbrados a vivir alejados de los litorales y mantas gigantes sobrevolando el fondo marino de Mallorca.
Incluso llegó a rodar a una tintorera nadando en medio del azul. Cuando hace un par de años me mandó esa imagen no pude resistir mi curiosidad periodística y le llamé .
Le dije: ‘Fernando, sabía que eras muy bueno, pero grabar a una tintorera en mar abierto es imposible’. Me confesó el truco. Pidió a un pescador de Andratx que le facilitara las coordenadas de su palangre para ir a filmar las especies que capturaba antes de ser arrastradas a cubierta.
Entre ellas, se topó con un tiburón extenuado tras luchar una noche entera contra el anzuelo. Lo liberó y el escualo se lo agradeció posando para su cámara y dejándole nadar un buen rato a su costado antes de perderse en las profundidades.
Fernando amaba tanto la costa de Andratx que decidió hacer lo posible por protegerla aún a costa de jugarse la vida. Se sumergió entre las redes de los arrastreros para grabar cómo destrozan el fondo marino y lideró la retirada de grandes redes abandonadas del canal de Sa Dragonera.
Tenía una pasión irrefrenable por capturar con sus cámaras especies protegidas, pero en su mentalidad bohemia nunca le inquietó rentabilizarlas profesionalmente.
Su hermano Carlos, periodista de El País que consiguió la foto icónica del mensajero de Glovo durante los disturbios de Barcelona tras la sentencia del procés, le obligó a abrir un perfil en Instagram con el que exhibir sus trabajos, que acumulaba para consumo propio.
Siempre le insistí en que tenía que dar salida a su archivo y nunca me arrepentiré lo suficiente de no haberle puesto en contacto con una joven amiga mallorquina a la que siempre hablé de él y que atesora el talento cinematográfico que le faltaba a Fernando para dar el gran salto.
Tiene razón Andreu Manresa cuando dice que en países como Francia ya sería una leyenda. Y, efectivamente, hubiera llegado a ser la Diane Fossey de la reserva natural de Sa Dragonera, capaz de dejarse la vida para proteger su vida marina.
Por eso su muerte tan joven le convertirá a buen seguro en una leyenda y su archivo cobrará a partir de ahora el valor que merece.
Hace unos días me contó que estaba a punto de conseguir filmar “algo muy bueno” en las profundidades de Andratx con un extraordinario valor arqueológico y estoy seguro de que su última inmersión tenía por objeto documentarlo.
También aún a riesgo de jugarse la vida porque sentía una pulsión irrefrenable por el riesgo y lo desconocido que le llevó a grabar lo imposible y a quedarse para siempre donde siempre quiso estar.
En su perfil de Instagram colgó hace un par de días su obra póstuma, que entrañaba un mensaje premonitorio. Se puso a volar sobre un águila marina en Sa Dragonera y rodó una secuencia en blanco y negro onírica, casi mágica, en la que la raya agita lentamente sus alas, como suspendida en el aire, en busca del más allá.

 

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